La Rioja

Mateo, un luchador que llegó antes de tiempo

No había cuna. Ni ropa de recién nacido. Ni pañales. Casi ni nombre. «Justo habíamos decidido que podía ser Mateo», recuerda Miriam todavía con el momento en el que le dijeron que el pequeño tenía que nacer grabado en la mente. En ese instante todo se vive con un ritmo distinto. Más rápido. Más frágil. Más incierto. La noticia del embarazo había llegado unas semanas antes. La ilusión crecía en casa, silenciosa, como esos secretos bonitos que se cocinan a fuego lento. Pero no dio tiempo. Unos hematomas, de esos que no avisan, desplazaron la placenta. Miriam estaba de reposo en su casa de Alfaro, pero no fue suficiente. Había que inducir una cesárea. No había margen. Nada preparado. Nada claro.

Y entonces llegó él. Mateo. Tan diminuto como valiente. Apenas 965 gramos de puro coraje. Solo 26 semanas de gestación. Demasiado pronto, demasiado pequeño… pero lloró. Y ese llanto —fino, débil pero insistente— lo cambió todo. Porque en medio del miedo y la incertidumbre, escucharle llorar era una buena señal.

Pero Mateo necesitaba cuidados urgentes. «Lo importante no era tanto el peso… sino las semanas». Así que empezó su primer gran desafío: sobrevivir. Y lo hizo dentro de una incubadora, rodeado de monitores y luces, mientras Miriam lo miraba con el alma apretada. «Te dejan estar desde el principio con ellos, y eso se agradece».

Luego llegó el segundo golpe: el alta médica para ella. Cuando el cuerpo tiene que irse, pero el corazón se queda en la unidad de neonatos. «Es como si te arrancaran otra vez. Se supone que debes volver a casa… pero tu hijo no viene contigo». Pero entones el Servicio Riojano de Salud, como al resto de padres que se encuentran en la misma situación -la de vivir lejos de Logroño- les ofreció un hotel cercano. Un gesto que, en ese momento, supo a hogar. Porque Miriam solo quería estar cerca. Y así lo hizo. Cada día, desde las ocho de la mañana hasta las nueve de la noche, su lugar era la unidad de neonatos. Se lo planteó como una rutina. Sentada, de pie… donde hiciera falta. «Me dijeron que la lactancia materna y el método canguro eran lo mejor para él. Y eso fue mi misión. Era lo único que podía hacer por mi hijo».

Mientras tanto, el papá se quedaba en Alfaro con Alba, la hija mayor. Tres años y una inocencia que no entendía del todo por qué mamá y Mateo no volvían a casa. Cuando su padre y ella subían a ver a Mateo, Miriam aprovechaba para compartir tiempo con ella, robando momentos de risa en un parque cercano al hospital. «Tenía el alma partida… necesitaba estar con Mateo, pero también con Alba. Sentía que una parte de mí faltaba en los dos sitios».

Fueron 66 días en la unidad. Largos. Intensos. A ratos desesperantes, a ratos esperanzadores. Tuvieron un par de sustos con Mateo, de esos que te dejan sin aliento. Pero el personal de neonatos, siempre atentos, siempre humanos, fue su salvavidas. «El trato fue exquisito. Nos explicaban todo, casi demasiado», dice ahora con una sonrisa. «Te acompañan, te cuidan… hacen que lo insoportable sea más llevadero. Nos hicimos casi familia».

Y un día, casi sin creerlo, llegó el alta. Mateo estaba listo para irse a casa. El momento más esperado… pero también algo aterrador. «Después de estar tan arropada, da vértigo quedarte sola con tu bebé. Al principio hasta echas de menos el sonido de las máquinas».

Dos años después, Mateo es un torbellino de vida. Juega, corre, se ríe a carcajadas. La casa ya no es silenciosa, ni tranquila. Es puro movimiento. Y Miriam, a veces, lo observa en silencio. «Cuando lo veo tan movido pienso… esa energía fue la que lo sacó adelante». Va a la guardería desde hace un par de meses. Ya no parece aquel bebé pequeñito que luchaba por respirar. «Es verdad que durante su primer año era más chiquitín que los otros… pero ahora casi ni se nota».

Lo que sí se nota es el amor. El vínculo. La fuerza invisible que une a quienes han luchado juntos desde el primer aliento. Porque Mateo no solo sobrevivió. Con él, también lo hizo su familia. A golpe de abrazos que llegaron un poquito más tarde, caricias que atravesaron incubadoras, y esperanzas que no caben en ninguno de los informes médicos. Mateo es un milagro. De esos que llegan sin avisar. Que no esperan. Pero se quedan para siempre.

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