San Mateo

De la Laurel a la San Juan: el pasillo de la alegría

En San Mateo, comer y beber no son solo costumbres. Es casi un ritual, una forma de entender la vida. Y es basta con darse una vuelta por la Laurel o la San Juan para comprobarlo. Calles estrechas, sí, pero con un ambiente tan ancho de alegría que parece no caber en los adoquines. Barras a reventar, pinchos que quitan el sentido y vinos que se sirven como si el grifo no tuviera final. Un caos glorioso que sabe y huele a Logroño.

Y claro, en un día como el del cohete de las fiestas de San Mateo, lo de moverse entre tanta gente puede acabar en algún que otro apretón, pero eso también forma parte del encanto. Hoy nadie protesta porque todos saben que en el fondo estas dos calles el punto neurálgico de una fiesta que no tiene freno. Son el pasillo de la alegría en estado puro. La consigna es clara: seguir hasta que las zapatillas se desgasten y la voz se quede ronca de cantar, brindar y comer.

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