Todo empezó con una fotografía. Una imagen vieja, de esas que empiezan a amarillear con los años y guardan más secretos de los que muestran. En ella, un grupo de mujeres posan orgullosas junto a hileras de chorizos. Son trabajadoras de una antigua fábrica de embutidos en Badarán. Entre ellas, un hombre en el centro: carnicero, con mandil blanco y gesto firme. «Era mi bisabuelo Julio», recuerda Rober Astorgano, autor del documental ‘Las mujeres de negro’. «Mi abuela me la enseñaba siempre. Era la única foto que tenía de su padre, al que asesinaron cuando ella tenía doce años».
De esa imagen y de la pericia de Rober por saber que ahí había una historia nació un proyecto que acabaría abriendo grietas en el silencio de su familia pero también en el de muchas otras. Porque durante décadas nadie le habló a Rober de esa historia. «Ni en casa, ni en el colegio. Era el silencio total», dice. Hasta que empezó a preguntar, a tirar del hilo, y descubrió que su bisabuelo fue uno de los 21 hombres asesinados en Badarán durante la represión franquista de 1936, 18 de ellos arrojados a la Barranca, una fosa común en las afueras de Lardero que hoy es símbolo de memoria.

«Cuando lo mataron, mi bisabuela se quedó viuda con nueve hijos. El mayor fue enviado al frente y nunca más se supo de él, y el más pequeño, un bebé, murió poco después por lo que llamaban ‘el mal de la leche materna’. El resto salieron adelante como pudieron», cuenta. Su abuela nunca fue capaz de contarlo sin romperse. «Cada vez que lo intentaba, lloraba. Se murió sin hablar de ello». De esa necesidad de contar lo que su abuela no pudo nació la idea del documental.
Las mujeres de negro para recordar
En ese viaje, Rober descubrió también la figura de su bisabuela, una de aquellas mujeres que, desde 1939, caminaban vestidas de negro cada 1 de noviembre hasta el lugar donde sabían que yacían sus maridos, padres o hermanos: la Barranca. «Me impresionó su fuerza. Se enfrentaron a todo: al miedo, al luto, al hambre, a las multas, a las denuncias, a las cabezas rapadas, al aceite de ricino, a la represión». Y, aun así, seguían yendo. Año tras año. No podían manifestarse, pero su vestido negro era una declaración de intenciones.
Aquellas mujeres —viudas en su mayoría, pero también hijas, hermanas y madres— se convirtieron sin saberlo en las primeras guardianas de la memoria. «Gracias a su perseverancia se consiguió que en 1979 se levantara el cementerio civil y el Memorial. La Barranca fue la primera fosa dignificada de España» explica Rober. «Lo que ellas hicieron fue heroico. Se enfrentaron al miedo con una dignidad inmensa».
De esa admiración se proyecta ‘Las mujeres de negro’, que hoy es documental, pero también un libro y una exposición fotográfica. Un relato coral que recoge más de 35 entrevistas a hijos, nietos y bisnietos de las víctimas, junto a Jesús Vicente Aguirre, autor de ‘Aquí nunca pasó nada’. «La Rioja no tuvo frente de guerra. No hubo batallas, pero sí asesinatos. Más de dos mil personas. Y durante años se repitió eso de que aquí no pasó nada. Yo quería mostrar justo lo contrario».
Memoria contra el olvido
El trabajo fue largo y emocionalmente demoledor. «Empezamos en 2020, justo antes de la pandemia. Luego todo se paró. Algunas historias no se han podido contar porque murieron en esa época», recuerda. Cinco de los protagonistas ya no están. Fue precisamente eso lo que le hizo sentir la urgencia de hacerlo: saber que era necesario dejar constancia antes de que se perdiera su voz en primera persona.
En las entrevistas, las emociones afloran sin guion. «Mi tía, por ejemplo, nunca la había visto llorar. Y se rompió al hablar de su abuelo asesinado. Esa escena la dejé tal cual. Es la única persona que llora en la película. Quise que se entendiera el peso del silencio que arrastraron durante décadas, y ver cómo se habían transmitido las historias a través de las distintas generaciones».

De todas las historias, hay algunas que le siguen doliendo. «Una mujer de Calahorra que perdió a sus tres hijos: de 16, 22 y 25 años». O la de Jacqueline. Asesinaron a su madre, una militante francesa de la CNT. «Su relato es estremecedor: recuerda cómo iba de niña a la cárcel a intentar darle la mano a su madre que la tenían presa en una cuadra de caballos y cómo los guardias les echaban cubos de agua encima, o cómo uno se apiadó de ella y la dejaban dormir con su padre preso, sacándola a escondidas antes del cambio de turno».
Pero entre el horror, el documental también muestra algo que supone luz entre tanta oscuridad. «Nadie me ha hablado con odio. Ni uno solo de los hijos o nietos. Todos pedían lo mismo: que se recuerde, que no se olvide, que no vuelva a pasar. El último capítulo del libro se titula ‘Ni odio ni venganza’. Ese es el legado de las mujeres de negro».
El eco de la memoria
Desde que se estrenó, ‘Las mujeres de negro’ ha recorrido festivales y salas de toda España. Ha ganado premios y ha llenado cada pase. «En Logroño ya van cuatro proyecciones con las entradas agotadas. En Nájera también. Y ahora la llevamos a Bilbao (19 de noviembre) y a Arnedo (11 de noviembre)». «Pero lo más bonito es cómo reacciona la gente. Se te acercan desconocidos para darte las gracias. Una mujer me dijo: ‘Soy sobrina de Fermín… Gracias’. Solo eso. Y me dejó temblando».
También le emociona que su película haya despertado nuevas conversaciones. «Varios amigos me han contado que, al verla, preguntaron en casa y descubrieron historias familiares que nadie había contado nunca. Eso es lo más poderoso: romper el silencio».
Rober habla sin rencor, pero con una claridad serena. «España sigue siendo un país sin memoria. En Alemania sería impensable tener una calle con el nombre de Hitler, y aquí seguimos con fundaciones que homenajean a Franco».
Rober está llevando la historia también a colegios e institutos. Chavales que escuchan atentos mientras se proyectan fragmentos del documental. «Les explico quién era mi bisabuelo y qué significa la Barranca. Me preguntaban por qué mataron a aquella mujer, o cómo podían dormir las familias sabiendo que sus padres estaban allí. Me conmueve ver su empatía».
Porque, al final, de eso trata ‘Las mujeres de negro’: de recordar sin rencor, de hablar sin miedo, de llenar de nombres un silencio que duró demasiado tiempo. De mirar al pasado sin cerrar los ojos. Y de entender, como dice Rober, que recordar no es reabrir heridas, sino «ponerle voz a los que no pudieron hablar».


