Las tradiciones festivas siempre han sido el alma de los pueblos riojanos. Rituales que se transmiten de generación en generación como un cordón invisible que une pasado y presente. Un hilo que, en los últimos años, se ha transformado y se ha teñido con un nuevo color: el de la igualdad. Y no pasa nada. Las tradiciones cambian pero las fiestas siguen latiendo, los pueblos continúan reuniéndose y la emoción permanece intacta.
El ejemplo más reciente lo ha escrito Anguiano. Este domingo, Adriana se ha convertido en la primera mujer en danzar sobre los zancos en 400 años de historia. Su imagen, con saya, chaleco y los tradicionales zancos de madera, bajando la cuesta empedrada de los danzadores, ha quedado para siempre grabada en la memoria colectiva. Antes de iniciar el descenso, su propio padre -antiguo danzador- era el encargado de ayudarle a atarse los zancos. Un gesto, cargado de simbolismo, que resume la esencia de esta fiesta de Acción de Gracias.

No es la primera vez que una mujer rompe un muro festivo. En 2016, Carmen Martín fue una de las pioneras en Villavelayo al portar el bastón de mando como cachibirria. A sus 22 años, portó con orgullo el bastón de mando de la localidad serrana durante las fiestas en honor a Santa Áurea, en la primera ocasión en la que era una mujer quien ostentaba ese honor. Desde entonces, de los criterios de selección de la asociación cultural encargada de elegir ‘cachibirrio’ desapareció para siempre la cuestión de sexo.
Ese mismo verano, en Pradillo varias mujeres cargaban por primera vez las andas de la Virgen del Villar en un tramo de la procesión desde la iglesia de San Martín de Pradillo hasta su ermita. Así terminó un verano ‘mágico’ para la igualdad en las tradiciones riojanas que no terminaría ahí.

Dos años más tarde, en 2018, Inés y Paula se convirtieron en las primeras jóvenes danzadoras de Pradillo; y en Nieva de Cameros, cuatro chicas –Alba, Sara, Carla y Candela- cumplieron su sueño de bailar en la plaza. «No queríamos ser espectadoras, queríamos formar parte de la historia de nuestro pueblo», afirmaban entonces.
La transformación también fue llegando a otros ámbitos. En Calahorra, tras más de medio siglo, las peñas pudieron presentar no solo Reinas de las Fiestas, sino también Reyes. Lo que comenzó en 2022 con sólo dos chicos se ha consolidado hasta normalizar la presencia masculina en un rol antes reservado solo a ellas.
En Ortigosa de Cameros, el verano de 2024 dejó otro hito: Pilar, Irene y Vivi participaron en las danzas de la Virgen del Carmen sin polémicas ni grandes titulares, pero con un simbolismo enorme.Lo mismo ocurría en Grávalos este invierno, cuando Elisa Arnedo protagonizó el baile de ‘los brindis’ de la Cofradía del Niño Jesús, reservado a varones durante siglos. Aquella mañana, con camisa blanca y alpargatas, Elisa bailó consciente de que estaba escribiendo historia.
Claro que el camino no siempre es sencillo. En Cervera, la danza de la Gaita sigue defendida como territorio masculino. Frente a ello, la Asociación Gaita Mixta, compuesta por mujeres, ensaya, se esfuerza por acercar la tradición a nuevas generaciones y lo intenta año a año, cada vez con más problemas.

Hay otras tradiciones en las que las mujeres siguen sin tener acceso. Una de ellas es una de las más antiguas de La Rioja: los Picaos. Para poder practicar este acto de penitencia uno de los requisitos fundamentales es ser hombre, además de mayor de edad y poseer un certificado del párroco que acredite su sentido cristiano o de buena fe. Tampoco las mujeres pueden acceder a otra tradición arraigada en Calahorra: los borregos, un juego de azar y apuestas que sólo se practica en Semana Santa.
En definitiva, las fiestas de los pueblos siguen siendo lo que siempre fueron: momentos de poner en valor la identidad de los municipios. Pero ahora son más inclusivas. Los roles ya no dependen del género, sino del deseo de participar. Cada paso de baile, cada bastón de mando o cada bajada por empinada que sea marcan un camino que parece imparable.


