La Rioja

Del tren al bus: «He desistido ya, no compensa esperar tanto»

Durante años, el tren ha sido para muchos estudiantes y trabajadores de La Rioja una pieza clave de su rutina diaria. Rápido, relativamente cómodo y, hasta hace no tanto, bastante fiable en su puntualidad. Sin embargo, en las últimas semanas, esa confianza se ha ido resquebrajando. Especialmente con la llegada del ‘Alvia Dormilón’. Carolina, una estudiante de Logroño que se desplaza a diario a Alfaro resume una sensación cada vez más extendida: el tren ha dejado de ser una opción segura para llegar a tiempo.

Ella estudia en Alfaro y vive en Logroño. Como otras muchas personas, durante mucho tiempo ha utilizado el tren de primera hora de la mañana para llegar a su centro educativo. Hasta hace poco, existía el servicio a las 7:25 que permitía un desplazamiento razonable sin necesidad de madrugar en exceso. «Lo cogíamos muchos: gente que iba a trabajar, a estudiar… era un horario muy cómodo», explica. Pero antes de Navidad ese tren desapareció. En su lugar, Renfe mantuvo el regional de las 6:15 y añadió otro a las 6:25. Un cambio que, sobre el papel, parecía una mejora para llegar antes a Madrid, pero que en la práctica ha tenido consecuencias negativas importantes.

A pesar del madrugón, la estudiante optó en un principio por seguir usando el tren. «Es más cómodo que el autobús y más rápido, así que cogí el bono», cuenta. El problema ha llegado a la vuelta de las vacaciones de Navidad. Desde el 8 de enero, asegura, no ha habido ni un solo día en el que el tren haya salido puntual. «Ni uno. Al principio eran veinte minutos, luego media hora… y sin ningún tipo de aviso», relata. Los viajeros se encontraban cada mañana con retrasos y con la incertidumbre de no saber a qué hora saldría finalmente el convoy.

«Una mañana preguntamos el motivo y nos explicaron que el maquinista había terminado tarde el día anterior y debía cumplir con los descansos reglamentarios», cuenta. Una explicación comprensible desde el punto de vista laboral y de seguridad, pero frustrante para quienes dependen del tren para cumplir horarios. «Entiendo que el maquinista tenga que descansar, pero que lo tengan en cuenta y si hay que poner a otro que se ponga lo que no puede ser es que madruguemos para luego estar media hora cuando no una, como el otro día, en la estación esperando», resume. Para quienes entran a trabajar a las ocho de la mañana, esos retrasos suponen además llegar tarde o no llegar a sus puestos.

En su caso, las clases comienzan a las nueve, lo que le ha permitido, con esfuerzo, adaptarse. Pero no siempre. «Este viernes ha sido la gota que ha colmado el vaso”, reconoce. Al llegar a la estación a las 6:19, el panel informativo indicaba que el tren estaba retrasado sin hora de salida prevista. «Podía ser media hora, una hora o más». Ante esa incertidumbre y con una charla importante a primera hora de la mañana en Alfaro no tuvo otra opción que salir corriendo a coger el autobús.

A todo ello se suma el impacto en el entorno familiar. «Mi madre tiene que levantarse para llevarme a la estación porque a esa hora no hay autobuses urbanos, y luego te encuentras con que el tren sale una hora tarde», explica. De hecho, hace apenas unos días, el convoy terminó saliendo prácticamente a la antigua hora del servicio suprimido.

La consecuencia es clara: abandono progresivo del tren. «Antes éramos muchos más. Ahora quedamos unos doce usuarios habituales, porque la gente poco a poco ha ido desistiendo», asegura. En un día normal, entre viajeros diarios y personas que van a Madrid, el tren puede reunir a unas treinta o cuarenta personas. Pero la pérdida de confianza es evidente. «Te levantas a las cinco de la mañana para estar una hora esperando en la estación. No compensa».

Por ahora, la estudiante terminará el bono que ya ha pagado, pero lo tiene claro: después cambiará definitivamente al autobús. «No es tan cómodo, pero al menos sabes a qué hora sales y a qué hora llegas». Una frase que resume el problema de fondo: cuando el transporte deja de ser fiable, la comodidad pasa a un segundo plano. Y el tren, para muchos, deja de ser una opción.

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