Esa viura vieja de Makarralde, en la viña de la abuela Mari Luz, ya está a cobijo. Una mañana despejada de mediados de septiembre con el sol iluminando ya los rostros de la vendimia sorprende después de varios días amaneciendo con nieblas en este paraje de Labastida. Las cajas blancas vacías se apilan a la par de un camino asfaltado y con las hileras de cepas de unos 60 años y en pendiente al otro lado. La vendimia para los hermanos García Quintana comenzó hace poco más de una semana pero de manera puntual, con algunas viñas que urgía más cosechar, y con un grado alcohólico que no llegaba en la mayoría de zonas. Poco a poco se va generalizando, pero no será hasta la cuarta semana de septiembre cuando la vendimia para Joseba y Koldo (de 28 y 24 años, respectivamente) coja fuerza y velocidad.
Por delante tienen unas 19 hectáreas de viñedo por patear, diez de ellas propias y el resto, tierra arrendada. Pero todo dentro de los límites que marca el término municipal de esta villa de Rioja Alavesa. Su pueblo, sus orígenes, la herencia de sus antepasados y también el legado que dejarán a los que vengan por detrás. Así se construye Área Pequeña, su proyecto vitivinícola con el que desde 2020 vienen elaborando sus particulares vinos de municipio, defendiendo este paisaje de pequeños corros, de viñas viejas, de tradición.

Todo comenzó con la elaboración de Los Llanos, una parcela de la familia, y con Joseba, quien decidió coger el testigo vitícola allá por 2018 cuando su padre (trabajador en la cooperativa del municipio, antigua Solagüen y actual Manuel Quintano) se jubiló. Lo que aprendió de fermentaciones y crianzas se lo debe también a Carlos Fernández, de Bodegas Tierra (también en Labastida), quien ejerció como un padrino para este joven en sus inicios, y quien también actúa como tal ahora. «Con Carlos empecé a hacer las vendimias y a trabajar en bodega. Fue él quien nos animó a elaborar esas viñas de la familia porque teníamos lo más importante, ‘unas uvas buenísimas para hacer vino’. De hecho, fue en su bodega donde empezamos, y continuamos, con el proyecto», reconoce el mayor de los hermanos.
Mientras tanto, Koldo continuaba formándose en Enología en la universidad, atisbando ya lo que le deparaba un futuro más bien próximo. «Al principio yo aportaba más en la parte de campo y mi hermano en la de bodega, pero ahora es cierto que ambos hacemos de todo, también en lo que a relaciones comerciales se refiere», apunta Joseba. Un tándem perfecto al que también le une otra pasión: el fútbol. Aunque de esto han tenido que desprenderse en mayor medida. «Al final esto requiere de nuestro tiempo al completo». Pero en la viña han creado su propio campo de juego en el que saben lucirse igual de bien, con sus tácticas de defensa, esta vez por un territorio llamado Labastida.

Mano a mano, y con la compañía (o mejor dicho, ayuda) de Peio y Ángel presente durante toda la campaña (con casi un mes de vendimia por delante), van cortando esos racimos blancos donde se intercala alguna cepa de calagraño con la viura mayoritaria. «Ya se dice que lo de tener mezcla de variedades en una viña era propio de las familias más pobres, porque no podían replantar esas cepas. Ahora, en cambio, es un factor que se revaloriza». Esta cosecha de Makarralde, que se ha vendimiado tan pronto como nunca antes en lo que a fechas se refiere, se repartirá entre el vino de Área Pequeña y el de Carlos Sánchez, productor también de Labastida y a quien le venden parte de la uva de esta viña desde hace ya varios años. «Nosotros sacaremos para hacer una barrica de 500 litros y él, para otro tanto».
Este año, lejos de sorprender, hay cepas incluso que no han traído nada de uva, así que habrá que ajustarse para seguir elaborando las dos referencias que hasta ahora les acompañan en el mercado, dos parcelarios con los que han llegado a cruzar las fronteras nacionales desde la primera añada, aquella que llegó en un complicado e incierto 2020 con unas 900 botellas. Pero el resultado fue positivo: la mitad de ellas fueron a parar a Estados Unidos gracias a un distribuidor, aunque poco a poco el plano nacional fue ganando más terreno en su cartera de clientes, con la restauración de alta gama como uno de los destinos finales de sus vinos. «Es más fácil vender en España, pero a su vez el hacerlo fuera es sencillo si se trata de vender volumen porque al final el distribuidor no te va a coger solo unas pocas cajas», remarca Koldo.

El crecimiento de este proyecto de familia ha sido progresivo desde 2020 y ya en la última cosecha, la de 2024, lograron elaborar unas 3.500 botellas. Apenas suponen dos o tres hectáreas de las 19 que cultivan, por lo que la mayoría de la producción que recogen va a parar a otras bodegas (trabajan con cinco bodegas de Rioja Alta y Rioja Alavesa) que saben apreciar también el patrimonio de la zona. «Buscamos crecer, pero con pies de plomo siempre, comprendiendo bien el mercado, avanzando poco a poco y evitando pillarnos las manos». Por el momento, esta añada 2025 traerá consigo dos nuevas elaboraciones para estos hermanos: uno más enfocado a una entrada de gama en el que se juegue con diferentes parcelas y que refleja la tipicidad de este pueblo, y el otro, un parcelario monovarietal de garnacha tinta. Además, prevén alcanzar las 10.000 botellas este año. En este sentido, pese a que la edad de sus viñas va desde los 30 a los 12o años, también quieren aportar su granito de arena con una nueva viña de garnacha plantada hace apenas cinco años.

El estilo de las vinificaciones apuesta por crianzas que rondan los dos años, en función de los vinos. «Suelen pasar un año en madera y otro en botella, usando barricas de 500 litros y fudres de 1.500 de capacidad. Es decir, lo que se está vendimiando ahora es probable que no se pruebe hasta 2027 o 2028. Lo que buscamos es que la madera no sea la predominante ni adorne demasiado al vino porque queremos que este se exprese, que sea uno representativo de la zona de donde nace. Queremos vinos con fruta, frescos y con carácter. Cada referencia es diferente, por lo que el estilo también puede variar».
Pero hay un proyecto, de mayor envergadura, que les mantiene inmersos desde hace meses. Ha llegado el momento de dar un paso más en el desarrollo de Área Pequeña de cara a la próxima cosecha con una nueva bodega propia ubicada, cómo no, en su pueblo, justo debajo de la Sierra Cantabria: «Contará con fudres de madera, barricas, depósitos de hormigón y de inoxidable, y tendrá capacidad para elaborar una 50.000 botellas, aunque no tenemos idea de llegar a esos volúmenes nunca. Nuestro techo de producción se fija entre las 20.000 y las 30.000 botellas».
Un proyecto que camina de la mano con el espíritu joven que rebosa en Labastida con diferentes chavales que han dado el paso a la elaboración. «Hay jóvenes que se están quedando en la viña, pero no son tantos los que apuestan por elaborar. Al final es un paso más y es complicado, pero toda apuesta por el sector vitivinícola es positiva. En cuanto a la elaboración, lo que te distingue del resto es la viña. Cada viña tiene su personalidad y luego cada bodega le da la suya propia. También influye el cómo mimes cada paso. Nosotros intentamos pulir cada mínimo detalle y darle a cada proceso el tiempo que se merece. Al hacer producciones eso nos permite estar muy encima. Tenemos muchas ganas de trabajar y de hacer las cosas bien; al final con trabajo todo llega».



