Cultura y Sociedad

De viñedos a arrozales: la vida en Bali «no es para todo el mundo»

Hace algo menos de un año, Judith Velasco cambió los viñedos de Rioja Alavesa por los arrozales balineses. Tras tres años viviendo en Madrid, la joven oyonesa decidió que era el momento de dar un giro radical a su vida.

No era la primera vez que Judith ponía un pie en el sudeste asiático: ya lo hizo hace dos años, cuando estuvo viajando por Indonesia. «Fue mi primer viaje sola y me encantó tanto que decidí que necesitaba venir aquí por un tiempo más largo y me puse a buscar alternativas para poder hacerlo y cumplir este sueño», cuenta.

«Este tipo de cosas es más fácil hacerlas antes de los 30, veía que el momento se acercaba así que decidí cambiar mi camino», cuenta. A pesar de «las ganas que tenía», no fue un «proceso fácil, ya que hay mucha gente aplicando para esta misma beca». Se refiere a la beca ‘Global Training’, del gobierno vasco y a la que pudo optar por ser de Oyón. A pesar de los nervios y de la intensidad del proceso, finalmente «todo salió bien» y, tras poder disfrutar de la beca, la empresa en la que trabaja la contrató como Marketing Manager en un coworking y coliving, «como un hotel que digamos, especialmente para nómadas digitales».

A pesar de lo idílico que pueda parecer, la vida en Bali «no es para todo el mundo», como advierte Judith: «En Instagram se ve una cosa, pero la realidad es bastante diferente. Es una isla que está más desarrollada que el resto de islas del país, pero igualmente sigue siendo un país pobre, al que todavía le queda mucho y evidentemente la vida de los occidentales aquí y la vida de los locales difieren mucho. Es bastante caótica, no hay muchas normas, pero la gente es un encanto, entonces todo se compensa».

El clima, el carácter de la gente o el hecho de que la vida «sea mucho más relajada», son algunas de las cosas que más le gustan a Judith de su vida en la otra punta del mundo. ¿Lo que menos? El estar tan lejos de casa, porque «al final es algo que siempre cuesta, estar lejos de mi familia y mis amigos es complicado».

Cuando le preguntas por alguna anécdota graciosa se echa a reír: «A ver, en el momento gracioso no fue, ahora ya me hace gracia, pero entonces…». Y es que llevando apenas tres semanas en Bali, Judith se rompió la rodilla: «Me tuvieron que operar de urgencia. Por suerte todo salió bien y pude seguir mi camino aquí».

«Lo que más echo de menos, además de a familia y amigos por supuesto, es la comida. Aquí hay algún restaurante de comida española, pero no es para nada lo mismo», cuenta. «Un pinchito de tortilla y un trozo de jamón no hay quien me lo quite. Eso, y un champi de El Soriano», añade riendo.

Aún no sabe cuánto tiempo más pasará en Bali: «De momento tengo el contrato hasta julio del año que viene y después tengo que valorar si me quiero quedar o no. Quizás me quede algo más de tiempo, pero no creo que me quede aquí toda mi vida».

Tiene claro lo primero que va a hacer cuando venga a España: «Ir a visitar a mis abuelos». Lo segundo también lo tiene bastante claro: «Pasarme por La Laurel con mis amigos y disfrutar del ambiente que hay allá, que aquí no tiene mucho que ver, la verdad». Y ya de paso, comerse un champi que seguro le va a saber a gloria y le va a indicar que ya está en casa.

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