Marta tiene hoy una vida perfecta: un trabajo donde se siente valorada, una familia que ella misma ha creado y que la acompaña, y una calma que parecía imposible hace años. Sin embargo, lo que pocos saben es que, en su adolescencia, vivió un infierno silencioso. Durante meses le rondó la idea de quitarse la vida en varias ocasiones. Un día lo intentó. Lo hizo sin grandes señales, sin una enfermedad mental diagnosticada, sin un hecho catastrófico que lo explicara. «Hay momentos en la vida que te superan», dice. «Sólo ves esa solución».
Su historia no es única, pero sigue siendo invisible para muchos. Marta fue una de esas adolescentes que se sintió sola en medio del ruido. Nadie parecía entenderla. Sus problemas eran minimizados o directamente ignorados. «En ese momento no eres capaz de verlo con perspectiva. Crees que va durar para siempre, y no es así. Parece un túnel sin salida pero la tiene». A veces hace falta pedir ayuda («es la mejor solución»); otras, como en su caso, simplemente pasa.
Ese túnel del que habla es uno de los conceptos más comunes al explicar la ideación suicida: una visión nublada, cerrada, en la que solo hay dolor. Para quienes nunca han pasado por ello, puede resultar incomprensible. Pero para Marta era su día a día. «Sentía que nadie me escuchaba. Que no importaba. Que no había nada después del sufrimiento». No tiene rencor hacia la Marta de hace veinte años pero sí la serena gravedad de quien ha sobrevivido a sí misma.
Aunque ella no fue capaz de hablar en voz alta -porque no sabía cómo, o no encontraba a quién- hoy insiste en que contarlo lo cambia todo. Ponerle palabras al dolor no lo borra, pero sí lo suaviza. «Si alguien puede hablar, aunque sea entre lágrimas, ya está dando un paso importante». Visibilizar estas vivencias no solo ayuda a quien lo está pasando mal, sino que puede salvar vidas en el entorno: familias, amistades, docentes…
Para ella el camino hacia la estabilidad fue lento y lo hizo casi en solitario. «No hubo una solución mágica, sólo pequeños pasos». En su caso, no fue un ingreso hospitalario ni un diagnóstico clínico lo que la salvó, sino una mezcla de comprensión, tiempo y presencia. «Mi salvación fue conocer a alguien que estuviese ahí». Reconoce que ahora hay más visibilidad. «Había que sacar este tema a la luz, era imprescindible hacerlo».
No sabe explicar las causas que le llevaron a esa situación. «Todo se me hacía un mundo: que mis amigas quedasen y no me llamasen, bajar en las notas de clase, que mi madre no me entendiese, una pelea con mi hermana… cosas normales en un adolescente que a mi se me hacían insoportables».
Hoy, más de veinte años después, cuando repasa lo vivido, se sorprende de lo lejos que queda aquel dolor. «Ahora lo veo pequeño, aunque entonces me parecía un mundo». Lo dice con una sonrisa que no borra las cicatrices, pero sí da sentido a su relato. «Me alegro de no haberlo conseguido, de seguir aquí para contar todo lo que he vivido después».
Marta no olvida lo que pasó. Cree que compartirlo es parte del compromiso con quienes están atravesando una etapa en la que todo parece perdido como le pasaba a ella. «No se trata de decir que todo se va a arreglar, porque no siempre es así. Pero sí de hacer todo lo que esté en nuestras manos para pasarlo y seguir adelante», dice insistiendo en que pedir ayuda es más importante de lo que podemos pensar.
«Cuando lo he contado alguna vez a gente que me conoce ahora no puede creérselo». Y es que no hay un único perfil, ni una sola causa. No siempre hay una enfermedad detrás. «Y no siempre hay señales visibles», dice con la serenidad de quien sabe que el dolor, aunque intenso, también puede pasar.


