Hay una experiencia común hasta para el más excepcional de los mortales: abrir la nevera un domingo y ver que no queda nada. Solo un cartón de leche y medio limón que lleva cogiendo polvo en el estante más alto desde antes de que se formaran los continentes. Pero que no cunda el pánico, tiene fácil solución: el mercadillo.
Ojeando los puestos, decenas de personas pasean cargadas con bolsas de plástico en las que llevan de todo: desde bragas hasta plantas, pasando por dulces, sudaderas o ajos. Es la magia del mercadillo, donde se vende de todo a la vez. En una misma mañana puedes llenar la nevera y renovar el armario. Un planazo sin fisuras.
Pero centrémonos en lo importante: salvar la comida y la cena del domingo. Primera parada: el puesto de Rubén León. Alrededor del colorido mosaico compuesto por frutas y verduras se arremolinan clientas observando el género. «Estas son más grandes que las de la semana pasada, eh», señala una de ellas. «Sí, sí. Las de esta semana están hermosas», le responden. Prueba de que Rubén ha conseguido hacerse con una clientela fija. «Ahora con el frío vendemos más verduras y hortalizas. En verano, sobre todo, frutas de hueso», cuenta Rubén.

Durante la semana, Rubén se desplaza hasta Agoncillo los viernes, Carcastillo los sábados, Olite los miércoles y Milagro los jueves, además de tener su tienda en Calahorra y, desde hace cuatro meses, incorporaron una nueva parada a su ruta: Logroño los domingos.
«El ambiente es muy bueno, lo que pasa es que al ser domingo la gente no quiere madrugar y luego vienen todos de golpe», comenta Rubén riendo. «Lo mejor es hablar con la gente y echar cuatro risas», añade.
Eso sí, la rutina de Rubén no es apta para flojos: «Un día de mercado es levantarte a las 4:30, bajar al almacén, cargar lo que te queda en la cámara, venir al pueblo que te toque, montar el puesto, vender, recoger y a casa. Y otra vez comprar, preparar y reponer». Ahí es nada.
En el puesto de Julio y Ana Rosa puedes comprar embutidos y encurtidos. Los aperitivos de las mesas de la gente que sabe cómo disfrutar de la vida. Aunque la verdad es que muchas de las gildas o las aceitunas no llegan a salir del mercadillo: la gente empieza a devorarlas antes incluso de haberlas pagado.

Si algo caracteriza su puesto es que nunca están solos: siempre hay gente esperando a ser atendida. Aunque llevan «unos 27 años con el negocio», en el mercado de Logroño apenas llevan seis. Al igual que Rubén, no es el único mercado al que van: «Estamos en Uruñuela, en Laguardia, Lanciego, Baños de Río Tobía, Nájera, Fuenmayor y Santo Domingo».
«En verano no es tan duro, la agente acude mucho más, pero en invierno… es muy duro», cuenta Ana Rosa. «Mi marido sale todos los días a las 6:30 de la mañana de casa y, dependiendo de donde nos toque ese día, llegamos a una hora u otra, pero nunca antes de las 2:30», añade.

«El trato con la gente es muy directo. La gente te conoce y tú conoces a la gente, entonces es muy diferente a las grandes superficies», señala. Justo en ese momento, su marido está atendiendo a un cliente habitual. «Dame tres botes». Y no hace falta que Julio pregunte de qué, porque ya lo sabe: anchoas del Cantábrico. Es la magia del mercadillo, donde se vende todo a la vez y donde quien te atiende ya sabe qué vas a pedir incluso antes que tú.


