Casi sin hacer ruido, el otoño ya se ha instalado en los campos de La Rioja. Con la vendimia dando sus últimos coletazos, el paisaje ha cambiado de tono: los viñedos se han teñido ya de ocres, rojos y dorados que anuncian el fin de la campaña y el comienzo de una nueva etapa de calma. Es ese momento del año en el que cada rincón de la región se convierte en una auténtica postal.
Los árboles de ribera y de la sierra comienzan a dorarse, mientras los árboles lucen los tonos vivos de los frutos más típicos del otoño. Las manzanas maduran y van enrojeciéndose, y los olivos, cargados de aceituna, empiezan a oscurecer, preludio de la próxima cosecha. El campo riojano, que hace apenas unas semanas era bullicio de tractores y cuadrillas, se transforma ahora en un mosaico de paisajes serenos, donde la naturaleza se toma un respiro.
Es una época especialmente bella, casi mágica, en la que La Rioja invita a pasear despacio y a mirar con otros ojos. Desde los montes de Cameros hasta los viñedos de Haro o Alfaro, cada curva del camino ofrece una estampa distinta. El otoño vuelve a recordarnos por qué esta tierra es, especialmente en esta estación, un espectáculo.


