La Rioja

Taninos que se convierten en destellos: una segunda vida para las barricas

En La Rioja, donde las barricas forman parte del paisaje casi tanto como las viñas, pocas veces pensamos qué ocurre cuando su ciclo enológico termina. En Zábal, un pequeño núcleo del Valle de Yerri (Navarra) de apenas 50 habitantes, esas barricas encuentran una segunda vida convertidas en lámparas de diseño. Detrás está Baku Barrikupel, el proyecto de Amaia Prieto Achotegui y su padre, Jesús: artesanía, ecodiseño y relato rural que ya ha sido reconocido con el Premio al Emprendimiento en los Premios Nacionales de Artesanía 2025.

Amaia creció entre duelas, serrín y vino y cuando le tocó el turno de elegir qué estudiar lo tuvo claro: Diseño de Producto en la Escuela Superior de Diseño de La Rioja. Su paso por la ESDIR marcó el punto de inflexión. «Para el primer mes ya sabía que era lo que realmente quería». Para ella el diseño no era un simple escaparate, sino transformación. Después completó un máster en diseño sostenible en Barcelona, pero la raíz del proyecto estaba mucho más cerca de casa: el taller familiar.

Su padre, Jesús Prieto, carpintero desde hace más de 35 años, llevaba tiempo experimentando con madera de barrica. La crisis de 2008 obligó a reinventarse y el roble empezó a llamar su atención. «Se dio cuenta de que el roble que sacaba de las barricas usadas era mejor que el que podía comprar en el almacén habitual». Y es que, como dice Amaia, «el roble más premium es el que va para las barricas».

En una tierra donde Navarra y La Rioja se dan la mano en denominaciones de origen, la barrica no es un objeto extraño, sino un residuo abundante, así que padre e hija decidieron dar un paso más allá. En septiembre de 2020 constituyeron su cooperativa y nació Baku Barrikupel, un negocio familiar de donde salen lámparas maravillosas.

La decisión de convertir barricas en lámparas no fue un capricho estético, sino una consecuencia lógica. «Cuando trabajas con material reutilizado es difícil hacer productos ergonómicos. La luminaria es un producto que no depende de que alguien se siente encima».

Pero antes de que se haga la luz, hay que desmontar la barrica. «Cuando trabajas con la barrica montada no puedes salir del sota, caballo y rey: jardineras, asientos y mesas. Desmontarla fue un paso gigante. Descubrimos que era un gran material, respetamos su curva, su textura e irregularidad debido al paso del tiempo. Apenas limpiamos. Mantenemos esos ácidos tartáricos, esa pátina del azúcar del vino, de color casi violeta, brillante… Por fuera solo hay que quitar una micra de suciedad y aparece el roble resplandeciente».

Porque las barricas no son exactas. «Toda la maquinaria estaba preparada para el ángulo recto y aquí tenemos un material curvo, nunca igual. El dicho ‘a ojo de buen cubero’ es porque de verdad las cubas se hacen a ojo». Y esa imperfección, lejos de ser un obstáculo, se convirtió en identidad. «Puedo sacar cinco lámparas iguales este mes, pero en realidad ninguna es igual».

El proceso es mitad oficio, mitad tecnología. «La barrica se trabaja cien por cien a mano. Luego hay un proceso más tecnológico que manejo yo, con ordenador y archivos». Diseño y taller comparten pared mientras el pensamiento y el serrín conviven. «La oficina de diseño está pegada al taller y hay una comunicación continua. Eso hace que el proceso creativo funcione mejor».

Porque trabajar en un pueblo de 50 habitantes no es una postal romántica, sino una decisión consciente. «Controlas el tiempo. No tienes que pagar para aparcar ni hacer media hora de viaje. Eso te deja más tiempo para pensar». Y ahí, en ese lapso de tiempo es cuando las ideas surgen.

Y todo esto lo nota el público. Primero entra la estética, la curva cálida del roble y la luz suave que parece salir del interior del vino, y después la historia. «Un padre y una hija trabajando con material reutilizado, diseñando en un pueblo de 50 habitantes… todo ese relato creo que es lo que más llama la atención». Sus precios, que van desde piezas accesibles hasta modelos de mayor formato, buscan algo más que mercado. «Creemos que la artesanía y el diseño tienen que ser para todo el mundo».

En La Rioja, donde las bodegas renuevan barricas cada ocho o diez años porque ya no aportan más aromas, el excedente es constante. Muchas viajan a otros destinos, otras se lijan y vuelven al circuito del vino. Pero siempre sobran algunas. «Y ahí, en ese margen, aparece el diseño». Las lámparas de Amaia y Jesús no ocultan su origen. Conservan la curvatura, la memoria del tonel. Son objetos que han tenido una vida anterior y que ahora iluminan otra.

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