Carlos tiene 67 años y una cicatriz que le cruza el cuello como un susurro persistente que le recuerda que está vivo. Lo hace con calma, con ese tipo de rutina tranquila que uno se gana después de sustos de los gordos. Porque hay momentos en los que la vida —sin pedir permiso— te agarra del pecho y te sacude fuerte. Hace unas semanas, Carlos estuvo a un paso de no poder contarlo. Y no por falta de médicos. No por falta de recursos. Fue por falta de atención. «Por no mirar, por no escuchar», dice su familia.
Todo empezó lejos de casa. Estaba en Bilbao, de visita, cuando de pronto perdió la visión en el ojo derecho. Así, de golpe. El susto fue tremendo. Duró unos siete minutos, que se le hicieron eternos. Fue directo al Hospital de Cruces. Allí, los oftalmólogos no encontraron nada en el ojo, pero le dejaron claro que eso podía venir de otra parte. Le recomendaron ver a un neurólogo cuanto antes.
A su vuelta a Logroño intentó seguir el consejo. Pero tardó más de una semana en conseguir una cita con su médico. Y ni siquiera fue con su médica habitual, sino con un residente que, en lugar de derivarlo a Neurología como pedía el informe de Cruces, lo mandó a Oftalmología otra vez. Una vuelta en círculo. Mientras tanto, los episodios continuaban. La visión borrosa. Esa extraña sensación de apagón. Y entonces llegó lo que más temía: su mano izquierda dejó de responderle durante unos veinte minutos.
Carlos, que no es de alarmarse a la ligera, se fue directo al Servicio de Urgencias del Hospital San Pedro. “Algo va mal”, pensó. Llegó acompañado. Explicó lo que pasaba desde hacía días, todos los síntomas. En triaje le escucharon, sí, pero a los cinco minutos ya estaba en la sala de espera. Sin pruebas. Sin urgencia. Sin prisa. Y mientras esperaba, volvió a quedarse sin visión en el ojo derecho.
Horas más tarde, una residente en formación le atendió. Le hizo un electrocardiograma y una radiografía cervical. Nada más. Carlos, cada vez más inquieto, pidió una resonancia. Le dijeron que no estaba autorizada para eso. La realidad es que esas pruebas no pueden hacerse en Urgencias. Su acompañante insistió, pidió hablar con otro médico. Acudió entonces una doctora adjunta, quien les dijo que no podían hacerle ni resonancia ni TAC. Tras siete horas allí, le diagnosticaron un “accidente isquémico transitorio” y lo mandaron a casa con una medicación «que de haber sido un ictus hemorrágico me hubiese complicado aún más la situación», comenta Carlos.
Pero al día siguiente, Carlos se despertó peor. Estaba solo. Llamó a su mujer, que es enfermera en Bilbao, y se fue con ella. Por instinto. Por intuición. En el Hospital de Basurto lo atendieron al momento. Lo escucharon. Le hicieron pruebas: TAC, análisis, electro. Encontraron lesiones cerebrales. Nadie entendía lo sucedido. Lo ingresaron en la Unidad de Ictus. Un día después, vieron lo que nadie había visto antes: tenía una obstrucción de más del 70 por ciento en una carótida y una lesión isquémica en el cerebro. El 11 de abril lo operaron. Pasó por la UCI, luego a planta, y finalmente a casa, con varias revisiones ya marcadas en el calendario.
A Carlos y a sus hijas lo que más le duele es lo que pudo pasar. Que la atención especializada que sí existe en el Hospital San Pedro no llegase a activarse porque, simplemente, no lo vieron necesario. Porque no le hicieron una prueba. Carlos ha presentado una reclamación. Quiere que nadie más tenga que confiar su vida a la suerte, a la insistencia de un acompañante o a una intuición desesperada.


