Especial Enoturismo

Heredad Martínez Castillo: una tradición familiar embotellada en cada añada

Allá por 2002, los hermanos Miguel, Juanjo y Pedro Ángel Martínez decidieron dar un paso al frente en la tradición familiar. Hasta entonces, su trabajo, el de toda la vida, se había centrado exclusivamente en el cultivo de viñedos. Vendían su uva a la cooperativa del pueblo, Cuzcurrita, sin implicarse en el proceso de elaboración del vino. Pero algo cambió. Los tres hermanos vieron una oportunidad y una ilusión en dar valor a lo que mejor conocían: sus propias viñas. Así nació Bodega Heredad Martínez Catillo, fruto de la pasión y del deseo de conservar la identidad de su tierra en cada botella.

Durante años, la familia cuidó con mimo cada cepa, sin abrirse al público. No tenían prisa. Querían entender el terreno, experimentar, dejar que el vino hablara. Hoy, más de dos décadas después, Heredad Martínez Castillo sigue siendo un proyecto familiar, pero también una bodega consolidada, con una mirada moderna y exigente.

Cuarta generación de viticultores y segunda de bodegueros, Tamara Martínez llegó a la bodega en 2020. Aunque su formación inicial no tenía nada que ver con el vino, dejó su trabajo como administrativa para estudiar Vitivinicultura. «Siempre lo había vivido en casa, pero no a nivel profesional, así que decidí meterme de lleno en el proyecto familiar», recuerda.

Uno de los rasgos diferenciales de Heredad Martínez Castillo es que trabajan únicamente con uva de sus propios viñedos. No compran. No mezclan. Esto les permite un control absoluto sobre el ciclo del viñedo, y también una conexión directa con lo que embotellan.

En la elaboración de esta bodega, Tamara destaca que el pilar fundamental sigue siendo el viñedo. «Lo trabajamos muchísimo y así, luego, el trabajo en bodega es mucho más fácil. En nuestra familia defendemos que el buen vino se hace en el campo. Claro que depende de cómo lo trabajes en bodega, pero si la uva llega sana y ha tenido un buen seguimiento en el campo, en bodega irá todo rodado».

La filosofía de Heredad Martínez Castillo es clara: elaborar solo con uvas propias. Además, rehúyen de las categorías clásicas de crianza, reserva o gran reserva. «No porque no creamos en ellas, sino porque nuestra forma de trabajar encaja mejor con los vinos de autor. Nos permite más libertad. Usamos barricas de distintos tamaños y adaptamos los tiempos a lo que el vino pide, no a lo que exige una norma», explica Tamara.

Actualmente, la bodega elabora cuatro vinos: dos tintos, un blanco y un rosado. Los tintos, especialmente, buscan ofrecer algo distinto dentro de una denominación con tanta historia y competencia como Rioja. «Nuestros vinos no son los típicos que saben mucho a madera. Sí pasan por barrica, pero solo lo justo. Queremos vinos redondos, equilibrados, donde la fruta y el viñedo tengan protagonismo».

Un paisaje para vivirlo

Con la entrada de Tamara en el negocio familiar, hubo un antes y un después en la apuesta de la bodega por el enoturismo. No fue una decisión improvisada. Sabían que, llegado el momento, tenían mucho que mostrar. El viñedo, la bodega y la filosofía del proyecto eran en sí mismos una experiencia.

«Ya hacíamos visitas, pero era algo muy puntual, sobre todo para quien pasaba por la puerta. A partir de entonces quisimos darle más fuerza al enoturismo». Pero, en un panorama dominado por grandes grupos bodegueros, ¿cómo se hace hueco una bodega pequeña y familiar? La respuesta es clara: ofreciendo algo diferente. «Las visitas las hacemos nosotros, los propios propietarios. Eso marca una diferencia. No es una visita guiada cualquiera, sino una historia contada en primera persona, con cercanía y con la implicación de quien ha vivido todo desde dentro». Sin guiones, solo interactuando con el turista y aclarando todas sus curiosidades.

Las visitas comienzan en el viñedo que rodea la bodega, lo que permite explicar en vivo cómo se trabaja la vid a lo largo del año. Luego, ya en el interior, se desgranan los procesos de elaboración, las variedades y la historia familiar. La cata se realiza en la sala de barricas, y el visitante puede elegir entre varias opciones. Heredad Martínez Castillo también ofrece experiencias más completas, como la cata ‘Cuatro estaciones’ —centrada en el trabajo anual del viñedo— o ‘Un mundo de sabores’, una cata sensorial con juegos olfativos y degustación a ciegas.

Pero si hay un rincón en esta bodega pensado para el disfrute tranquilo del vino, ese es su wine bar, un espacio abierto al público que representa la cara más acogedora y social de la bodega. Ubicado entre viñedos, el wine bar es una invitación a detenerse, a mirar el paisaje y dejarse llevar por los sentidos.

Allí, cualquier persona puede acercarse sin necesidad de concertar una visita guiada, elegir entre las diferentes referencias que produce la bodega y degustarlas acompañadas de varias tapas y raciones. Desde allí, se pueden observar los viñedos en plena actividad, charlar con el equipo de la bodega, «siempre estamos la familia», y vivir la experiencia del vino de una forma mucho más cercana y cotidiana. Además, todos los viernes de julio y agosto «tenemos actuaciones en directo».

Al final, todo parte de la misma raíz: la tierra, la familia y una manera de hacer las cosas con mimo y con alma. «Esto es tradición familiar. Siempre ha sido así y queremos que lo siga siendo».

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