Educación

El verano de los profes: entre la leyenda de los tres meses y la realidad del trabajo invisible

«Espera que cierro la puerta del despacho». «Ah, pero ¿sigues trabajando? Yo pensé que los profes teníais vacaciones desde que acababa el curso». Y como yo, la mayor parte de la población. Cada verano, cuando se vacían las aulas, vuelve a sonar el eco de una frase manida: «Los profesores tienen tres meses de vacaciones y trabajan la mitad del año». Pero esa afirmación poco tiene que ver con la realidad que viven miles de docentes.

«Si los profesores solo trabajamos cuando estamos en clase, entonces los futbolistas solo trabajan 90 minutos a la semana», ironiza Sonia Fernández, profesora y tutora de Primaria. Su frase, cargada de retranca, refleja con claridad la lejanía que hay entre la percepción pública y la experiencia real de los que cada día se ponen delante de niños y jóvenes para enseñarles.

Lejos de ser un periodo de despreocupación, el verano para muchos profesores es el único momento en el que pueden permitirse parar, reorganizar ideas, recapacitar y recuperar una energía que, tras meses de desgaste, descarga cualquier batería. «Termino el curso al límite, física y emocionalmente. La desconexión es necesaria para empezar de nuevo con cabeza», confiesa Iván Gómez, profesor y director. «No se trata de tener más o menos vacaciones, sino de poder parar para no romperte».

El trabajo invisible que no se ve

Porque lo que ocurre durante el curso entre las 9 y las 14 horas, con suerte, es solo una parte del trabajo. El resto —correcciones, preparación de clases, formación, tutorías, atención a familias, burocracia, seguimiento emocional del alumnado— sucede fuera de horario y muchas veces, fuera del colegio. «La gente ve que estamos en el colegio cinco o seis horas, pero esto va mucho más allá», señala Iván.

Guillermo Martínez, docente de Historia en Secundaria, lo detalla con claridad: «Preparar clases, innovar, buscar nuevos recursos, corregir exámenes… todo eso se hace fuera de horario laboral. Muchas noches estás frente al ordenador, revisando, evaluando, pensando cómo mejorar. Ese trabajo no se ve, pero es constante». Ese trabajo invisible que mucha gente no reconoce.

Y es que la enseñanza de hoy en día exige mucho más que transmitir contenidos. Enrique Pérez, profesor de Religión y pedagogo terapeuta, explica que «no estamos solo para dar clase. Cada alumno es un mundo, y muchas veces sus problemas se convierten en los tuyos. No es como trabajar en una fábrica, con todo el respeto que eso conlleva. Aquí trabajamos con personas, y eso te lo llevas a casa».

Por eso, el desgaste no es solo con el alumnado. Es un trabajo vocacional, pero hay días muy duros. «Vas a casa y sigues dándole vueltas a lo que ha ido mal, a cómo mejorar la sesión del día siguiente, a qué necesita cada alumno», indica Iván.

Legalmente, agosto es el único mes considerado vacacional en el calendario docente. Julio, en cambio, es un mes de trabajo, aunque sin clases. Tiempo no lectivo, pero activo. Organización interna, reuniones, cambios de última hora, adaptación de materiales, respuesta a reclamaciones… Y para muchos, la planificación del curso siguiente.

«Ahora en verano seguimos trabajando», afirma Sonia. «Los equipos directivos estamos en julio preparando horarios, distribución de aulas, apoyos. Si hay una baja o una reducción, toca rehacerlo todo. Y los profesores aprovechamos para planificar el curso, probar nuevas herramientas y revisar materiales». Guillermo lo resume con ironía, pero no le falta razón: “Ese concepto de que el 1 de julio te pones las gafas, el flotador y el patito… no es real. En verano también trabajamos, aunque de otra forma». Él, por ejemplo aprovecha para revisar cursos que ha ido estudiando a lo largo del año, probar nuevos métodos y pensar en nuevas actividades.

Más allá de lo académico

Los cuatro profesores coinciden en que, más allá de las tareas académicas, el docente del siglo XXI también ejerce como educador emocional, orientador improvisado y sostén de historias personales complejas. «Hace 20 años, el profesor enseñaba su materia y ya. Ahora tienes que atender a una diversidad brutal, adaptar contenidos y cuidar que cada alumno reciba lo que necesita», cuenta Enrique. Iván lo confirma: «La diversidad del alumnado ha transformado la enseñanza, y eso es muy enriquecedor, pero ahora cada clase es como cinco en una. Adaptas los contenidos, las dinámicas, las evaluaciones… Eso multiplica el esfuerzo porque quieres que todos lleguen».

Y esa carga emocional también requiere descanso. «Si no tuviéramos estos periodos de desconexión, el sector desaparecería. Literalmente. No podríamos con ello», advierte Enrique. «De hecho, la docencia es una de las profesiones con más bajas por depresión y ansiedad. Y no es casualidad».

A todo ello se suma la pérdida de reconocimiento social. «Antes, si un profesor castigaba a un alumno, nadie lo cuestionaba. Ahora, lo primero que hace una familia es poner en duda tu decisión. Es como si el respeto se hubiera desvanecido y tienes que ganártelo día tras día», lamenta Enrique. Sonia está de acuerdo: «Ya no hay miedo ni respeto. Solo esa visión de que tenemos buena vida y muchas vacaciones. Y eso también agota».

Además del trabajo y la tensión emocional, los docentes también enfrentan críticas sobre su salario. «Hay quien cree que cobramos un pastón, pero te aseguro que no». Todos ellos reconocen que eligieron esta profesión por vocación, y que disfrutan acompañando el crecimiento de sus alumnos. Pero también reivindican el derecho a trabajar con dignidad, sin tener que justificar constantemente su esfuerzo.

Por todo esto, el verano no es un lujo para los profesores, es una necesidad para parar, respirar y volver al aula con la vocación intacta. Porque sí, el verano les permite desconectar, «pero también es un salvavidas emocional para poder seguir educando». Y eso, quizá, todavía no se ha comprendido.

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