El Rioja

Las raíces que custodian un tesoro enológico de altura

La cuarta generación de Bodegas Luis Sáenz ha puesto en valor todo lo que los antepasados forjaron en las viñas

Luis Sáenz junto a su madre, Mari Cruz Comunión, en el viñedo viejo de la familia, en El Cortijo. | Fotos: Leire Díez

Las huertas que abundan a ambos lados de la LR-441 dan buena cuenta que esta zona de la margen derecha del río Ebro es hortícola por excelencia. Los invernaderos más profesionales y las huertas más de recreo para alimentar a los de casa (y a más de un vecino también) se intercalan en territorio de El Cortijo conforme avanza el asfalto, mientras que van desapareciendo conforme la pendiente aumenta en dirección a esta localidad constituida como un barrio de Logroño. Desde aquí, en lo alto de una loma, las huertas ya se ven con otra perspectiva y ahora lo que abunda son las cepas.

La vendimia acaba de empezar en este enclave con las primeras blancas que abrirán paso después a las tintas. «Esta viura ya tiene 12,4 grados, con buena acidez y mucha fruta y sabor en lo que respecta a la madurez organoléptica. Queremos vendimiarla ya para que tampoco se cargue mucho a nivel alcohólico y nos de unos vinos más pesados. Primamos que haya estructura, pero también fruta», remarca Luis Sáenz mientras sostiene un racimo lustroso que cuelga de una cepa que rondará los 80 años y plantada a cerca de 600 metros de altitud. Él es uno de los autóctonos de esta tierra arcillocalcárea protagonista de las viñas de El Cortijo. Aquí su bisabuelo ya forjó las raíces de lo que es hoy Bodegas Luis Sáenz, pero ha sido con esta cuarta generación (en la que también participan sus hermanas Noelia y Ana) cuando la familia ha puesto en valor todo lo que los antepasados forjaron en las viñas.

Si las vistas desde lo alto de El Cortijo son dignas de disfrutar, tomándose unos minutos para ver las fronteras geográficas que marcan, a un lado, el Ebro y la Sierra de Cantabria que enlaza con la de Codés, y al otro lado, las sierras de Cameros, el Moncalvillo y el San Lorenzo, entre otros escenarios, qué decir de las viñas a esta altura. La Torre Fuerte ubicada sobre un cerro llamado El Castillo bien podría hacer el papel de vigilante y protectora de esas viñas viejas plantadas al vaso si no fuera porque se construyó a mediados del siglo XIX para usarla durante la guerra carlista. Ahora una gran antena de radio reposa a su lado desde las alturas y la estampa de esta fortificación, caída ya en el abandono, no es la misma. Lo que sí se mantienen son las grandes piedras de sillería con las que se construyó en aquella época, las mismas que abundan bajo el suelo donde se levantan estas cepas.

Así lo atestigua Mari Cruz Comunión, la matriarca de esta familia que mimó tanto esas viñas para que ahora su potencial llene copas en todo el mundo. «Cuando se ha desfondado la tierra para plantar viña hemos sacado piedras tremendas de sillería que reflejan el tipo de suelo que predomina aquí. Además, en el subsuelo hay una especia de aljibes donde se acumula el agua de la lluvia que luego le sirve a la planta para abastecerse de ella según la van necesitando. Y no hay más que ver el verde intenso de las hojas en estas viñas pese a los calores que ha hecho en agosto. Aquí no hay riego, pero es precisamente ese factor unido a la altitud y la buena aireación lo que permite obtener las uvas que sacamos. Es increíble la sanidad que hay aquí y es que para entender la cultura del vino hay que fijarse en la tierra, en las raíces», remarca.

La sabiduría y amor al campo se reflejan en esos tonos verdes y azulados que juegan en sus iris. Mari Cruz tomó el relevo del negocio familiar cuando su marido, Luis Sáenz, enfermó. Y junto a ella, lo hicieron también sus tres hijos. Reconoce que la experiencia que tiene le viene de lo que ha visto hacer a su marido en el campo cuando iba a ayudarle a vendimiar y a lo que se terciase. «Él era muy agricultor, le encantaba estar en la viña. Será por eso que yo me siento más identificada con el campo que con las cosas más técnicas de la elaboración de vinos. Para mí la enseñanza clave ha sido aquí, en la viña. Y también es cierto que gracias a ella luego he podido entender mejor el vino que hacen mis hijos, el vino que bebemos. Y sobre todo apreciarlo mejor».

