En plena noche polar y a ‘escasa’ distancia del Polo Norte geográfico, el pianista riojano Manuel Fernández se sienta al piano en la iglesia de Spitzbergen, el enclave habitado más septentrional del planeta. Spitsbergen es la isla principal del archipiélago de Svalbard, un territorio noruego situado en pleno océano Ártico, a medio camino entre la Europa continental y el Polo Norte. Allí se encuentra Longyearbyen, la última población habitada antes de adentrarse en los hielos polares, un lugar donde conviven poco más de 2.500 personas de más de cuarenta nacionalidades, marcadas por condiciones extremas: varios meses de noche polar en invierno, temperaturas que descienden muy por debajo de cero y una vida cotidiana adaptada a un entorno tan hostil como fascinante.
En este escenario, donde la naturaleza impone sus propias reglas y la presencia humana es casi simbólica, la música adquiere un valor especial, casi íntimo, como una forma de resistencia cultural en el confín del planeta. Un escenario extremo y poco habitual incluso para músicos profesionales, al que este vecino de Agoncillo llegó tras décadas de constancia, formación en el extranjero y una vida entregada a la música.

Manuel Fernández nunca había soñado con tocar el piano en el lugar habitado más al norte del planeta. Y, sin embargo, ahí estaba. «No es una ciudad cualquiera. Es el lugar donde vive la gente más al norte del planeta», explica Fernández, que actuó ante un público tan reducido como internacional. En una localidad de apenas 2.500 habitantes conviven más de cuarenta nacionalidades distintas. «No sabía qué público me iba a encontrar, pero fue una experiencia increíble», reconoce.
El concierto no surgió de la nada. Tres años antes, durante una expedición de verano, Fernández entró en la iglesia de Longyearbyen y se puso a tocar el piano casi por casualidad. «Cuando terminé, me dijeron: ‘Tienes que volver, esto no se puede quedar así'». La invitación quedó en el aire hasta que, este invierno, decidió regresar para vivir también la experiencia de la noche polar.

Pero para entender cómo un pianista riojano acaba tocando a pocos kilómetros del Polo Norte hay que retroceder muchos años y muchos kilómetros, y observar que siempre ha viajado no con la música a cuestas, ha viajado por la música, para ser músico.
Manuel Fernández nació en 1980 y creció en Agoncillo. «Comencé a tocar el piano con ocho años, en mi pueblo», recuerda. Todo empezó cuando una profesora itinerante de música («María Ángeles», recuerda) detectó algo especial en aquel niño. «Le dijo a mi padre: ‘Creo que este chico tiene talento'». Poco después, en 1988, llegó a casa el primer piano vertical del pueblo. «Lo que iba a ser una broma de tres meses se ha convertido en toda mi vida».
Su adolescencia estuvo marcada por el esfuerzo. Mientras otros terminaban el colegio a media tarde, él enlazaba clases en las Escolapias con el Conservatorio. «Cuando todos terminaban a las cinco y media, yo acababa a las ocho y media de la noche». A los pocos años, la sensación era clara: «Me di cuenta de que La Rioja se me quedaba pequeña».

El punto de inflexión llegó tras un concierto del pianista Joaquín Achúcarro. Fernández le preguntó qué hacer: Madrid o el extranjero. La respuesta fue directa. «Me dijo: ‘Si vas a Madrid, luego tendrás que irte fuera; mejor vete directamente al extranjero. Los países del este tienen la música en la sangre'».
Y así lo hizo. En 1998, con 18 años, se marchó solo a Cracovia, en una Polonia aún marcada por el poscomunismo. «Recuerdo una Polonia muy gris. Todo era gris: los edificios, el clima, la sensación de soledad». El choque fue brutal. «Me di cuenta del gran abismo que había entre un estudiante de música en España y uno en Polonia». Le tocó trabajar «muy, muy duro» para ponerse a su nivel.
En esos años, la música fue su refugio y una tabla de salvación. También el apoyo que recibió de familia. «Mi padre me dijo: ‘Será un camino duro, pero en la vida tienes que hacer lo que te haga feliz'». Y su madre fue clave: «Siempre me decía: ‘Hijo, lucha'». Volver a casa no era una opción.

Tras una década en Polonia, llegó otro salto complicado: Suiza. «Me lo jugué todo a una carta», admite. Integrarse no fue fácil. «Es un país muy cerrado; si no llegas con trabajo desde fuera, no te contratan». La oportunidad apareció por casualidad, con una sustitución en una escuela Montessori, y desde ahí empezó a construir una estabilidad que hoy le permite vivir entre dos países. «Trabajo entre Zúrich y Varsovia. Hay cinco vuelos diarios».
Ese equilibrio le ha dado algo más que seguridad económica. Le ha permitido encontrarse como artista. «Me formé en una tradición muy clásica, pero no encajo del todo ahí, ni tampoco en la música contemporánea». En los últimos cuatro años ha definido su propio camino. «La autenticidad siempre gana», sostiene.

Por eso, cuando se sentó al piano en Svalbard, no lo hizo como un músico clásico al uso, sino como alguien que ha construido su identidad a base de constancia, riesgo y fidelidad a sí mismo. «Fue una experiencia vital fantástica», resume.
Ahora, el círculo podría cerrarse un poco más. Fernández mantiene conversaciones con el Ayuntamiento de Agoncillo para ofrecer un concierto este verano en su pueblo natal. Sería regresar a casa después de haber tocado en el confín del mundo. Aunque antes del Polo Norte, y después de haber pasado por él, el piano sigue siendo su mundo.


