Cuando circulo con mi bicicleta por nuestra ciudad, Logroño, tengo la desgracia de encontrarme con todo tipo de personas invadiendo los carriles-bici: niños, jóvenes, adultos, ancianos, grupos, personas con carritos de bebé, con carritos de la compra, con andadores, con perros (y sus interminables correas extensibles), etc.
Tocar el timbre, en muchas ocasiones, no sirve para nada, porque el invasor lleva cascos o tiene problemas de audición. Y por supuesto están los que, lejos de disculparse, no solo se hacen los ofendidos sino que además, se te encaran. Ir en bici por Logroño es un ejercicio diario de autocontrol y de paciencia y, aunque uno no quiera discutir, a veces es inevitable.
Esto ocurre el 99 por ciento de las veces en las que salgo (lamentablemente, no es una exageración) y no es un problema de edades, es un problema de incivismo generalizado, y es extensible a cualquier otra situación cotidiana. En lugar de avanzar como sociedad, retrocedemos día a día. Aquí no se libra nadie.
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