Educación

Cuidados que educan: el día a día de las enfermeras escolares en La Rioja

La Rioja cuenta con profesionales sanitarias repartidas en 26 centros educativos

FOTOS: Fernando Díaz (Riojapress)

La figura de la enfermera escolar sigue siendo una asignatura pendiente en muchos centros escolares de La Rioja. Su presencia, aunque deseada y reivindicada desde hace años por el ámbito sanitario y educativo, no es obligatoria. Para que un colegio cuente con una de estas profesionales, debe producirse una circunstancia muy concreta: un alumno con una necesidad sanitaria especial. Entonces, se redacta un informe dirigido a la Consejería de Educación, que evalúa el caso y decide si procede o no la contratación. Así, en teoría, se garantiza la atención médica de esos niños. Pero en la práctica, lo que se pide es algo más profundo: una enfermera que forme parte del día a día del centro, que cuide, enseñe y prevenga, no solo que actúe en emergencias.

Hoy por hoy, La Rioja cuenta con enfermeras en 26 centros educativos repartidas por todo el territorio. Algunos comparten profesional y otros, como el Colegio de Educación Especial Marqués de Vallejo, cuentan con cuatro por las características de sus alumnos. En este centro logroñés trabajan cuatro enfermeras en tres turnos, asegurando atención continuada. Los 150 estudiantes que acuden allí tienen distintas discapacidades, lo que implica tratamientos diarios, administración de medicaciones y, en muchos casos, intervención en crisis conductuales.

Cada mañana, cuando Paloma cruza la puerta del colegio Marqués de Vallejo, el edificio entero parece cobrar vida. Lleva dieciséis años cuidando de sus alumnos -porque para ella son “sus niños”- y ha visto cómo el centro ha pasado de tener setenta a casi ciento cincuenta alumnos, cada uno con sus propias necesidades, sus rutinas y sus pequeñas batallas diarias. «Mi día a día es intenso», dice sin dramatismos, con esa mezcla de ternura que solo tienen quienes aman su trabajo. Entre medicaciones, dietas personalizadas, consultas y abrazos, Paloma se mueve por los pasillos como un punto de equilibrio, alguien que calma, que ordena y que, a veces, simplemente está cuando hace falta estar.

En el Marqués de Vallejo nada es rutinario. Cada alumno tiene una historia distinta y Paloma lo sabe bien: hay niños con discapacidades leves y otros con necesidades severas, dietas especiales, intolerancias, alergias o tratamientos complejos. Ella prepara medicaciones, comunica menús a cocina, tramita citas médicas y acompaña a las familias en todo el proceso. Este curso, además, el colegio ha incorporado un servicio de neuropediatría itinerante: el especialista se desplaza al centro dos jueves al mes para atender a los alumnos, y Paloma actúa como el nexo natural entre el médico, los tutores, los logopedas y las familias. «Así todo es más humano, más cercano», cuenta. «El neuropediatra no solo ve a un niño en consulta, ve al equipo que lo acompaña, su entorno, su día a día».

Pero quizá lo más bonito de su trabajo ocurre en los pequeños gestos. En cómo prepara a los niños antes de una visita al dentista para que no teman la bata blanca, ensayando con linternas y sonrisas lo que luego vivirán en consulta. En cómo enseña a los alumnos con TEA a anticipar lo que va a pasar, a reconocer los espacios y a sentirse seguros. En la complicidad con sus compañeras -cuatro enfermeras que se reparten los turnos para ofrecer atención 24 horas entre semana- o en ese momento en que un niño, al verla, la llama por su nombre y se lanza a abrazarla sin pensarlo. Paloma no solo cura heridas ni controla glucemias: teje confianza, amarra miedos, devuelve calma. Y eso, en un colegio donde cada vida necesita un cuidado diferente, vale mucho más que cualquier título.

No son las únicas enfermeras las del Marqués del Vallejo. En la actualidad, colegios e institutos como el CEIP Escultor Vicente Ochoa, el CEIP Ana María Matute, el IES Sagasta o el CEIP Entresotos sí disponen de enfermera, aunque muchos otros siguen esperando. El Colegio Oficial de Enfermería de La Rioja insiste en la urgencia de extender esta figura a todos los niveles educativos. Según los datos de este curso, en la comunidad hay 51.300 alumnos entre Infantil, Primaria, ESO, Bachillerato y FP. Eso equivale a una enfermera por cada 1.973 alumnos, una cifra mucho mejor que la media española (una por cada 6.368), pero aún muy lejos de Europa, donde la proporción ronda una por cada 750 estudiantes.

En el CEIP Escultor Vicente Ochoa de Logroño, Laura Daroca vive su primer curso como enfermera escolar. «Siempre me han gustado los niños», confiesa con una sonrisa. «Había trabajado en consultas de pediatría, pero en el sistema sanitario es difícil que estés en esa situación siempre; aquí, además, puedo trabajar la prevención y los hábitos saludables». Su llegada al centro se produjo por un caso concreto: un niño con diabetes que necesitaba controles diarios y supervisión constante. «Ahora su madre sabe que su hijo está bien atendido».

Su labor no termina ahí. Atiende golpes, caídas, cortes y mareos, pero también promueve la salud con talleres y charlas. Este curso prepara un curso de reanimación cardiopulmonar (RCP) para los mayores del colegio y organiza sesiones sobre alimentación y hábitos saludables con los pequeños. «La semana que viene pondré la vacuna de la gripe a los profesores», comenta. La presencia de una enfermera cambia la dinámica del centro: las familias confían más, los docentes se liberan de una carga para la que no están preparados, y los alumnos aprenden a cuidar de sí mismos. «Hay niños que necesitan medicación por migrañas o epilepsia, otros a veces tienen un dolor de cabeza puntual. Evalúo, decido si basta con tomar algo y aviso a la familia. Eso evita ausencias innecesarias», explica. También gestiona casos de alergias alimentarias y vómitos: «Valoro si es algo pasajero o si hay que mandar al niño a casa».

En Rincón de Soto, Miriam lleva cuatro años al frente del cuidado sanitario en su colegio. Su llegada también se debió a un alumno con diabetes. «Hay que estar muy pendiente: medir glucosa, administrar insulina, controlar su alimentación», detalla. Pero su día a día va mucho más allá. Atiende urgencias escolares, enseña primeros auxilios y forma al profesorado. «Ya me llaman la enfermera del 112″, bromea. Es porque cada año da una charla a los niños sobre cómo llamar a emergencias, qué decir, y a los profesores cómo actuar ante un atragantamiento o una caída cuando yo no estoy». En su caso, asegura, el niño al que atiende no podría ir al colegio sin ese apoyo o, en su defecto, su familia tendría que estar acudiendo constantemente.

La figura de la enfermera escolar no puede depender de la suerte o de un informe médico puntual. «Debe ser un recurso estable, igual que los maestros o los psicólogos», defienden desde los colegios profesionales. Las enfermeras no solo atienden urgencias, también pueden detectar precozmente problemas de salud y fomentan hábitos de vida saludables desde edades tempranas. Su labor impacta directamente en la comunidad educativa y, a largo plazo, en la salud pública. No en vano, casi un 19 por ciento de los niños y jóvenes riojanos tienen alguna enfermedad crónica, y cada año aumenta el número de alumnos con alergias, diabetes, epilepsia o trastornos de alimentación.

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