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El viento escribe las rutas en globo

Foto: Raquel Manzanares (EFE)

Como Willy Fog, dar la vuelta al mundo en globo es el sueño de muchos, aunque con una vuelta se conformaría la mayoría.Sobrevolando ciudades, pueblos y viñedos, este jueves se ha convertido en algo tachado de la lista de deseos. Ha tenido lugar en Haro la Regata Internacional de Globos Aerostáticos, donde alrededor de catorce globos han competido por llevarse el primer premio de la competición y en ellos se han metido algunos aventureros.

Una experiencia que el primer sitio al que te lleva es a Capadocia (Turquía), pero que se vive con la misma magia en la ciudad riojana. Desde el primer momento la vivencia impacta, ver cómo llegan las cestas, las barquillas, y las telas, llamadas velas, que forman el globo a cada punto en el que se encuentran sus respectivos pilotos.

Todo empieza cuando se vuelcan las cestas para poder atar los mosquetones de la tela y, seguidamente, con dos grandes ventiladores, se llena la vela y esta empieza a hincharse. Para ello, los pilotos y la gente que allí se encuentre, la abren para permitir una mejor entrada del aire.

Una vez abierta, encienden los quemadores, sin parar los ventiladores, para que se vaya llenando de aire caliente y así pueda ascender. Para los novatos, la sensación es de que el globo va a salir ardiendo, y el piloto con él. Cuando el aire caliente llena la tela, el globo se eleva, volviendo a dejar la cesta en pie y permitiendo el paso a los viajeros.

Es ahí donde el piloto, Valentín Carbajo, que forma parte de la competición internacional ‘Haro Capital del Rioja’ y que cuenta con 13 años de experiencia, indica que “es un día maravilloso para pilotar un globo”. Lo cual tranquiliza mucho a aquellos que embarcarán tras de él.

«Esto es un camión, a mí me gustan más, los de competición prefieren llevar los Ferraris, de esta forma se disfruta más del espectáculo», bromea el piloto haciendo referencia a la cesta grande en la que lleva a 16 pasajeros. Al ver que el globo no despega, la curiosidad invade a los viajeros, y llegan las explicaciones: «Nosotros somos los galgos y estamos esperando a que salga la liebre. Ese globo va a hacer una ruta y debemos seguirle, luego marcará la diana y es ahí donde tenemos que acertar con los testigos».

Foto: Raquel Manzanares (EFE)

Las instrucciones de aterrizaje llegan antes de despegar: «Flexionamos un poquito las rodillas, el globo da un pequeño salto y ya estamos en tierra. Nadie se baja hasta que lo diga yo, el peso de una persona influye mucho y podría despegar».

«Si hay viento en tierra, el aterrizaje será diferente. Nos colocaremos mirando todos a las cintas verdes, nos agarraremos ahí, nos agacharemos sin sentarnos y yo avisaré cuando vayamos a tocar tierra. En ese momento dará un salto, incluso podría volcarse la barquilla, pero es normal, que nadie se asuste», explica. Mientras tanto, todo el mundo está pensando que van a vivir un ‘momento Titanic’ pero en globo.

A la vez que da explicaciones, sigue encendiendo los quemadores para que el globo se vaya llenando de aire caliente, que es lo que hará que se pueda despegar. Cuando acaba, el globo empieza a moverse y todos los presentes sincronizan el pensamiento, ¡allá vamos!

Soy Willy Fog

El despegue es sin duda alguna una sensación impresionante, ver cómo el suelo se va alejando de tus pies y la forma en que te vas alejando del borde del globo rezando porque la barquilla se esté quietecita. Pero, a medida que subes, todos esos pensamientos abandonan tu cabeza, te centras en el maravilloso paisaje que te rodea.

Haro a un lado y lo que parece un campo infinito al otro, o por lo menos hasta que aparece Casalarreina en tu campo de visión. Ver la ciudad desde arriba y todo lo que la rodea solo se puede describir con una palabra y es «asombro».

Foto: Raquel Manzanares (EFE)

El cielo nublado acompañaba a la mañana, mientras ciertos rayos de sol se hacían hueco entre las nubes para iluminar el paisaje. Se ve cómo el cielo gris va cogiendo color a medida que iban subiendo los globos, con sus velas llenas de color. Un contraste digno de verse.

A lo lejos se apreciaban el Toloño y San Felices, regalando un toque montañoso a unas vistas tan planas. La sierra estaba llena de nubes, lo único que se quería en ese momento era atravesarlas para ver el sol. «Si estamos en competición, nos tienen prohibido meternos en la nube; si no, es algo precioso. Se deja de ver el suelo y puedes ver el sol», explica Valentín.

Foto: Raquel Manzanares (EFE)

Angélica, pasajera a bordo, indica que esta es su primera experiencia. Elena, que se encuentra a su lado, no era principiante. “Es muy tranquilo, pensaba que me iba a dar más impresión”, confiesa la novata, mientras la veterana se mantiene tranquila a su lado.

Pero para veteranos, Diego se lleva la palma. Un paracaidista con una amplia experiencia saltando desde globos, teniendo en cuenta que de 6 veces que se ha montado en uno, esta era la segunda vez que aterriza montado en uno. «Yo debería estar viendo esto desde mi avioneta, el que tendría que haber venido es mi padre, pero es una experiencia muy bonita ver los globos volando sobre uno de ellos».

El aterrizaje, a pesar de los miedos, ha ido como la seda. Se ha complicado por un obstáculo en el momento, nadie ha tenido que ponerse cuerpo a tierra. Tras un par de saltos de la barquilla al tocar suelo, ha aterrizado sin incidentes, pero con un amago de volquete. Sin duda, el ascenso ha ido despacio y el aterrizaje ha sido suave, pero la experiencia es de alto impacto.

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