En La Rioja, hablar de fiesta es hablar de música, y hablar de música es hablar de charangas. Son el alma de cada celebración. Sus notas marcan los ritmos del verano animando desde el primer vermú hasta el último calimocho. Son las que sacan a bailar a los abuelos, hacen saltar a los niños y unen generaciones al ritmo de un pasodoble, una ranchera o un hit de reguetón transformado en fanfarria. Pero detrás de cada pasacalles hay más que fiesta: hay historia, compromiso, música y una pasión que engancha.
Así lo describen tres de las charangas más activas de la región: Wesyké, desde Arnedo, Strapalucio desde Aldeanueva de Ebro y Doctor Pío, originaria de Murillo de Río Leza. «A veces se piensa que las charangas somos solo fiesta, pero esto es trabajo. Ensayamos, viajamos, y cuando tocas, estás trabajando», explica Diego De Los Santos, el más veterano, -que no el más viejo-, de la charanga arnedana Wesyké.

Nacida en el 2000, ya es una imprescindible en las calles, verbenas y quintadas no solo de La Rioja, sino también de Navarra y otras zonas del norte. Aunque nació como un grupo local, hoy en día los integrantes de la Wesyké vienen de Arnedo, Calahorra y Laguardia. Diego lleva más de catorce años. Su historia con la música comenzó en la escuela de Arnedo, cuando en sexto de primaria se apuntó a trombón casi por casualidad. De ahí, a la banda de música Santa Cecilia, y más tarde, a la charanga. «Un compañero me propuso venir a probar y ya no me he ido».
El que tampoco se ha ido después de 40 años es Santi Baroja, el más veterano de la charanga Strapalucio, nacida en 1984 en Aldeanueva de Ebro tras la unión de una cuadrilla «que nos empezamos a juntar solo para tocar en las fiestas de nuestro pueblo». Cuatro décadas después, Strapalucio no solo sigue sonando, sino que lo hace por toda España… y más allá. Francia, Navarra, Aragón, Castilla y León, Andalucía o Cataluña son ya territorio conocido para esta formación riojana que ha hecho de la música callejera una forma de vida.

La Charanga Doctor Pío también sabe lo que es hacerse un nombre desde hace años. Todo empezó hace tres décadas con la idea de homenajear a Pío Díaz Olarte músico y compositor de Murillo que dio clase a generaciones de jóvenes en su casa del pueblo y dejó un legado de pasodobles que todavía suenan en bandas de todo el país. «Cuando falleció, los chavales que había formado decidieron fundar la charanga con su nombre», cuenta Aitor Montalvo, saxofonista actual y miembro desde hace casi diez años.
Porque si algo tienen en común estas charangas es la pasión de sus componentes por la música. Si bien antaño bastaba con saber «hacer ruido con alegría», hoy la profesionalización de estos grupos es más que evidente. «Yo estudié clarinete en el conservatorio y toco el saxo en la charanga. La mayoría de los compañeros vienen del mundo académico, y los más veteranos han aprendido con la experiencia», señala Aitor.

Así lo constata también Diego: «El grupo está compuesto por músicos de todo tipo, desde autodidactas a estudiantes de conservatorio. Tenemos compañeros con estudios superiores de música, otros que venimos solo de la escuela municipal… somos una mezcla. Pero, si quieres que te diga la verdad, hay músicos buenísimos que han salido del superior y tocan mucho menos que nosotros en una charanga».
Un repertorio que se adapta, se renueva y se reinventa
Aunque cada charanga tiene su estilo y personalidad, todas coinciden en que el repertorio es una parte clave de su identidad y de su conexión con el público. Diego, de Wesyké, explica que cada verano prueban canciones nuevas en las fiestas, y según la respuesta del público, deciden si mantenerlas o descartarlas. En su grupo combinan clásicos como rancheras o pasodobles con lo que ellos llaman ‘barro’: canciones virales que hacen saltar a todo el mundo, como La sandía, El tablón o El pincho de tortilla.

Por su parte, Santi, de Strapalucio, señala una evolución clara desde los años 80 hasta hoy. «Antes todos tocábamos lo mismo: pasodobles, rancheras… Ahora, el 99 por ciento de lo que tocamos son arreglos propios». Y esto viene gracias a la profesionalización de los componentes. «Aunque toquemos canciones que también suenan en otras charangas, nuestros arreglos las hacen diferentes».
Para Aitor, de Doctor Pío, la versatilidad es clave. «Tenemos repertorio para todo tipo de actuaciones, desde fiestas de pueblo a procesiones o bodas». Esta charanga incorpora cada año canciones actuales —como La potra salvaje- y decide si arreglarlas ellos mismos o conseguirlas ya adaptadas. “Algunas duran una temporada, otras se quedan. El repertorio se construye entre lo que se espera de nosotros y lo que queremos ofrecer».

Aunque a veces se las vea como grupos espontáneos que aparecen en fiestas y desaparecen igual de rápido, las tres charangas tienen una base de trabajo seria. Una charanga que funciona no es fruto de la improvisación. Ensayan todas las semanas, revisan repertorio y afinan los detalles. «Si no ensayas, no suena. Así de claro», afirma Santi.
Pero, ¿por qué engancha tanto una charanga? La respuesta es casi unánime: la cercanía. «No hay escenario. Estás al lado de la gente, hablas con ellos entre canciones. Eso engancha», dice Santi. Aitor va más allá: «La música es festiva por naturaleza. Pero también cuenta mucho la gente que nos acompaña. Las peñas, el público… eso lo transforma todo”.

Y si el público se engancha, los músicos también. «Nosotros también nos lo pasamos genial. Es como una terapia. Vas con tus amigos, tocas, disfrutas», dice Diego. Una sensación que comparte Aitor: «Yo he tocado en bandas municipales donde te sientas con tu traje, tocas y te vas. Pero en una charanga estás dentro de la fiesta, en medio de la gente. Eso no lo tienes en ningún otro sitio». Y a eso se suma una motivación importante, «el poder ganarse un extra con la música es algo difícil hoy en día. Y las charangas te lo permiten».
A pesar de los estigmas que aún arrastra la palabra ‘charanga’, estos músicos riojanos lo tienen claro: «Esto es música con mayúsculas». Música que se toca con el propósito de hacer disfrutar, animar el ambiente, poner a todo el mundo en pie. Y si lo consiguen es porque llevan esa alegría cosida al pecho, afinada en cada ensayo y dispuesta a sonar mientras haya una calle que recorrer.


