«Regional Expres con destino a Logroño va a efectuar su salida a las 7.57 por la vía 2. Por favor, accedan por el paso habilitado». No han dado ni las ocho de la mañana y en la estación de tren de Calahorra ha empezado con intensidad el día. El traqueteo de las maletas se mezcla con el piqueteo de los obreros, que siguen de obra en una estación intermodal que parece no llegar nunca.
En el andén más cercano se amontonan los viajeros que van a Madrid. Mochilas grandes, maletas, caras de sueño. Un reducido grupo espera en el otro. Son unas veinte personas. Un par de ellas vienen haciendo el camino de Santiago (mochila grande y bicicleta en mano), el resto son jóvenes sin maletas. Todos se dirigen al tren que sube a Logroño. Los dos salen casi al mismo tiempo, uno hacia el sur, otro hacia el norte. Los que van a Logroño, en su mayoría, van a trabajar. Gente de Calahorra, de San Adrián, de Rincón de Soto que cada mañana hace ese trayecto para llegar a la capital riojana a ejercer sus profesiones. Una va maquillándose mirándose en el móvil, otra lee la prensa en su tablet. Tres están con libros y charlando entre ellas. A ver si hay suerte y hoy el viaje no está al rojo vivo como el lunes pasado, cuando la temperatura en el interior del tren estaba a 32 grados y sin rastro de aire acondicionado.

«Subir todos los días en coche nos costaría unos 200 euros». Algunas de ellas ni siquiera tienen coche para poder hacerlo. Son Pilar, Rosa y Paula. El abono mensual les cuesta 75 euros, les sale a algo menos de dos euros el viaje. Económicamente sale rentable pero la fiabilidad de este tren les desespera tanto que son muchos los compañeros de viaje que se han quedado por el camino a lo largo del tiempo. «Hay a gente que estabas acostumbrada a ver en el tren y que has dejado de verla, luego te la encuentras y te cuentan que han dejado de utilizarlo porque es desquiciante».
Y es que en los dos últimos meses tienen unas veinte incidencias registradas en el móvil… «y eso que no te mandan todas», cuentan. Un tren que debería facilitar la vida, lo único que hace es complicársela. Porque hay días que ni siquiera les lleva a su destino. Y la mayoría de las veces además no te avisa a tiempo para buscar un plan B. «Los trabajadores de la estación son maravillosos pero nos dicen que Adif no les da la información a tiempo». Saber de un retraso antes les facilitaría mucho el día a día. «Hay un autobús que sale más o menos a la misma hora desde la estación de autobuses, pero claro, si te avisan tarde ya no te da tiempo a cogerlo».
El primer problema es que las frecuencias son pocas. Entre La Rioja Baja y Logroño solo hay cinco trenes al día. De subida: a las 8.00, 12.16, 16.15, 19.00 y 21.30. Y de bajada: a las 6.15, 7.24, 15.00, 18.00 y 20.30. Es decir, que si necesitas estar en Logroño antes de las 9 de la mañana, no hay opción. «Yo he tenido que pedir entrar a las nueve y recuperar el tiempo a la hora de comer», comentan.

Y eso desde Calahorra. Para quien viva en pueblos como Alcanadre la cosa se pone peor porque los Alvia no paran en determinadas estaciones. Además los horarios «están pensados para quienes vienen de Logroño a trabajar a Calahorra, pero no al revés. Cuando la mayoría de los que hacen el trayecto a diario somos de aquí y trabajamos allá».
Con lo primero que se tienen que ‘pegar’ es con la web de Renfe. «Dedicas un viaje entero a coger los billetes de todo el mes, uno por uno para asegurarte de que no te quedas sin plaza». Y es que aunque algunas veces aparece como lleno el tren casi siempre va medio vacío. «Es incomprensible». Saben a ciencia cierta que, de ser más fiable, tendría más viajeros. «Es cómodo, puedes ir leyendo, trabajando con el portátil, o simplemente sin tener que conducir. Pero claro, no puedes fiarte».
Lo tienen comprobado. El de las ocho de la mañana y el de las seis de la tarde son los que más fallan. Este lunes fue la anésima vez. «Éramos doce esperando en Calahorra. Nos trajeron un taxi para seis. Y los otros taxis venían de Castejón. Nos dijeron que si iban vacíos, nos recogían. Pero que primero tenían que parar en Alfaro y Rincón de Soto. Al final, subimos tarde y por nuestra cuenta».

Esto, claro, tiene consecuencias en el trabajo donde siempre tienen que andar dando explicaciones. Además hay situaciones que no entienden: “Nos ha pasado que si el tren se retrasa, cogemos el bus, y luego nos cuentan como que no hemos viajado porque ha pasado el revisor y no estábamos”, se quejan. Te penalizan y a la tercera…adiós bono.
A la espera de que lleguen los ansiados Alaris que unirán Logroño y Zaragoza, la comodidad de estos regionales tampoco es para echar cohetes. «El sillón es cómodo pero no tienes ni un simple enchufe para cargar el móvil, aquí tienes que venir con un kit de supervivencia -(agua, batería portatil)- porque nunca sabes lo que puede pasar».

Se han quedado varias veces tiradas y con esperas de más de dos horas en un trayecto que dura media. «El otro día me devolvieron 50 céntimos, pero es que no los quiero, quiero mi viaje a tiempo».
Si no hay retrasos en 30 minutos empiezan a verse los paisajes urbanos de Logroño. Este martes sin incidencias. Mañana volverá a repetirse la escena: madrugones, carreras, caras de sueño y ese nudo en el estómago por no saber si hoy el tren llegará o no. Lo que para muchos debería ser una rutina sencilla —ir a trabajar— se ha convertido en una especie de ruleta de la fortuna diaria. Y lo más triste es «la sensación de estar olvidados». Porque al final, lo que piden no es nada extraordinario más allá de no tener que vivir cada mañana con la incertidumbre como compañera de viaje.


