A sus 70 años, Roberto González ha decidido poner por escrito aquello que ha marcado toda su vida: sus raíces en Aldeanueva de Ebro y sus cuatro décadas como maestro, más de la mitad de ellas como director, en el colegio de Autol. Su libro, ‘Ciudadano de La Aldea, maestro en Autol’, es mucho más que un repaso biográfico: es una carta de amor a dos pueblos que, según él, «siempre se han dado la mano, en el campo, en las fiestas y en la vida».
«Después de jubilarme, contando anécdotas de nuestros tiempos, mis amigos me dijeron: ‘Roberto, hay que dejarlo escrito, estas historias que contamos en el bar no pueden perderse’. Y pensé que era el momento». Así que empezó a recopilar historias desde 1954 hasta hoy.
El resultado es un recorrido vital que abarca siete décadas de cambios sociales, educativos y humanos, donde Aldeanueva de Ebro representa la parte personal -la infancia, la familia, las raíces agrícolas, los comercios antiguos- y Autol, la parte profesional y vocacional. Dos mundos distintos, pero entrelazados por una amistad entre los vecinos de los dos municipios que, dice, «ha sido siempre estrecha, sincera y de cariño mutuo».
En el libro, Roberto dedica las primeras páginas a su infancia en Aldeanueva, a las calles de tierra, las tiendas de entonces, las fiestas del pueblo y a una época marcada por el cooperativismo. «En los años 60 hubo un movimiento cooperativo impresionante: cooperativas del vino, de abonos, de conservas, hasta un horno cooperativo. Aquello nos unió mucho como pueblo, y de esa unión salió buena parte del desarrollo agrícola que aún hoy sigue».
Su relato no es solo nostalgia: también es un testimonio sobre la evolución social y económica de un territorio que pasó de la vida agrícola tradicional a un mundo cada vez más moderno, sin perder su sentido de colaboración.
En 1980, Roberto empezó a trabajar como maestro en el colegio de Autol. Lo que iba a ser una etapa laboral se convirtió en toda una vida. Allí permaneció cuarenta años, de los cuales 22 como director y 15 como jefe de estudios. No le da demasiada importancia. «Siempre he dicho que los cargos pasan, pero lo que queda es la persona». Recuerda cual fue siempre su objetivo fundamental: «Era que en el colegio hubiera buen rollo, que los niños y los maestros se sintieran a gusto. Cuando eso ocurre, todo funciona».
Durante su dirección, impulsó la transformación del centro hasta convertirlo en el único Centro de Educación Obligatoria (CEO) de La Rioja, donde los alumnos pueden cursar desde Infantil hasta 4.º de la ESO e incluso FP Básica. «Quería que ningún chaval tuviera que marcharse del pueblo para estudiar. Y lo conseguimos», afirma con orgullo. «Muchos de aquellos niños que tuve de pequeños ahora tienen 50 años, algunos con hijos en el colegio. Esas cosas te marcan».
Su concepción de la docencia es clara y apasionada: «La educación es lo más importante de un país, pero no siempre se le da el valor que merece. El maestro de Infantil es tan importante como el que da 4.º de la ESO».
Aunque profesionalmente ligado a Autol, Roberto nunca dejó de vivir en Aldeanueva. Esa dualidad marcó su vida y su obra. «Al estar tan cerca podría haber habido las típicas rencillas pero nada más lejos de la realidad. Son dos pueblos que se quieren. Cuando había vendimias, los de Autol iban a ayudar a la Aldea; cuando eran fiestas, íbamos unos y otros. Esa amistad ha sido siempre muy especial, y sigue viva».
En el libro, dedica también varias páginas a Miguel Ángel Sáinz, artista aldeano y amigo personal, que fue nexo simbólico entre ambos pueblos. «Él colaboraba con nosotros en el colegio, nos acompañaba en viajes y actividades culturales. Su fallecimiento nos marcó a todos, y en su honor organicé la ruta Tras la huella de un artista riojano». Aún recuerda bien cual fue su último trabajo. «La última pieza que toco el mismo día de su fallecimiento fue la Picueza, símbolo de Autol».
Con su libro, Roberto González sólo busca dejar constancia de un tiempo y de una manera de vivir. «No lo he escrito con pesimismo —dice—, pero sí con algo de melancolía, de esa buena, de la que te hace sonreír al recordar».


