Pequeña en tamaño, inmensa en sabor y emociones. Así es La Rioja, una tierra que se come y se bebe, donde cada rincón es una invitación a disfrutar con los cinco sentidos. La región se ha ganado, a fuego lento, un lugar privilegiado en el mapa gastronómico y enoturístico del país. Aquí, la tradición se mezcla con la vanguardia, y el vino y la cocina se convierten en una forma de vivir. Un maridaje espontáneo que los riojanos hemos ido perfeccionando durante siglos sin darnos cuenta gracias al saber hacer de generaciones y generaciones.
Con ocho estrellas Michelin repartidas entre apenas 5.000 kilómetros cuadrados, La Rioja es la región con más astros por habitante del país. Pero su grandeza no está solo en la alta cocina: está en el champiñón que vuela por encima de la barra en la Laurel, en la cuartilla de vino con los amigos, en un plato tan sencillo como las patatas a la riojana o en esas chuletillas al sarmiento que se comen con las manos y cuyo mejor ingrediente es tan secreto como conocido: un brote largo, delgado, flexible y nudoso que sale de las ramas de la vid.
Porque La Rioja, ante todo, es una tierra que ha hecho de la gastronomía su identidad. Una cocina de altillo, de madres, de aprovechamiento. De cebollas colgadas para que duren más, de olor a pimiento asado en nuestras calles durante el Puente del Pilar, de espárragos en una canasta a la espera de ser pelados y cocidos, de setas en cestas de mimbre, de tomates más rojos que La Pasionaria, de alubias a paladas, de patatas con sebo a las que alguien tuvo el acierto de añadirle un trozo de chorizo.
En esos altillos de los pueblos de la sierra, donde se colgaban para secar los embutidos de la matanza, nace la memoria de una región entera. Como dice Francis Paniego, cocinero de Ezcaray con tres estrellas Michelin, «lo que ahora se llama cocina ancestral es sencillamente nuestros recuerdos de infancia».
Ezcaray, Daroca de Rioja, Quel, Briones, Aldeanueva, San Vicente… Los nombres de los pueblos aparecen una y otra vez al hablar de cocina y vino. Porque en La Rioja todo comienza en los pueblos. En esas casas de comidas familiares que, sin apenas saberlo, comenzaron a sentar las bases de una identidad culinaria propia. De cocinar para los de casa a cocinar para los de paso. Y de ahí, al reconocimiento nacional e internacional.
Marisa (Echaurren), Vicenta (Masip), La Rosi (Venta Moncalvillo), Nino (Calahorra), Lorenzo Cañas (La Merced)… Apellidos y nombres que conforman la genealogía gastronómica riojana. Una generación de pioneros que, desde la humildad y el trabajo silencioso, limpiaron salsas, afinaron guisos y abrieron el camino para los chefs que hoy están escribiendo nuevas páginas de esta historia.
Hoy, La Rioja no solo es estrella en los platos de El Portal de Echaurren o Venta Moncalvillo (dos astros iluminan a cada establecimiento). También brilla en la fusión de Ajonegro, en la precisión japonesa de Kiro Sushi, en la creatividad al fuego de Nublo, en la propuesta mestiza de Ikaro. Proyectos distintos, pero con un mismo punto de partida: el respeto por el producto, por la tierra y por la memoria.
Una bodega para cada historia
Si la cocina es alma, el vino es sangre. En La Rioja, el vino no solo acompaña la mesa: es protagonista. La Denominación de Origen Calificada (DOCa) Rioja concentra 66.000 hectáreas de viñedo y unas 600 bodegas (200 practican el noble arte del turismo). Es la mayor bodega visitable del mundo. Una red enoturística que convierte a esta tierra en destino obligado para quien busque experiencias con alma.
Desde el Barrio de la Estación de Haro, donde se concentran las bodegas centenarias más importantes del planeta, hasta los calados excavados a mano en Quel o Aldeanueva; desde los viñedos verticales del Monte Yerga hasta los vinos de altura en la Sierra de Cantabria. En Rioja hay bodegas con museo, con restaurante, con hotel, con arte, con historia. Y sobre todo, con personas que aman lo que hacen.

Tres rutas del vino estructuran esta riqueza: Rioja Alta, Rioja Oriental y Rioja Alavesa. La primera, recientemente nombrada por National Geographic como la mejor ruta gastronómica de España, es un recorrido por algunos de los restaurantes, paisajes y bodegas más hermosos del país. La segunda aúna la tradición vitivinícola con los sabores del Este: peras de Rincón, verduras de Calahorra, champiñones de Autol, cordero chamarito… La tercera, con sus pueblos medievales y su arquitectura vanguardista, conecta vino y paisaje de forma única.
Naturaleza, historia y cielo estrellado
Pero La Rioja no es solo vino y cocina. Es también historia, paisaje, cultura. Es el Camino de Santiago cruzando monasterios milenarios como los de San Millán de la Cogolla, donde nació el castellano. Es el Ebro como eje de vida. Es el silencio de un bosque en la Demanda o la inmensidad del cielo en la Reserva de la Biosfera de los valles del Leza, Jubera, Cidacos y Alhama.
De día, la luz baña los viñedos, los pueblos, los castillos, los caminos. De noche, La Rioja se convierte en uno de los destinos Starlight más especiales de España, invitando a levantar la vista y perderse entre constelaciones. Porque también desde el cielo esta tierra cuenta historias.

Visitar La Rioja es vivir una experiencia total. Cada paseo entre viñedos, cada conversación con un viticultor, cada guiso humeante en una plaza, cada copa compartida en una taberna de pueblo, se convierte en parte de un relato que se queda para siempre. Aquí el visitante no es un espectador: es parte de la escena.
En familia o en cuadrilla, en pareja o en solitario, La Rioja siempre tiene una mesa puesta. Porque en esta tierra todo empieza por sentarse a comer. Y todo acaba, claro, con una copa en la mano, mirando al cielo.
Pequeña, sí. Pero enorme en sabores, en vivencias, en emociones. La Rioja es, con todas las letras, la tierra que se come y se bebe.


