En pleno centro del casco antiguo de Calahorra, la Cuesta de la Curruca permanece como una herida abierta en la fisonomía de la ciudad. Es una calle pequeña, de apenas unos metros de largo, pero encierra décadas de abandono, dificultades técnicas, promesas incumplidas y una complejidad que ha convertido su urbanización en una quimera para los vecinos del barrio. La zona, en general, arrastra años de deterioro y abandono, pero esta cuesta que une la calle Arrabal con el Planillo de San Andrés destaca —sin lugar a dudas— como el punto más degradado de toda la ciudad.
La Cuesta de la Curruca no es una calle cualquiera. Tiene una pendiente del 26 por ciento, se estrecha hasta alcanzar los 90 centímetros en algunos tramos y está flanqueada por edificios en muchos casos en situación ruinosa que, según advierten los técnicos, podrían derrumbarse ante el más mínimo movimiento de tierra. Además, forma parte del entorno del casco histórico calagurritano, lo que implica restricciones patrimoniales y un inevitable seguimiento arqueológico en cada actuación.

Desde hace años, se ha intentado abordar su rehabilitación. El primer paso serio llegó en diciembre de 2021, cuando la Junta de Gobierno Local aprobó la contratación del proyecto de urbanización y reposición de servicios por un importe inicial de 45.000 euros. Se trataba de redactar un plan que, además de mejorar la calle, la conectara con el entorno de la iglesia de San Andrés y permitiera intervenir en el deteriorado arco del Planillo.
Sin embargo, el camino se torció pronto. Las licitaciones no encontraron empresas interesadas. Las complicaciones técnicas, los accesos imposibles y los costes imprevistos hicieron que el proceso encallara. En 2022, se reactivó el proyecto con una nueva licitación, esta vez dentro del marco EDUSI y con la esperanza de cofinanciación europea. Se presentaron estudios, se obtuvo el visto bueno del Consejo de Patrimonio y se calculó una inversión total de unos 395.000 euros. El Ayuntamiento confiaba en que, al fin, esta vez sería la buena.
Pero no lo fue. En enero de 2023, ya con el proyecto aprobado, la licitación quedó desierta. Ni una sola empresa presentó oferta. Y es que rehabilitar una calle sin saneamiento, en cuesta, con apenas espacio para operar y con riesgo de colapso estructural alrededor no resultaba precisamente atractivo. Calahorra se enfrentaba, una vez más, a su muro más simbólico: una calle que no se deja urbanizar.

En mayo de ese mismo año, se produjo un giro político. El Partido Popular, encabezado por Mónica Arceiz, ganó las elecciones municipales y tomó el relevo del PSOE, que había estado al frente con Elisa Garrido. Y con el nuevo equipo de gobierno llegó también un cambio de mirada sobre la Cuesta de la Curruca.
Arceiz reconoce que el proyecto que le dejaron es inviable. «Era un proyecto que sólo afectaba a esa calle y los técnicos ya advirtieron la dificultad de urbanizar una calle como esa que en algunos puntos no llega a un metro de anchura. No se soluciona el problema actuando únicamente en ese espacio porque al lado hay otras calles que están igual de degradadas. Estamos hablando de muchos millones».
Así, apuesta por un proyecto más ambicioso que consistiría en actuar en toda la zona, desde Rufo hasta Zoquero. «Por eso, hemos pasado un informe al Gobierno de La Rioja para que intente conseguir fondos de diferentes administraciones (fondos nacionales y europeos) porque hablamos de cantidades inasumibles para el Ayuntamiento de Calahorra», explica aludiendo a que «es un problema muy difícil de resolver y no será rápido «.
Mientras tanto, la Cuesta sigue ahí. Silenciosa. Intransitable. Esperando que, algún día, su historia deje de ser la de una promesa pospuesta y pase a formar parte de la Calahorra recuperada.

Lo que muchos vecinos no comprenden —y con razón— es cómo puede ser que la única calle del casco urbano que aún no ha sido urbanizada esté además completamente olvidada en algo tan básico como la limpieza. Socavones, grietas, maleza, cascotes… forman parte del paisaje cotidiano justo a las puertas de sus casas. La cuesta presenta un aspecto insalubre y descuidado. Es habitual ver latas vacías, pañales usados, peluches desconchados… como si la calle hubiera sido tomada por el abandono. Porque si el deterioro urbanístico no fuese suficiente, las condiciones higiénicas no se quedan atrás.
«Esto hace unos días parecía una selva», comenta un vecino, señalando los matorrales que han brotado con fuerza tras la primavera lluviosa. «Algunos se han secado con el calor, pero los más resistentes siguen ahí». Y añade, resignado: “Si solo fuera eso…”. Mientras habla, un gato callejea entre los escombros, y los vecinos siguen subiendo y bajando la cuesta, esquivando basura y maleza. «Aquí aparece de todo. Parece que hay gente que viene directamente a tirar su mierda de otros sitios», se quejan. Incluso las ratas se dejan ver de vez en cuando, completando un escenario que hace tiempo cruzó la línea entre lo indigno y lo inaceptable.


