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Purpurina para recibir el 2026 de bar en bar

Del tardeo hasta el amanecer: cuando Logroño alarga la noche para celebrar el nuevo año

FOTOS: Fernando Díaz/ Riojapress.

Logroño se pone lentejuelas en el alma y corbata llamativa en el corazón cada 31 de diciembre. No hace falta mirar el calendario para intuirlo: basta con asomarse a las calles y comprobar cómo el ánimo colectivo se llena de purpurina, esa que se cuela entre brindis, reencuentros, bromas familiares y promesas dichas medio en broma, medio en serio. La ciudad no se despide solo de un año: ensaya su entrada en el siguiente con la naturalidad de quien ya domina este ritual.

La tarde de Nochevieja tiene algo de ensayo general de la alegría. La calle Laurel ejerce de pasarela improvisada donde conviven gorros brillantes, gafas con el 2026 y esa tradición reciente que ya se ha ganado hueco propio: el tardeo. Generaciones distintas se cruzan entre pinchos y vinos, y cada cual celebra a su ritmo, sin prisa pero sin pausa, como si el reloj supiera que en Logroño siempre manda el encuentro.

Quien ha pasado por allí sabe que el ambiente no necesita megafonía. Basta un villancico espontáneo, una cuadrilla que brinda sin coreografía definida o un abrazo que se alarga más de lo habitual. En paralelo, otras liturgias más veteranas se mantienen vivas en Bretón de los Herreros o junto a la Plaza del Mercado, donde la fiesta se entiende como un idioma compartido: se habla con guiños, con risas, con una copa de cava para brindar con esa complicidad que solo aparece cuando el calendario se dobla por la última página.

También está quien sustituye el brindis por el dorsal. La carrera de fin de año se convierte en una especie de metáfora perfecta: se corre, sí, pero nadie parece tener demasiada prisa por llegar más lejos que el de al lado. Lo importante, como casi siempre en estas fechas, es compartir la escena. El aplauso pesa tanto como el cronómetro y la foto de meta suele incluir carcajadas, disfraces y esa respiración entrecortada que confirma que la fiesta adopta múltiples formas.

Después llega el refugio del hogar, la trinchera amable donde se repiten conversaciones que ya son tradición. Los menús cambian —cordero, cardo, marisco o lo que toque—, pero el momento de las uvas mantiene su condición de ritual común. La discusión sobre qué canal elegir, el cuñado opinólogo, el adolescente supersticioso, la abuela que ya lo ha visto todo… Cada salón se convierte en un pequeño teatro costumbrista que se representa una vez al año y siempre logra el mismo efecto: juntar a quienes importan.

Mientras tanto, la ciudad afila la noche. Los bares y discotecas se preparan para la que suele considerarse la velada más larga del año, esa que estira horarios y alarga canciones. Las calles se llenan de purpurina real y metafórica, de trajes que tal vez aprietan un poco y de zapatos que saben que no volverán a casa inmaculados. Hay quien elige cotillón, quien prefiere bar de confianza y quien apuesta por recorrerlos todos. La consigna es la misma: celebrar sin prisa y con alegría.

El año que se va se despide con un gesto amable. El que llega entra por la puerta grande. Logroño hace lo que mejor sabe: celebra, comparte y brinda mirando hacia adelante.

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