La vida da muchas vueltas, y si no que se lo digan a Manuel Sáez-Benito. Un accidentado encierro en las fiestas de su pueblo, un contrato que se terminaba y la convicción de que ‘si quieres hablar un idioma, vete donde se habla’, han marcado su vida.
Así comenzó en 2002 el viaje de Manuel, un riojano de Igea que tras estudiar Química, Electrónica y Electricidad decidió probar suerte en Irlanda. Lo que iba a ser una estancia de apenas tres meses para mejorar su inglés («tampoco sabía mucho porque por aquella época el idioma que se estudiaba en el colegio era Francés») se transformó en una nueva vida.
Veintitrés años después, casado con una irlandesa y con dos hijos, Manuel dirige Learning Languages Abroad (LLA), una agencia que organiza estancias lingüísticas en medio mundo y que, como él mismo explica, ofrece «el apoyo que me hubiera gustado tener cuando aterricé».

Este riojano recuerda perfectamente aquel 1 de mayo de 2002 en el que llegó a Galway. Dejaba atrás una etapa complicada. Una lesión grave en los encierros de Igea lo había tenido casi un mes ingresado en el hospital y varios meses de baja. «Ya sabía que en la empresa en la que trabajaba no me iban a renovar, así que pensé: ahora o nunca. Quería hablar inglés para enriquecer el currículum y madurar profesionalmente y entendí que la única manera era irme a un país de habla inglesa».
La cosa no pintaba fácil. Su bagaje en inglés era mínimo, es más, «al principio pensaba que sabía algo, pero la realidad es que no entendía nada. De hecho, con mi mujer, que entonces era mi novia, al principio hablábamos en francés, porque ella lo dominaba y yo ahí sí que me defendía».

Con los meses llegaron las primeras mejoras y, poco después, un trabajo cualificado en HP (Hewlett Packard), primero en Dublín y más tarde en Galway. Pasó de no entender nada en el supermercado a dar soporte técnico a miles de empleados. Aquello le dio confianza: si había logrado sobrevivir en un país sin ayuda, podía con todo.
De un favor a un proyecto de vida
La semilla de su actual agencia surgió casi por casualidad. Un amigo le pidió que buscara una escuela para una conocida que quería estudiar inglés en Galway. «Me puse a investigar escuelas, precios, acreditaciones… y disfruté haciéndolo. Después empezaron a llamarme familiares y conocidos. Sin darme cuenta estaba haciendo de intermediario entre estudiantes y academias».
Fue entonces cuando Manuel comprendió que tenía un horario poco conciliador, ganaba dinero, sí, pero se estaba perdiendo la infancia de sus hijos, así que pensó: «No merece la pena. Mis padres me dijeron que estaba loco por dejar una multinacional, pero es la mejor decisión que he tomado».
De ahí nació Inglés en Irlanda, un proyecto que creció hasta desbordar el nombre. «Los estudiantes que venían a Irlanda me pedían después Canadá, Edimburgo, Malta… Tenía que ampliar horizontes. Así nació Learning Languages Abroad, porque ya no era solo inglés ni solo Irlanda». Era inglés, francés, alemán, japonés, italiano, castellano, y era Reino Unido, Malta, Canadá, EE.UU., Australia, Nueva Zelanza, Sudáfrica, España…

«También organizamos cursos de español en España para extranjeros y los ‘llevo’ a Logroño», cuenta con orgullo. Es más, ahora está ‘trabajando’ con un matrimonio jubilado de Canadá que buscaban aprender castellano pero saliéndose de los lugares típicos. «Y ahí están, en una academia en Gran Vía y más felices que nadie. Están encantados con la cercanía de la gente de Logroño».
Y es que el perfil de las personas que se ponen en contacto con Learning Languages Abroad es muy variado, desde adultos que quieren mejorar el idioma para evolucionar en su trabajo o encontrar mejores oportunidades (Manuel se encarga de buscar academia y alojamiento) hasta familias que aprovechan el verano para que sus hijos mejoren el idioma o incluso cursen allí un semestre o todo el año en un High School.
La filosofía de Manuel es sencilla: asesoramiento cercano y experiencia real. «Conmigo pagas lo mismo que si reservas directamente con la escuela, pero tienes un acompañamiento antes y durante la estancia. Yo me pongo siempre en el lugar de las familias. Me gusta tratar a la gente como me hubiera gustado que hicieran conmigo cuando llegué».
Su discurso se aleja de los eslóganes y va directo a la realidad. «Mucha gente piensa que por mandar a su hijo a Estados Unidos va a aprender más, pero no por ir más lejos se aprende más. Irlanda es más cercana, más manejable y permite visitas en vacaciones. Un adolescente no necesita postureo; necesita seguridad y sentirse arropado».

Tampoco endulza el dilema del trabajo y el estudio. «El trabajo da dinero, pero no inglés. Si vienes con un nivel muy alto, puedes mejorar trabajando. Pero si vienes con un inglés básico, en la cocina de un restaurante lo único que aprendes es a hablar español con otros compañeros».
El día a día de la agencia está lleno de ejemplos que ilustran lo que defiende. Una pareja canadiense jubilada estudia ahora español en Logroño porque buscaba un destino distinto a los masificados de la costa. Un joven italiano combinó cuatro semanas en Toronto con una en Nueva York para preparar un examen de Cambridge. Un estudiante saudí frustrado con clases en grupo encontró la motivación con un programa de ‘home tuition’: vivir en la propia casa del profesor y recibir clases individuales.
También ha visto transformaciones radicales. «Recuerdo a una chica de Pamplona que vino casi sin inglés. Hizo un curso intensivo de nueve meses, se presentó al examen de Cambridge y se marchó con un C1 certificado. Esa inversión económica le transformó la vida. En cambio, otros vienen solo a trabajar, se pasan un año recogiendo vasos en un pub y vuelven igual que llegaron. Todo depende de si ves el inglés como un gasto o como una inversión».


