La Rioja

De Calahorra a Malawi: Álvaro, uno de los 108 misioneros riojanos por el mundo

Álvaro, uno de los 108 misioneros riojanos por el mundo

Cada tercer domingo de octubre, desde hace décadas, la Iglesia dedica una jornada a recordar y apoyar el trabajo de miles de misioneros repartidos por el mundo. Muchos la recuerdan por esa imagen casi de ‘Cuéntame’ con esas huchas con las que se salía a la calle a pedir limosna pero la realidad de la jornada se vive a miles de kilómetros de distancia. Un total de 108 misioneros riojanos trabajan en más de 30 países de cuatro continentes. Algunos son sacerdotes, otros laicos, pero todos viven una realidad muy parecida. América, Asia y África especialmente. Entre ellos está el padre Álvaro Marín Irisarri, carmelita nacido en Calahorra y que pasa estos días en su ciudad natal y que lleva casi dos décadas entregado a su labor en Malawi, uno de los países más pobres del planeta.

Álvaro llegó a África en 1999, con la vocación de servir y la inquietud de conocer de cerca una realidad distinta. «Cuando entré en el Carmelo —recuerda— lo primero que pregunté fue si había posibilidad de ir a misiones». En aquella primera etapa, convivió con otros misioneros españoles y varios religiosos malauíes. Hoy, más de veinte años después y con un intervalo de 9 años en los que regresó a España, él es el único español en la misión carmelita, acompañado por una comunidad local que continúa la obra iniciada en 1963 por tres misioneros venidos de España. «Se puede decir que la tarea ha sido fructífera —explica— porque hay muchas vocaciones y jóvenes que quieren seguir el camino».

Desde hace cuatro años, el padre Álvaro vive en una casa de retiros espirituales cerca de la segunda ciudad más grande de Malawi. El entorno es rural, de altiplano, con tierras pobres pero fértiles si se riegan y se abonan. Allí, además de atender la parroquia junto a sacerdotes del país, ha puesto en marcha un proyecto educativo que le ilusiona profundamente: una guardería para niños y niñas del lugar. Comenzó el año pasado con 60 pequeños y ya acoge a 80. «Queremos que los niños puedan empezar a aprender antes de los seis años, cuando entran en la escuela, y que sus padres puedan ir a trabajar tranquilos», explica. Hay dos turnos: uno de 8 a 12, en el que los niños reciben una papilla, y otro de jornada completa, hasta las 15:30, con comida incluida. «Es sencillo, pero van a casa alimentados y contentos después de todo el día en la escuela», dice con una sonrisa.

La misión no es solo construir escuelas o templos, sino también «sembrar esperanza». Álvaro asegura que en África la fe «está a flor de piel». «Hablar de Dios, sentir a Dios, compartirlo, es algo cotidiano», afirma. Por eso, reconoce que, en cierto modo, «es más fácil hacer Iglesia allí que en España, donde la fe se vive de otra manera». Pero también confiesa que cada regreso le sacude: «Cuando vuelves, te das cuenta de lo mucho que tenemos aquí. A veces nos quejamos, pero ya quisieran ellos tener lo que nosotros llamamos problemas».

Durante sus visitas a España, el padre Álvaro no solo descansa, también busca apoyo. Gracias a un grupo de mujeres de la Delegación de Misiones de La Rioja, ha podido llevar a Malawi cajas llenas de vestidos y uniformes escolares cosidos a mano. «Es un trabajo precioso —dice emocionado—. Este año espero llevar más batas para los niños de la guardería».

Tras 17 años en dos etapas misioneras, su compromiso sigue firme, aunque con la mirada puesta en el futuro: «Mi objetivo ahora es dejar la guardería funcionando de forma autónoma, formar maestros y líderes locales para que el proyecto siga adelante sin depender de nosotros». Su voz refleja serenidad y entrega, pero también gratitud. «Lo que más me aporta esta vida —dice— es ver la alegría con la que la gente comparte lo poco que tiene. Eso te cambia para siempre».

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