Esta historia empezó justo hace 30 años en Baños de Río Tobía. Dos niños saharauis llegaron a pasar el verano gracias al programa Vacaciones en Paz. Aterrizaron en La Rioja desde los campamentos de refugiados de Tinduf, en Argelia, para escapar del calor extremo y recibir revisiones médicas. Aquellos niños, acogidos por los tíos de Idoia Eguileor, no solo regresaron en veranos posteriores, sino que acabaron quedándose en España para estudiar y labrarse un futuro.
Idoia tenía entonces apenas cinco años, pero esa experiencia marcó su vida. Creció viendo cómo en su familia se hablaba con naturalidad de la causa saharaui, cómo se compartía casa, mesa y cariño con niños que llegaban de tan lejos. “Siempre dije que cuando fuera mayor, acogería a un niño o una niña”, recuerda. El año que había elegido para cumplir su promesa era 2020, pero la pandemia obligó a cancelar el programa. No fue hasta el verano de 2021 cuando Mamia, una niña de sonrisa amplia y mirada curiosa, llegó por primera vez a su casa.
Desde entonces, Mamia —que ahora tiene 11 años— ha vuelto cada verano. Este 2025 lo ha hecho por cuarta vez y, además, acompañada de su hermana pequeña, Jiyda, de ocho años. “Es una experiencia maravillosa”, dice Idoia, “porque te aportan ellos a ti mucho más de lo que tú les puedes dar”. Las niñas llegan desde un lugar donde el calor supera los 50 grados, la luz eléctrica es un lujo reciente y el agua corriente no siempre está garantizada. Aquí encuentran un respiro: piscinas, parques, naturaleza, bicicletas, escaleras… y, sobre todo, cariño.
El objetivo del programa Vacaciones en Paz es doble: alejar a los niños de las condiciones extremas del desierto y garantizarles revisiones médicas. “Aquí lo primero que se hace es una revisión pediátrica general y, después, visitas al dentista y al oculista. Muchos profesionales riojanos colaboran de manera altruista”, explica Idoia, agradeciendo la labor de clínicas y especialistas que cada verano velan por la salud de estos pequeños embajadores. Porque, además de su salud, su presencia sirve para dar a conocer la historia de un pueblo que lleva décadas luchando por sus derechos. “Son embajadores de la paz”, resume.
La estancia dura dos meses, aunque este año hubo retrasos por problemas burocráticos con los pasaportes colectivos y llegaron 15 días más tarde. Aun así, las niñas han vivido intensamente cada momento. Mamia ya se mueve como en casa, saluda a todo el mundo, pregunta por conocidos y recuerda nombres y detalles con asombrosa memoria. Jiyda, en cambio, descubre todo por primera vez: la piscina la fascina, igual que los parques y los animales. “Cada día es una aventura. Todo les llama la atención y lo valoran como un tesoro”.
Toda la familia de Idoia se implica: sus padres, su hermana y su cuñado se organizan para acompañar a las niñas a excursiones, fiestas o actividades. “Yo tengo la suerte de tener vacaciones en verano, pero aunque no fuera así, la clave es tratarlos como a uno más de la familia”, explica. Pueden ir a ludotecas, campamentos urbanos o actividades con otros niños. Y la asociación organiza encuentros para que se reúnan con otros pequeños saharauis acogidos en la región. Este año, por ejemplo, habrá una fiesta de despedida el 23 de agosto en Nájera, con piscina, comida y juegos.
Idoia lamenta que cada vez vengan menos niños. El primer año de Mamia llegaron unos 40; este año, apenas la mitad. “Faltan familias de acogida”, reconoce. Cree que muchas personas no se animan por desconocimiento y que compartir experiencias podría cambiarlo. “Si la gente supiera lo que se vive con ellos, se lanzarían sin dudarlo”. Porque, para ella, Vacaciones en Paz no es solo un programa solidario, sino una lección de vida que transforma a quien participa.
La despedida, cada año, es dura. “Siempre queda la esperanza de que el próximo verano vuelvan, pero los abrazos ese día son distintos”, admite. Aun así, Idoia no duda en seguir. Cada vez que ve a Mamia y Jiyda reír, aprender o sorprenderse con algo nuevo, siente que está cumpliendo una promesa que nació cuando era una niña de cinco años mirando cómo su familia abría la puerta a dos pequeños del desierto. “Es una de las mejores cosas que he hecho en mi vida”, dice. Y, sin saberlo, ella misma se ha convertido en una embajadora de la paz.


