Firmas

Cogiendo el paso: ‘El momento es ahora’

Savia nueva en las filas nazarenas.

La Cuaresma cumple su primera semana en esa larga espera que conduce a la primera luna llena de la primavera, la que fija en el calendario las fechas de la Semana Santa. Un tiempo de compás contenido, de ensayo silencioso y de preparación íntima. En NueveCuatroUno nos hemos propuesto compañar ese camino dando voz a todas y cada una de las once cofradías de Logroño a través de entrevistas periódicas con sus hermanos mayores. Queremos conocer de primera mano cómo se organizan, qué inquietudes les atraviesan y qué expectativas albergan ante una Semana Santa que, año tras año, trasciende lo meramente litúrgico para convertirse en un termómetro social y cultural de la ciudad.

Porque algo se mueve. La religiosidad popular está de moda. Nadie sabe a ciencia cierta qué razones -las habrá de todos los colores- han llevado a algunos de los grandes iconos pop de la cultura contemporánea a proclamar su fe o, cuando menos, a reivindicar sin complejos la narrativa católica. Tal vez sea una reacción pendular, tal vez una búsqueda de sentido en tiempos inciertos. Lo cierto es que el viento ha cambiado en el panorama global y esa brisa también se percibe en la Semana Santa de Logroño.

En conversaciones discretas y en corrillos cofrades empieza a escucharse una palabra que hace no tanto parecía impensable: «inflexión«. Como si las hermandades intuyeran que están ante una oportunidad histórica para ensanchar su base social y recuperar centralidad en la vida pública.

No es un reto menor. La Iglesia católica no atraviesa su mejor momento en lo que respecta a nuevas vocaciones pastorales. Las cifras de seminaristas no invitan al optimismo y la práctica religiosa regular dista mucho de la que conocieron generaciones anteriores. En ese contexto, las cofradías desempeñan un papel esencial como puente entre la institución eclesial y la calle. Son, en muchos casos, la primera -y a veces la única- puerta de entrada a una experiencia de fe compartida. Su capacidad para combinar tradición, estética, comunidad y espiritualidad las convierte en un instrumento privilegiado para acercar el mensaje cristiano al gran público.

Y escribo todo esto desde una posición que, para algunos, puede resultar incómoda en ámbitos eclesiales. Porque les voy a hacer una confesión: llevo dos tercios de mi vida vinculado de forma directa a la Semana Santa y a las cofradías. He vivido sus preparativos, sus desvelos e inquietudes desde dentro, emocionándome como el que más. Pero, muy a mi pesar, no creo en Dios. No niego su existencia, mi caso es un agnosticismo de manual. Y me gustaría creer. Lo digo sin ironía. Entre mis allegados que sí lo hacen percibo una esperanza serena, una plenitud y unas emociones que a mí, por alguna razón, me son ajenas desde el camino de la fe. Hay en sus rutinas una certeza que reconforta y que, desde mi orilla, solo puedo observar con una mezcla de admiración y sana envidia.

Pero volvamos a esa nueva ola de religiosidad popular, que llega en una una realidad demográfica que no puede pasarse por alto. La Rioja crece en población, en buena medida gracias a la inmigración. Casi la mitad de los habitantes de la comunidad nació fuera de ella y uno de cada tres residentes de entre 20 y 35 años es de origen extranjero. Ese dato, lejos de ser una anécdota estadística, dibuja un nuevo mapa humano y cultural. La identidad riojana -y también la logroñesa- no es homogénea ni cerrada: es diversa, dinámica y plural. Y la pregunta es inevitable: ¿están las cofradías preparadas para dialogar con esa nueva realidad social?

Porque por ahí pasa su oportunidad para crecer y ganar músculo, aun a sabiendas de que ese potencial crecimiento no será automático ni vendrá garantizado por la inercia. Exige abrir puertas, escuchar más que hablar y aparcar egos que a veces enquistan dinámicas internas. Exige enseñar desde la humildad, explicar el sentido de los ritos, invitar sin imponer y acoger sin condiciones para, a través del mimo al nuevo hermano, preservar un legado centenario.

Si las cofradías saben leer el signo de los tiempos, esta Cuaresma no será solo una cuenta atrás hacia la luna llena de primavera, sino el inicio de una nueva etapa en la que tradición y futuro caminen de la mano.

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