Las fiestas de los pueblos pequeños no deberían medirse por el presupuesto, ni por la orquesta, ni por los fuegos artificiales (si los hay, que tampoco hace falta por si quemamos el monte). Las fiestas de los pueblos pequeños se miden por el número de personas que se juntan en la plaza. Y no cualquier plaza: esa plaza. La de siempre. La del banco que lleva torcido desde 1993, la de las pipas, los saludos, los reencuentros y los bailes improvisados al son de lo que toque. Si es oficialmente verano cuando se reactiva el grupo de WhatsApp del equipo de fútbol, es oficialmente fiesta cuando cuesta encontrar un hueco para dejar el coche.
Da gusto ver la plaza el segundo fin de semana de agosto. La familia, los amigos de toda la vida y esas personas que han llegado más tarde, pero que se convirtieron desde que pisaron este pueblo en uno más. Da igual si vinieron por amor, por amistad o por pura curiosidad: una vez cruzas el puente y te tomas el primer vermú en el bar, ya formas parte del pueblo. Para siempre.
Durante el invierno, en nuestros pueblos hay poco más de veinte o treinta valientes. Pero cuando llega agosto, el milagro ocurre. La población se multiplica por veinte, por treinta, por lo que haga falta. Como si cada casa supiera que es su momento. Se abren puertas, se sacuden las sillas plegables, se desempolvan las bombillas de colores y se estiran los abrazos. La alegría se contagia, las agendas se suspenden y el reloj deja de importar. Porque han llegado las fiestas. Y entonces, todo tiene sentido.
El aroma festivo comienza a percibirse unos días antes. Los más jóvenes, esos que todavía disfrutan de las vacaciones escolares porque andan en el instituto o en la universidad, aparecen por las calles con una escalera de electricista para colgar las banderas de plástico que el sol irá deteriorando con el paso de las semanas. Muchas banderas de La Rioja, otras tantas de España y, si el alcalde ha andado despistado, incluso alguna de la UE o de países varios. Es la colilla en el suelo que delata que «aquí han fumado». En este caso, es el rastro inequívoco de que aquí han sido fiestas. Aunque no haya cartel. Aunque no haya pregón. Aunque no quede ni rastro de zurracapote.
Ah, el zurracapote. El otro gran anuncio de que la cosa va en serio. Su preparación es casi un ritual litúrgico. Todos tienen una receta infalible. La mejor del mundo. Quien ose contradecirla se expone a un duelo al sol que solo puede acabar con un cadáver en el suelo cuya muerte certificará el sheriff del condado. Sin embargo, la cuadrilla encargada de prepararlo —la chavalada que repite cada verano como si fueran concejales en prácticas— se la suele pasar por el forro. Echan mano de lo primero que pillan, más o menos siguiendo las directrices que les dio algún tío, primo o cuñado años atrás, y que Dios reparta suerte. Eso sí, nunca falta el clásico ‘calentado’ que añade unas gotitas de misterio en forma de ron, whisky o ginebra, como si ningún abuelo sufriera de gota, de diabetes o tomara diecisiete pastillas al día. Pero en esas fechas, por el motivo que sea, todo se pasa. Incluso los problemas médicos.
Las fiestas, en los pueblos pequeños, constan de dos o tres días. No más. El tiempo justo. Suficiente para condensar la intensidad del verano en un fin de semana largo, con preferencia por el festivo de agosto, para no andar haciendo malabares con las vacaciones. Todo se concentra en el sábado, que es el día grande por decreto no escrito: misa, procesión, vermú y comida en familia. Nada ni nadie lo mueve. Ni las resacas de los más jóvenes, ni los tiros largos de los adultos (qué difícil es mantener la dignidad con pantalón largo y camisa a más de 30 grados… pero aún más difícil es mantenerla haciendo equilibrios entre la elegancia, la comodidad y la frescura de la ropa corta), ni los achaques de la tercera edad.
Una vez cumplido el rito institucional, la música en la plaza desata el frenesí desde primera hora de la tarde con las coplas, los pasodobles y las rancheras. Mientras tanto, los niños tiran bombetas, petardos, se pintan la cara o van corriendo de aquí para allá como si no hubiera mañana. Y en cierto modo, no lo hay. Porque el tiempo se disuelve en cada canción. Es el momento del baile agarrado, de la primera cerveza «para regular el pH» y de las jotas en un pequeño rincón del bar, cuando se calientan las gargantas, los ánimos y los corazones a razón del vino.
Antes de la cena ya se dan los primeros dramas con la tensión festiva de un 31 de diciembre por la tarde. Pero nada comparable a lo que vendrá después. Cuando cae la noche, cuando la luna ilumina las almas y un reguero de gente —que nadie sabe de dónde ha salido, pero que todos asumen como parte del ecosistema festivo— aparece desde el otro lado de la montaña para saciar su sed y sus ganas de vivir el verano a partes iguales. Entonces sí. Ya no hay relojes. Ni normas. Solo música, charlas interminables, reencuentros, pasos torpes, confesiones inesperadas, besos furtivos, canciones coreadas (mención especial a Fiesta Pagana, Vicio, El Vals de Obrero y Dolores se llamaba Lola), calor humano. Porque son fiestas. Porque no hay otra explicación. Porque carpe diem y mañana ya veremos.


