El mundo se divide entre quienes tienen perro y quienes no. Los que pertenecemos al primer grupo tenemos el carrete del móvil repleto de fotos de nuestras mascotas. Cuando digo repleto, es que calculo que tendré unas diez mil fotos suyas. Tirando por lo bajo.
Su nombre real es Juan Carlos Centellas, pero el artístico es Carlos Senna. Este fotógrafo sabe lo importante que es tener un bonito recuerdo de ellos: «De mi propia perrita tenía muy pocas fotos y son recuerdos que, cuando pierdes a un animal, con el tiempo te das cuenta de que a penas tienes casi nada. Entonces me di cuenta de que es un recuerdo que está muy bien tener».
Y, estas fotografías son también una forma de «dignificar a un animal que te acompaña durante toda su vida y te da cosas que realmente no te da ningún ser humano». Carlos es de la opinión de que «aunque cuidamos a los animales, no les damos el valor suficiente que merecen. Entonces creo que necesitan un rincón, por lo menos en el hogar o en el recuerdo, digno».

Solo le hicieron falta un par de paseos por las calles logroñesas a modo de estudio de mercado para darse cuenta de que fotografiar animales era un negocio con futuro: «Cada vez hay más y es un nicho a explotar». En su profesión, como en tantas otras, es muy importante el contacto con los compañeros para «compartir ideas, técnicas o trucos», que, al fin y al cabo, «te hacen mejorar».
Se enorgullece de que en sus fotografías no utiliza filtros ni las modifica demasiado: «Sí juego con la iluminación o los enfoques, pero no cambio ni una pizca el color de cada perro. Cada perro es como es y quiero mostrar el color y las tonalidades de cada uno y eso lo respeto al máximo».
«Hay gente que no tiene perro y sí entiende el vínculo que se crea. Hay quienes creen que exageramos y luego hay gente que de verdad se pasa y los humaniza. Un perro, aunque sea un miembro más de la familia, no es un niño», explica Carlos.
El vínculo que se crea entre humanos y perros es diferente, «trasciende, va más allá de la relación humana». Según cuenta Carlos: «Tú cuando una persona se va o muere, al final lo asumes, el duelo es diferente. Cuando un perro se va, es alguien que ha estado en los momentos felices, en los difíciles… es otro tipo de vínculo y duele en otros sitios que no duele cuando se va una persona y creo que por eso se merecen ese espacio, una imagen que sea bonita y que sea digna».

Aunque la mayoría de sus modelos sean perros, también retrata gatos y caballos. En su trabajo es igual de importante fotografiar al animal, como garantizar que esté a gusto durante la sesión: «Si queremos una foto bonita, tienen que estar tranquilos. Al final tienes que tener un mínimo de comunicación con el animal, de idea y de conocimiento de cómo se comporta, saber cuándo está estresado». Al principio, a Carlos le daban miedo los caballos: «Al final, es un miedo que tienes que vencer, aunque
«La parte más bonita de mi trabajo es cuando me agradecen el trabajo. Cuando dejan la foto de lado y se quedan con lo sentimental. O entrar a WhatsApp y ver que los clientes tienen tu foto puesta. Eso no es que te alimente el ego, pero quiere decir que tu trabajo lo has hecho bien y lo haces de corazón», señala.
En el escaparate, hay una foto de dos niños abrazando a una perrita. Es la primera que tuvo Carlos y que fue la que le motivó a dedicarse a este tipo de fotografía, está presente en su estudio. Supongo que es porque, de una forma u otra, nunca se ha ido de su lado.


