Nació en Logroño y allí dio sus primeros pasos, entre los senderos de La Grajera y la sierra de Cameros. Hoy vive en Navarra y, con solo trece años, Elvia Gómez Troya —’Elvia la Rastreadora’ para miles de seguidores en Instagram— se ha convertido en una voz reconocida de la conservación de la naturaleza. Su historia arrancó debajo de casa en Yagüe donde tenían la naturaleza «a tiro de piedra» y ahora llega a Londres donde, dentro de unos días, recogerá uno de los premios más importantes del mundo para los exploradores.
Su madre, la logroñesa Paloma Troya, profesora de FP especializada en medio natural, aprobó su plaza en Pamplona en 2002. Aun así, la familia siguió viviendo en Logroño hasta 2015 cuando la abuela de Elvia murió. «Ya no nos ataba nada aquí, y con mi plaza fija en Pamplona, seguir era insostenible», admite.
La pasión de Elvia tiene un hilo conductor en casa. Su padre, Fernando Gómez, es rastreador profesional. Forma a equipos que trabajan desde la conservación hasta la seguridad: en noviembre viaja a África para capacitar a guías de Uganda y Tanzania. Cuando pueden, madre e hija se le unen. «Estas experiencias curten a Elvia», dice Paloma. «Aprende a moverse en selva, a escuchar, a vivir con menos». No son vacaciones «normales», pero sí llenos de sentido.
El más reciente los llevó a la Amazonía boliviana. Allí, acompañadas por un cooperante vasco han formado a seis jóvenes de la etnia tacana en técnicas de rastreo aplicadas al ecoturismo: fototrampeo, lectura de huellas, elaboración de moldes de escayola para mostrar a los visitantes. «La idea es que no tengan que abandonar su tierra; que un empleo digno como guías, con un plus de conocimiento, les permita quedarse», explica Paloma. Elvia, claro, no solo miraba: ha enseñado, preguntado, aprendido.
Este verano, además, ha traído noticias que parecen de película. Un mensaje privado en Instagram —la cuenta la gestiona su madre— les aseguraba que Elvia había ganado el Young Scientific Explorer Award de la Scientific Exploration Society, en Reino Unido. «Pensamos que era una broma». Dos días después llegó el correo oficial. Shock, alegría, incredulidad. A los pocos meses, la organización estadounidense Action for Nature anunciaba una mención honorífica para Elvia en los International Young Eco-Hero Awards. En octubre viajará a Londres para recoger el primer galardón, en una gala que algunos llaman ‘los Óscar de la exploración’.
Las redes, donde suma más de 35.000 seguidores, son su altavoz, pero no su fin. «Comparte lo que ve sin artificios», resume su madre. Esa naturalidad engancha, sobre todo a jóvenes que encuentran en ella una referencia cercana y posible. No siempre fue así. En Primaria, sus compañeros se burlaban cuando contaba que había estado en Tanzania o cuando defendía un escarabajo en el patio. Ahora, en el instituto, nota un giro: mezcla de admiración y vacile que ella encaja con una seguridad recién estrenada.
Elvia también escribe. Esta preparando su segundo libro. Terminó su primer libro a los once años, lo publicó a los doce y con esos ingresos pagó sus billetes a Tanzania y Bolivia. Parte del dinero ha servido para dotar de material —cámaras de fototrampeo, camisetas, accesorios— a compañeros de proyectos en Zambia y Bolivia. Ganar y reinvertir: una lección sencilla que, sin moralinas, ha calado en ella.
En casa sueñan con un documental que contagie a otros jóvenes el cosquilleo de la naturaleza y les ofrezca una alternativa a las adicciones de pantalla. Mientras, siguen caminando. Paloma trae en su mochila nueve años de cooperación en Pakistán y la certeza de que con poco, en directo, se logran cosas muy grandes. Fernando continúa rastreando, formando y abriendo caminos. Y Elvia, entre premios, clases de baile urbano y libretas llenas de notas, prepara la maleta: Londres en octubre, quizá Tanzania en Navidad.


