«Ha surgido una vacante en Logroño». Con estas palabras, la encargada de RRHH de mi empresa, sabedora de mi apetito por la movilidad (o, para ser más exactos, de mi fascinación por el cambio), abría directamente una nueva etapa en mi currículum y en mi propia biografía personal. No necesitaba respuesta: pocos días después, a principios de septiembre, con la morriña siempre a cuestas y sin saber que la experiencia apenas iba a durar cuatro meses, abandonaba Galicia desandando la ruta jacobea, poniendo rumbo hacia una región que, si bien desconocía, no me resultaba del todo ajena.
Mis coqueteos con lo riojano procedían de varias fuentes: la más recurrente, el exquisito paladar de mi padre, quien nos había hecho creer a todos —con total éxito tras dedicar toda una vida a dicha tarea, incluyendo visitas a distintas bodegas— que una mesa no terminaba de estar puesta hasta que sobre ella se apoyase una copa de vino; y perfectamente puesta si el caldo en cuestión procedía de viñas riojanas.
No obstante, mi primer acercamiento íntimo a La Rioja se había producido de forma precoz con la colección de cromos de La Liga, en la que, en su época más gloriosa, aparecía el CD Logroñés. De hecho, en febrero del 97, con tan solo cinco años, pisaba por primera y única vez en mi vida Las Gaunas para ver cómo los locales —a las órdenes de Carlos Aimar y con el Tato Abadía alejado aún del mundo de los quesos— empataban 1-1 ante el Compostela, equipo al que seguíamos en casa debido a que, por aquel entonces, vestía con la ropa de nuestro negocio familiar.
Resulta cuanto menos inquietante que, casi tres décadas después, el textil me devolviese de nuevo a esta ciudad —ahora de la mano de una multinacional gallega— y, sobre todo, que fijase mi residencia en los edificios que, para mi sorpresa, sustituyen hoy al antiguo estadio donde, con toda seguridad, había celebrado enérgicamente el gol de mi ídolo Christopher Ohen.
No sé si ese vínculo emocional estaba predestinado a facilitar mi integración en estas tierras, pero lo cierto es que me han bastado varios meses para sentir reiterados ataques de riojanismo. Vigo y Logroño comparten latitudes muy similares y, curiosamente, ambas ciudades marcan el inicio y el final de la histórica carretera N-120 que une la Meseta con Galicia, lo cual me lleva a jugar con la idea de que, quizá, ya existía una conexión previa entre las dos urbes; una suerte de hogar común que yo me habría limitado a descubrir a propósito de mi mudanza.
Con todo, y al margen de tesis extravagantes, he de decir que tengo bien identificados mis arrebatos riojanistas. Todos ellos han partido de mi santiguación inicial; es decir, después de haberme recorrido la región de norte a sur y de este a oeste: primero en señal de respeto a mi tierra de acogida, y después ya desde la admiración y la curiosidad hacia la misma.
Mi particular eucaristía, por no decir epifanía, solía tener lugar el último día de la semana, dedicado en exclusiva a la deambulación. Con el periódico bajo el brazo para acompañar el café que inauguraba el rito dominical, dejaba que la geografía me sorprendiese; no así los restaurantes, por lo general revisados de antemano para reducir al mínimo el margen de error y al máximo el grado de gula. Ahora bien, poco mérito tiene encontrar un buen sitio para comer en esta Comunidad, tal y como ocurre en Galicia.
Lo que no sucede en las Rías Baixas, volcadas en una esquina y bañadas por el mar, es que aquí tienes a tu disposición un sinfín de localidades variopintas a tiro de piedra. Sin ánimo de caer en esencialismos, ser un cruce de caminos o, lo que es lo mismo, un lugar multifrontera, ha debido condicionar profundamente el alma riojana, a la que, durante este tiempo, he tendido a identificar con la apertura y la alegría, dos cualidades representadas a menor escala en la Laurel logroñesa, muy pronto añadida —como no podía ser de otra manera— a mi particular callejero.
Ciertamente, las vivencias con su gente y, en especial, con mis compañeros de trabajo son el regalo más valioso que me llevo de La Rioja, pero la estampa que va a quedarse para siempre en mi cabeza es la de un domingo cualquiera, al volante o paseando, sintiéndome como una esas aves solitarias que van merodeando sin prisa por terrenos que presentan una gama cromática fuera del alcance de cualquier inteligencia artificial.
Decía una vieja canción que la Rioja existía pero todavía no era… Para mí, La Rioja ya es, máxime en otoño; lo es, por encima de todo, por sus colores: con su abrumador atractivo, logra sacárselos a cualquier visitante mínimamente enamoradizo, y más cuando en algún punto del paisaje se eleva una de esas torres barrocas que, alentando el síndrome de Stendhal, identifican a tantas localidades de la región. Resulta curioso que, en la cuna de la lengua española, uno se quede tantas veces sin palabras. A este gallego, justo antes de marcharse de Logroño, le sale una en mayúscula: GRACIAS.
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