Quedan exactamente siete semanas para el inicio de la Semana Santa, pero las mariposas ya revolotean en estampida en los estómagos cofrades. El tiempo sigue avanzando con lentitud —por medio aún restan el carnaval y una larga Cuaresma—, pero conviene anticiparse al imprevisto y, como los buenos estudiantes, no dejar asuntos importantes para el último momento.
En esas, la cofradía de la Entrada de Jesús en Jerusalén de Logroño se ha remangado este domingo para empezar a tomarle la medida a una de sus procesiones más singulares: la del Cautivo, el Lunes Santo. Porque su particular estilo de carga a costal —como en Sevilla y buena parte de Andalucía— invita a planificar al detalle el reparto de los puestos que ocuparán los 40 cofrades que portarán el paso por las calles de la capital riojana.

El paso de Jesús Cautivo, cruzando el Puente de Piedra el pasado Lunes Santo. FOTO: EFE/ Raquel Manzanares.
Los no iniciados en la materia conviene reseñar algunas nociones básicas sobre cómo se organiza un paso de costaleros, como el del Cautivo de Logroño. Bajo su estructura, ocultos a los ojos del público, se distribuyen varias ‘trabajaderas’ —unas barras de madera perpendiculares al sentido de la marcha— con las que los cofrades cargan el peso. No lo hacen con el hombro —como ocurre en la mayoría de pasos en la capital riojana—, sino con la séptima vértebra, en la conexión entre el cuello y la espalda.
Para que la ‘trabajadera’ no lesione al portador, este se enfunda en la cabeza el costal, una prenda acolchada que toma su nombre de los antiguos sacos para transportar harina, que se enrollaban para proteger la piel bajo el paso y distribuir el peso entre el cuello y las vértebras.
La cuadratura del círculo
Para que el peso del paso —de entre 1.500 y 2.000 kilos— se reparta de forma homogénea entre todos los costaleros (esto es, para que cada uno cargue entre 35 y 50 kilos durante la procesión) es fundamental que el equipo de capataces atine a la hora de distribuirlos en las ‘trabajaderas’. Y no es una tarea sencilla.

FOTO: EFE/ Raquel Manzanares.
Así lo explica Juan José Redondo, primer capataz del paso y secretario de la cofradía: «La ‘igualá’ consiste en colocar a todas las personas que van a portar al Señor de la altura más pareja posible, para que el peso que descanse sobre la séptima vértebra sea lo más equitativo posible». Un proceso que exige precisión casi quirúrgica: «Se coloca el dedo sobre la séptima vértebra, que es donde descansa el peso. Cada persona tiene una fisonomía distinta: unos tienen el hueso más alto, otros más bajo, y en función de eso se va igualando».
A la altura de los costaleros se suma otro factor clave: el propio trazado urbano. «También hay que tener en cuenta la caída de la calle (la vía está ‘combada’ para aliviar las aguas a los laterales), para que el peso se reparta lo mejor posible, evitar lesiones y conseguir que el paso vaya lo más recto posible», apunta Redondo, quien detalla que, por norma general, «los más altos suelen ir delante y los más bajos detrás, y a partir de ahí se va reorganizando la cuadrilla».

La ‘igualá’ celebrada este domingo en el Círculo de la Amistad es, por tanto, solo el punto de partida. Después llegarán los ensayos, donde la teoría se contrasta con la realidad del movimiento y del esfuerzo compartido. «Este es mi segundo año en la cofradía, pero en el mundo del costal llevo unos veinte años», recuerda el capataz. Una vinculación que le viene de familia: «Mis padres y mi abuelo también fueron capataces. Yo he sido costalero durante más de 16 años, pero una lesión me impide salir. Aun así, sigo vinculado al mundo del costal y del martillo desde siempre».
La ilusión del estreno
Entre quienes este año se estrenan bajo el paso está Hugo Ruiz, que ha vivido la ‘igualá’ con una mezcla de nervios y emoción. «Mi padre ha salido muchos años en esta cofradía y yo tenía ganas. Le dije: ‘Oye, nos apuntamos otra vez’, y al final he tirado yo de él y salimos los dos», relata. Para Hugo, la experiencia tiene un valor añadido: «Voy a compartir esto con mi padre, que es lo mejor que hay. Compartir con él este sentimiento aquí abajo del paso».

Hugo Ruiz, en la ‘igualá’ previa a su estreno como costalero.
El nerviosismo, reconoce, es inevitable: «Nunca sabes lo que es esto hasta que llegas, ves a toda la gente y piensas: ‘A ver qué pasa’. Pero cuando nos dijeron que nos habían cogido, fue una alegría enorme saber que vamos a poder salir».
La veteranía y la voz bajo el paso
Muy distinto es el punto de vista de Jonathan Alcaraz, uno de los costaleros veteranos y pionero del costal en esta hermandad. «Para mí lo es todo», resume sin titubeos. «Llevo 33 años en la hermandad como cofrade, y hacer que el resto de la gente pueda sentir lo que es estar debajo de los pies del Señor y disfrutar de ese momento es algo único. Se lo recomiendo a todo el que quiera».
La ‘igualá’, reconoce, es un día especialmente intenso. «Se vive con mucho nerviosismo, porque es el momento en el que te pueden decir si estás dentro o no. Desde que acaba la Semana Santa ya estás pensando en la siguiente, rezando todo el año para poder estar otro año más».

Jonathan Alcaraz, veterano de la trabajadera y ‘vocero’ bajo el paso del Cautivo.
La Cuaresma, para los costaleros, es tiempo de preparación física y emocional. «Es como una pretemporada, un calentamiento muy intenso», explica Alcaraz. «Este año nos espera una Cuaresma muy bonita, hemos preparado cosas especiales y esperamos que la gente que nos siga pueda disfrutarlo con nosotros», señala.
Además de costalero, Jonathan ejerce como ‘vocero’, una figura clave bajo el paso. «Es una extensión del capataz dentro del paso. Él te guía y tú transmites si hay que andar más rápido, más despacio o hacer un baile u otro». Más que una responsabilidad, lo vive como una oportunidad: «Poder darle tu sentimiento y tu manera de vivir la Semana Santa al baile es algo bárbaro. Que el Señor ande como tú sientes… eso no tiene precio».

FOTO: EFE/ Raquel Manzanares.
La organización iniciada este domingo continuará afinándose en los próximos ensayos, con el primero previsto para el 22 de febrero. Un trabajo silencioso, oculto bajo el paso, que sostiene uno de los momentos más esperados del Lunes Santo logroñés.


