Cultura y Sociedad

El ‘santuario’ de Ana: «La mayoría quiere que la peluca pase desapercibida»

Esta peluquera logroñesa acompaña, reconforta y devuelve la seguridad a sus clientas enfermas de cáncer

Hay una palabra que da miedo solo con oírla. Cuando la escuchas sabes que, por lo general, no viene nada bueno después. Esa palabras que nadie quiere que pase a formar parte de su día a día. El cáncer es mucho más que una enfermedad. La caída del cabello a causa de los tratamientos es uno de los efectos más visibles y, aunque no es, ni de lejos uno de los más graves, afecta profundamente a quienes lo sufren. Especialmente, a las mujeres.

Detrás del salón de peluquería de Ana Muñoz, en Avenida de Colón, hay un pequeño patio donde hay una puerta que conduce a su ‘santuario’. Un lugar donde, entre el desaliento y el miedo, hay hueco para la esperanza. Donde, alejadas del bullicio que caracteriza a las peluquerías, Ana ofrece un espacio en el que prima la intimidad y la seguridad que sus clientas necesitan.

«El momento en el que le cortas el pelo es impresionante, porque para una persona enferma de cáncer es el tema número uno. Hay quien piensa más en el cabello que en la enfermedad, porque sobre todo para las mujeres el pelo es súper importante, es parte de nuestra personalidad», señala Ana.

En su salón ha visto de todo. Desde una chica joven que fue acompañada por todas sus amigas, hasta gente que ha ido sola porque no tenían con quien ir. A todas ellas, Ana las acompaña y reconforta en esos momentos tan duros, pero también aprende de ellas: «Esto me ha enseñado muchísimo».

«La mayoría de la gente quiere que la peluca pase desapercibida, quiere seguir siendo ella. Si tú eres rubia, quieres seguir siendo rubia. Entonces buscamos en el mercado lo más parecido que haya y luego llega la caracterización», explica. Ana peina y corta la peluca para que su clienta se vaya sintiéndose lo más segura posible. «Hace poco vino una señora que aún no había ni empezado el tratamiento y se fue de aquí diciendo que ya podía dormir tranquila porque sabía que, cuando ocurriera, ya tenía la peluca», cuenta Ana entre emocionada y orgullosa.

Ana heredó el amor por la profesión de su madre: «Soy una apasionada de la peluquería desde que nací. Vivíamos en una peluquería y me encantaba enredar». Tras trabajar con su madre, abrió su propio centro hace ya tres décadas y fue entonces cuando decidió indagar más en el mundo de las pelucas: «Fue todo un poco casual. Una mezcla entre lo que había ido viendo en el mundo de la peluquería, la gente que me preguntaba por ellas y el darme cuenta de que es algo muy necesario».

Aunque no ha sido un camino de rosas: «Hubo un momento que lo quise dejar. En la peluquería es todo alegría, sin embargo, cuando trabajas con gente enferma, es imposible no terminar llevándote esos problemas a casa».

Justo cuando estaba pensando en dar un paso atrás y dejarlo, a una amiga suya le diagnosticaron alopecia areata: «Me dijo que ni se me ocurriera porque estaba haciendo un bien y, además, no hay muchas personas que se dediquen a esto». Ese fue el punto de inflexión para Ana y, lejos de echarse atrás, decidió meterse de lleno: «Me formé, cogí las riendas y aquí estoy».

Pero no es un trabajo sencillo: «Hay dos momentos especialmente críticos. El primero, cuando contactan contigo por primera vez porque la gente viene muy perdida y aún en estado de ‘shock’ por el diagnóstico. Nunca han usado peluca y, a pesar de que han leído y se han informado mucho, la teoría es muy diferente de la realidad. El segundo, es cuando hay que cortar el pelo. Es, sin duda, el momento más duro». Aún así, si Ana tuviera que resumir su trabajo sería, sin dudarlo, gratificante: «Yo recibo muchas llamadas y muchas muestras de cariño. La parte más bonita es cuando te llaman porque han terminado el tratamiento».

Ana se queda en su santuario. Mirando con cariño las pelucas y las prótesis capilares sabiendo que, aunque «dura», su labor es necesaria y ayuda a «hacer más llevadera esta enfermedad. Bastante más llevadera».

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