Tinta y tinto

Cerrado por (sobrevaloradas) vacaciones

El otro día andaba yo medio tirado en el sofá, como corresponde a estos días de frescor y viento en los que ir a tomar el sol a la piscina es imposible por dos razones. La primera, el tiempo. La segunda, que los amigos con piscina se han ido de vacaciones sin dejarnos las llaves los muy egoístas. Una falta de empatía estival que roza lo penal. Si a eso le sumamos que no tengo huerta donde agachar el lomo por las tardes y que la agenda informativa está más parada que el brazo de Santiago Abascal al ver una foto de Hitler, pues ya me dirán.

En vez de coger una novela -me han recomendado Victoria, de Paloma Sánchez-Garnica, para este verano- y sumergirme en la lectura como Dios manda, me dio por hacer lo que hacemos todos cuando no hay plan y el sofá ya coge forma de nuestro propio cuerpo como el de Homer Simpson: cacharrear con el móvil. Y caí, claro, en el tobogán interminable del algoritmo. En mi caso, el menú habitual: bicis de carbono imposibles, gente dándose hostias en vídeos virales, chistes malos que no deberían hacerme gracia y reflexiones con fondo de Cultura Inquieta que olvidaremos tan rápido como esta columna, pero que te dejan pensando —brevemente— en darle un giro de 180 grados a tu vida. Hasta el siguiente reel.

Una de esas frases, con voz sudamericana de radio al terminar la final del Mundial, decía que «hay que viajar porque fumar mata, beber embriaga y amar duele». Y pensé: qué maravilla de slogan para una camiseta de mercadillo. Tan cierto y tan tramposo. Varios reels después apareció un tal Pedro Capó cantando en un escenario que parecía el Sierra Sonora: «Bebí, fumé, me enamoré, metí la pata, metí el pie. Me di dos palos, medité, me di el abrazo y el café. Me dio un dolor de no sé qué, busqué la causa en internet. Dice que voy a morirme de algo y que no es de la risa. Cuando me vaya, que no me lloren. Compren vino, no quiero flores. Con to lo caminao, a mí no me han contao. Yo me merezco la siesta».

Y ahí, justo ahí, supe que este verano necesitaba vacaciones. Como Pedro Sánchez. Como Conrado Escobar. Como tú, que estás leyendo esto mientras sueñas con Villavelayo, con Peñíscola o con una terraza con sombra y tinto de verano (soñar a lo grande para otro día, que también cansa y lleva a decepciones). Todos tenemos derecho a parar. A desconectar. A poner el cartel de cerrado por vacaciones y dejar que el mundo se organice solo durante un par de semanas. Porque no hacer nada también es hacer algo. El descanso es resistencia. El silencio, revolución. Dormir, curarse. Pasear sin rumbo, una forma de encontrarse.

Aunque hay quien dice —hola, Alberto— que las vacaciones están sobrevaloradas. Y quizá tenga razón. Quizá lo estén… pero por defecto. Ojalá vivir eternamente de vacaciones. Ojalá un agosto eterno con derecho a siesta, paella y conversación sin urgencia. Lo contrario ya lo conocemos: productividad sin alma y semanas que pasan como trenes sin parada. Y no hay Excel que lo entienda. A la vuelta ya discutiremos por los fondos europeos, por la reforma de San Antón o por el cantante de las fiestas. Todo eso nos espera, siempre nos espera.

Así que ya saben: viajen. O no. Pero disfruten. Descansen. Desconecten. Brinquen. Bostecen. Cenen tarde. Apaguen el despertador. Pidan postre. Abracen largo. Despiértense sin prisa. Canten sin letra. Bañen su alma. Rían sin motivo. Tarden en contestar. Lloren si hace falta. Bailen cuando no suene música. Brinden aunque no haya brindis. Vivan. Amen despacio y besen aún más. Y si pueden, descorchen algo: una botella de vino, una conversación pendiente, un libro olvidado, un cuaderno en blanco o una carta por escribir, una duda, una canción antigua, un reencuentro inesperado, una siesta bajo el chopo, un viaje que parecía imposible o una emoción que llevaba tiempo guardada. Que lo demás… puede esperar.

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