«Lo que hay aquí es oro, es un tesoro enológico. Aquí no conocemos problemas de botrytis y los tratamientos son mínimos. Es más, en ninguno de nuestros viñedos se usan herbicidas. Aquí el viñedo es un valor seguro, pero solo si eres un enamorado de estas viñas porque sabes que de sus uvas podrás elaborar un vino especial. Para mantener la diferenciación de la bodega tenemos que basarnos en estas viñas viejas», sentencia su hijo.

Aquí los rendimientos medios un año normal rondan los 3.500 kilos por hectárea, aunque esta zona del Castillo estas cepas viejas no llegan a los 2.000 kilos. Y eso es precisamente lo que buscan  en los nuevos viñedos que han ido incorporándose a la bodega. Lo que empezó con unas doce hectáreas hace 25 años ha ido creciendo de manera exponencial con la adquisición de nuevos viñedos en propiedad, nuevas plantaciones y nuevas compras de uva hasta llegar a controlar 35 hectáreas. «Y siempre en el Monte, en altura, para garantizar que la uva se cría con buena sanidad y calidad».

De todo ello ha sido artífice Luis Sáenz quien cogió las riendas de la bodega a principios del presente siglo para dejar de vender graneles y partidas de uva y pasar a la siguiente fase: el embotellado. «Empezamos sin ningún gran cliente, con todo por hacer y todos los mercados por abrir, pero teníamos lo más importante. Las viñas son nuestro factor diferencial y por eso no descartamos seguir creciendo en superficie porque, aunque la juridicción de El Cortijo es pequeña, todavía hay posibilidades para hacerse con viña vieja. Comprar viña en esta zona de El Cortijo es un valor seguro». Como lo define su madre, un «agricultor de vocación, que es la base más importante».

La recompensa a esa vocación escenificada en un continuo esfuerzo ha llegado con el tinto Ana Sáenz y sus 95 puntos otorgados por Decanter. Salió al mercado las pasadas navidades después de cuatro años trabajando en el proyecto. «Nace de estas cepas viejas de tempranillo y graciano que dan mucho color e intensidad, por lo que se fermentan en barricas nuevas de 225 litros para dotarle de estructura y complejidad. después de madurarlo mucho fue en 2022 cuando dimos el salto a elaborarlo, pero haciendo algo de muy poca producción (unos 7.000 litros)», define el enólogo.

Un vino, además, que es fiel homenaje a las mujeres de la bodega, pero también a las del campo, a las que estuvieron y a las que están. «Un homenaje a ellas, que también han hecho posible que este proyecto salga adelante». Y hay más, porque Ana Sáenz llegará próximamente con su versión blanca. La primera vendimia de este futuro vino se ha realizado esta misma semana con esas viuras viejas y apunta a tener el mismo éxito que su homólogo.

Aunque la madera es una máxima que acompaña a la bodega, la riqueza de elaboraciones permite diseñar joyas para todos los paladares, desde la línea Finca Valdeguinea con estilos más frescos, jóvenes e intensos, a la gama Luis Sáenz, con la barrica como protagonista indiscutible, desde el blanco hasta el tinto. «En este caso buscamos la complejidad, pero sin pasarnos en los tiempos de crianza para que la fruta siga presente a la vez que se integra bien con la madera. Al final son viñas de poco rendimiento, por lo que las uvas que dan son más concentradas y eso obliga a dosificar, haciendo un tanino más agradable y algo más redondo», describe el bodeguero.

Una gama, la de Luis Sáenz, que también rinde homenaje a su padre y que surgió por la creciente demanda del mercado estadounidense: «Nos pedían un vino joven pero con madera, así que en este caso la segunda fermentación se hace en barrica y luego también pasa por madera para la crianza». Y es que Estados Unidos acapara el 60 por ciento del volumen total de comercialización de la bodega (elabora unos 280.000 de kilos de uva y vende unas 250.000 botellas), seguido de China, por lo que el asunto arancelario le ha tenido en vilo todos estos meses. «Al menos se quedaron en un 15 por ciento en lugar del 30 que se barajaba en un principio, pero aún así el consumidor final va a verlo repercutido en el precio y puede que con un aumento que ronde los tres dólares por botella. Nosotros hemos llegado a acuerdos con la importadora para ajustarnos algo, pero al final los precios ya están marcados de origen y se puede ajustar hasta cierto punto», reconce.

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