El curso escolar ha comenzado en España con más de ocho millones de alumnos y un dato histórico: nunca antes ha habido tantos estudiantes extranjeros en las aulas. El curso pasado se matricularon 1.125.860 chavales llegados de otros países, un 30 por ciento más que hace cinco años. Su presencia, que ya supone el 12,9 por ciento del alumnado total, ha permitido mantener abiertas muchas escuelas en un contexto de fuerte caída de la natalidad, pero también plantea retos ineludibles: desde el aprendizaje del idioma hasta la falta de recursos adicionales en la red pública, donde se concentra la mayoría de estos niños y niñas.
La Rioja es uno de los territorios donde este fenómeno se siente con más fuerza. En Primaria, los alumnos extranjeros representaron el curso pasado un 26,4 por ciento en los centros públicos, muy por encima de la media nacional. La situación es especialmente visible en municipios de La Rioja Baja, donde la agricultura y la industria hortofrutícola atraen a familias de distintos orígenes. Allí, la escuela es mucho más que un lugar de enseñanza: es la primera puerta a la integración.
En el colegio Entresotos de Rincón de Soto lo saben bien. Hace un par de años realizaron un estudio interno para conocer la realidad de su alumnado. El resultado sorprendió: aunque muchos niños tenían ya nacionalidad española, casi un 48 por ciento provenían de familias llegadas de otros países. «Su lengua materna no es el castellano y eso les dificulta mucho las cosas por mucho que lo intenten», explica la directora, Carmen Peralda, junto a Silvia Abad, responsable del programa PROA+.

Ante esa situación, el centro puso en marcha medidas innovadoras. Una de las más exitosas fue trasladar al colegio el programa de alfabetización municipal, pensado para adultos. Así, muchas madres que dejan a sus hijos por la mañana se quedan después a aprender español. Hoy el programa ofrece tres niveles: uno de iniciación, otro de lectura y un tercero que permite a las familias adquirir habilidades para ayudar a sus hijos en las tareas escolares. «Si los padres no entienden el idioma, difícilmente pueden ayudar a sus hijos», señala Peralda.
Además, gracias a los fondos europeos del PROA+, el colegio cuenta con un traductor en las reuniones con padres, lo que ha reducido barreras y facilitado la comunicación. El centro dispone también de un aula de inmersión lingüística para los más pequeños: «Cada año recibimos niños que no saben ni una palabra de español. En primero y segundo les damos refuerzo, justo cuando el resto de la clase empieza a leer».
Pero no todo es estudio. Cada curso celebran una semana intercultural con talleres, cuentacuentos, comidas típicas y actividades culturales de los países de origen de las familias. Incluso organizan un taller de costura en el que voluntarias del pueblo enseñan a coser mientras las participantes aprenden también el idioma. «Esto es una carrera de fondo. Hay niños que llegan con deportivas nuevas y otros prácticamente descalzos. Y cuando alguno de ellos consigue seguir estudiando y abrirse camino, la satisfacción es inmensa”, asegura la directora con una metáfora que hacen entender las dificultades de estas familias. Aún recuerda con emoción el caso de una alumna que llegó sin hablar castellano y que hoy estudia en Zaragoza para ser guardia civil.
A pocos kilómetros, en Pradejón, el colegio José Ortega Valderrama refleja aún con más claridad esta realidad. Este curso, los alumnos de familias extranjeras ya superan el 53 por ciento del total, con predominio de niños marroquíes y rumanos. «En el último momento hemos tenido diez o doce nuevas matrículas, y eso que a veces las familias no llegan a asentarse porque no encuentran vivienda», explica la directora, Julia Hernández.

Para los recién llegados, la inmersión lingüística es clave. Empiezan con diez horas semanales de refuerzo intensivo. «Los rumanos lo tienen algo más fácil porque su lengua se parece más al español, pero para muchos es empezar de cero. Algunos incluso han nacido aquí, pero no saben nada de castellano porque en casa se habla únicamente el idioma de origen», detalla Hernández. El centro cuenta también con la ayuda de una madre bilingüe que da clases y actúa como traductora en reuniones con familias recién llegadas. «Hay que echarles una mano en lo más básico: rellenar impresos, pedir becas, entender la documentación escolar», añade.
Como en Rincón, en Pradejón celebran cada año una semana intercultural en la que las familias comparten comidas, objetos, cuentos y juegos tradicionales de sus países. Es una oportunidad no solo para que los alumnos muestren con orgullo sus raíces, sino también para que el resto de la comunidad escolar se enriquezca con ellas.
En Calahorra, el colegio concertado San Andrés demuestra que la diversidad no es patrimonio exclusivo de la escuela pública. Su director, Agustín Bazo, lo explica con claridad: «Lo primero que tenemos que tener en cuenta es qué entendemos por alumnos extranjeros». Y es que las cifras cambian según el criterio que se utilice. Si se cuentan únicamente los niños nacidos fuera de España, son 37 de los 202 que tiene el centro. Pero si se mira la procedencia de las familias, la cifra se dispara: 152 alumnos, es decir, tres de cada cuatro. La mayoría de ellos tienen como lengua materna el árabe, lo que obliga a adaptar metodologías y apoyos específicos. «Trabajamos con las herramientas que se nos ofrecen, como las aulas de inmersión lingüística o el programa PROA+, pero al final lo más importante es la paciencia y el cariño. Eso es lo que marca la diferencia», afirma Bazo.
Para responder a esa diversidad, en San Andrés han optado por organizar a los alumnos no solo por cursos, sino también por niveles de competencia. «Hay niños de cuarto o quinto de Primaria que en lengua tienen un nivel equivalente a segundo o tercero. Los agrupamos según su nivel real, porque así sacamos el máximo rendimiento de cada uno», detalla el director.

El reto no se queda únicamente en las aulas. La comunicación con las familias es otro de los grandes desafíos, y ahí entra en juego la propia comunidad escolar. Antiguos alumnos, o alumnos mayores del centro, ayudan como traductores, y varias madres que fueron las primeras alumnas extranjeras en llegar el centro en su día acompañan hoy a otras familias recién llegadas en reuniones, inscripciones o trámites administrativos. «El año pasado tuvimos a una exalumna marroquí haciendo prácticas, y este curso la vamos a contratar para reforzar el PROA+. Es muy positivo tener a gente así en el centro, porque no solo conocen el idioma, sino también la realidad de estas familias y sus necesidades», explica Bazo con orgullo.
El colegio también trabaja en la integración a través de actividades culturales y talleres donde se fomenta la convivencia. Según su director, lo importante es crear un clima de confianza, donde tanto alumnos como padres se sientan acogidos. El caso de San Andrés refleja que, cuando se unen esfuerzos institucionales y compromiso social, la diversidad en las aulas no se convierte en un obstáculo, sino en una oportunidad para aprender y crecer juntos.
Directores y profesores coinciden en que este curso ha habido un aumento notable de matrículas en el último momento, lo que añade complejidad a la planificación. Sin embargo, todos resaltan el valor humano de la diversidad. «Cada niño que sigue adelante con sus estudios es una victoria, para él y para todos», apunta Peralda.
La escuela riojana, con aulas donde conviven acentos, idiomas y culturas, afronta el reto de convertir esa diversidad en oportunidad. Porque detrás de cada estadística hay historias de esfuerzo e integración: niños que aprenden un idioma nuevo, madres que vuelven a estudiar, familias que empiezan de cero. Y maestros que, con paciencia y compromiso, trabajan cada día para que todos tengan las mismas oportunidades.


