El Rioja

Nueve recuerdos y un diseño: una etiqueta que emociona

Por fuera podría parecer solo una etiqueta de vino, pero basta detenerse un instante para entender que la carta de presentación de ‘El Guardián de la Viña’ es mucho más que eso: es un homenaje, un puente entre generaciones, una historia de familia contada a través del diseño. Detrás de esta pieza delicada están Daniel Morales y Javier Euba, fundadores del estudio Moruba de Logroño, que desde 2008 firman algunas de las etiquetas más emblemáticas del panorama vinícola. Sin embargo, en este proyecto, como en casi todos los que hacen, más que diseñadores, han sido intérpretes de un recuerdo, de una historia, de algo mucho más profundo.

Moruba nació en 2008, cuando Daniel y Javier, amigos desde la ESDIR en los años 90, decidieron crear un estudio propio. Querían un lugar donde el diseño se viviera sin jerarquías ni corsés, donde el concepto pesara más que la tendencia y donde el trato humano fuera tan importante como el resultado final. Lo consiguieron. Hoy, Moruba es un estudio de referencia, especialmente en el mundo del vino, pero también en el de la gastronomía y en el del turismo, pero sobretodo en todos esos proyectos en los que lo emocional es un pilar fundamental. Mas allá de sus éxitos, en todos los trabajos con los que se comprometen late la misma filosofía: diseñar con verdad y buscando siempre la emoción.

Y ha sido precisamente esa mirada honesta la que conquistó a la familia Larrea, ocho hermanos que querían con ‘El Guardián de la viña’ hacer un homenaje a su padre a través del vino pero también a través de la etiqueta, un diseño único para su vino más especial. Una forma de guardar para siempre recuerdos, sentimientos y emociones, una forma de estar más unidos que nunca.

Clara Larrea

Daniel y Javier lo tuvieron claro: primero había que conocer la historia. Por eso se reunieron con ellos. Y allí en la falda del monte Miralobueno, donde la familia Larrea cuida una viña plantada en 1979, profundizaron en la historia de este viñedo singular, trabajado con mimo, con la paciencia que solo se aprende mirando la tierra. Allí, entre cepas y piedra seca, charlaron y conocieron a los Larrea y el pequeño guardaviñas que lo vigila todo desde la ladera. Su símbolo, su recuerdo, su presencia.

Con la cosecha 2020 decidieron elaborar una edición muy limitada —solo 1.956 botellas— y quisieron que la etiqueta reflejara su historia y rindiera homenaje al padre y fundador de la bodega. El encargo llegaba a Moruba cargado de sensibilidad y tenían que devolverlo de la misma forma.

«Desde el principio supimos que no se trataba de hacer una etiqueta bonita, sino de contar una historia que tuviera alma», explican Javier y Daniel. Una que pudiese reflejar lo que el vino ya contaba. Por eso el trabajo comenzó en la propia viña, caminando el terreno, tocando las piedras del guardaviñas, escuchando a la familia. Solo así se podían traducir tantos sentimientos en un solo diseño.

Durante ese proceso nació la idea que dio forma al proyecto: pedir a cada uno de los ocho hermanos y a su madre, una o dos palabras que resumieran su recuerdo del padre. Ni frases ni descripciones largas. Solo eso: un término que contuviera la esencia.

El resultado fue una lluvia de recuerdos y emociones: ‘pañuelo’, ‘paseos’, ‘teorema’, ‘fenómeno’… palabras diferentes, pero unidas por el mismo hilo invisible que lo une todo en las familias. Cada una representaba una mirada, un momento; todas juntas construían la figura del guardaviñas, del recuerdo, de las piedras que lo sostienen todo.

A partir de ahí, Moruba levantó un concepto poderoso: crear un guardaviñas simbólico hecho con palabras, con los recuerdos de los hijos como piedras, la representación más parecida a la de un refugio emocional. ‘Nos dimos cuenta de que estábamos levantando un guardaviñas de recuerdos -cuentan-, una estructura donde cada palabra era una piedra de la memoria’.

Cuando el concepto estuvo claro, llegó el momento de materializarlo. Y ahí Moruba decidió que la forma debía estar a la altura del fondo. Si el vino se elaboraba con mimo y de forma artesanal, la etiqueta también tenía que hacerse de la misma manera, con las manos. Nada de ordenador. Nada de tipografías digitales. Moruba recuperó la técnica del linóleo, una forma de grabado manual que exige tiempo, precisión y paciencia. Cada palabra fue tallada e impresa a mano, como si se tratara de un trabajo renacentista. «Era la única forma de que el proceso fuera coherente con la historia y con el vino».

Cada impresión es distinta: cambia la textura, la presión, el reborde de la tinta. Y en esa imperfección reside su belleza. Su forma de convertirse en algo único como si fuese una obra de arte única. Se hicieron copias limitadas. Una para cada hermano, una para su madre y otra para la etiqueta final. «Como el vino que ellos hacen, queríamos algo irrepetible».

El resultado es un diseño sencillo, sereno pero sobretodo emocional, con colores que evocan la piedra del guardaviñas y una tipografía que parece respirada, casi etérea. El nombre del vino se lee con discreción, casi se intuye. Como unos buenos magos no les importa contar el secreto. Quien ve la botella quiere tocarla. Y quien la toca, ya no se separa de ella. De nuevo ese hilo invisible hace su magia.

El resultado final ha sido emocionante. Y la familia lo sabe. La de ‘El Guardián de la Viña’ no es solo una etiqueta: es un espejo donde la familia se conoce y se reconoce. Cada palabra tiene dueño, pero todas juntas forman un todo, como las voces de una conversación que nunca se apaga, como esos largos paseos en los que las palabras nunca faltan.

Moruba siempre ha creído que el buen diseño se susurra y de esta forma se queda. No busca la sorpresa inmediata, sino la emoción que perdura. Y en ‘El Guardián de la Viña’ se ve claro: cada trazo tiene sentido, cada decisión responde a algo más profundo que la estética, cada idea va más allá.

Un proyecto que reivindica la pausa, la artesanía y la autenticidad. No hay filtros ni artificios, solo emoción traducida en papel. «Al final no diseñamos etiquetas, contamos las historias, entramos hasta donde el cliente nos deja entrar».

Una etiqueta que, como un guardaviñas de piedra, resiste el paso del tiempo. que sigue ahí, silenciosa, cuidando desde su rincón del mundo que todo -la tierra, el vino, la familia, las palabras y con ellas los recuerdos- siga saliendo bien.

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