La Rioja

Las agustinas se van de Logroño: «Faltan vocaciones»

Las agustinas se van de Logroño: «Faltan vocaciones»

Después de más de cinco siglos en Logroño, las Monjas Agustinas abandonan la ciudad que ha sido su hogar. La falta de vocaciones ha llevado a la congregación a tomar esta difícil decisión, poniendo fin a una presencia ininterrumpida que comenzó en el yermo de Los Lirios. Su historia en la capital riojana está marcada por una profunda vocación religiosa y un compromiso constante con la ciudad. Las Agustinas pueden presumir de ser las primeras monjas que se asentaron en Logroño.

«Ya no hay vocaciones, qué le vamos a hacer», dice resignada la madre Josefa que reconoce que ya están preparando la marcha aunque no tienen fecha concreta. «Nosotras aceptamos la voluntad de Dios», dice con la mirada puesta en su próximo destino que será Benicassim (Castellón). «Allí hay un convento en la que están 8 o 10 hermanas, es que aquí últimamente dos estábamos dos», explica.

Ahora se dedican a recoger el convento para preparar la marcha. «Hay que hacer muchas cosas estos días, hay mucho que recoger: imágenes, recuerdos…». Entre ellos tienen muchos relacionados con Logroño. «Nuestra congregación fue la primera en llegar a Logroño hace más de 400 años, las hermanas han pasado por muchos sitios en la ciudad, unas veces más en el centro y otras en las afueras, como ahora». Josefa guarda buenos recuerdos de la época vivida. «Mira, aquí estuve con el nuevo Papa que vino después de pasarse por Calahorra a vernos».

Los últimos años han estado destacados por la falta de vocaciones. «Las últimas hermanas que llegaron al convento eran de otros países, faltan vocaciones pero nosotras aceptamos la voluntad de Dios», repite con resignación.

Las Agustinas Canónigas llegaron a Logroño a mediados del siglo XV, posiblemente provenientes del Monasterio del Salvador de Palencia, cuyos orígenes se remontan al siglo XII. En Los Lirios, las hermanas iniciaron su vida conventual.

A lo largo de los siglos, la Comunidad experimentó diversos cambios de ubicación. Desde Los Lirios se trasladaron al Barrio de San Pedro, con un templo dedicado a San Agustín. Posteriormente, se establecieron en la calle Marqués de Murrieta, donde en 1957 inauguraron el Noviciado y Profesorio Federal. Finalmente, en 1974, se trasladaron al Camino Viejo de Oyón, donde han permanecido hasta ahora.

El convento de las Agustinas alcanzó su máximo esplendor entre mediados del siglo XVII y principios del siglo XIX, con más de cien monjas de coro dedicadas a la oración y la vida comunitaria. La comunidad sobrevivió a las desamortizaciones del siglo XIX y continuó su misión religiosa y social.

Durante el siglo XVII, tuvo lugar un curioso episodio conocido como la ‘guerra de las ventanas’. Esta disputa, aunque incruenta, enfrentó a los religiosos de dos órdenes distintas: las Madres Agustinas y los monjes de La Merced. El conflicto surgió por la apertura de ventanas en el convento mercedario, que daban a la calle Portales, donde también se encontraban los dormitorios de las monjas. Finalmente, la cuestión se resolvió colocando barrotes en las ventanas de los monjes.

La calma y el recogimiento del convento en Marqués de Murrieta se vieron truncados el 14 de marzo de 1936, cuando un grupo radical asaltó el edificio y lo incendió junto a otros complejos religiosos de Logroño. Las llamas devastaron gran parte del convento, obligando a las monjas a refugiarse en pisos particulares y, posteriormente, en Pamplona. No fue hasta 1957 cuando se reconstruyó el convento y se reabrió la comunidad, permitiendo su regreso.

Ligada al trabajo artesanal y comunitario, la historia de las Agustinas en Logroño ha estado relacionada con la creación de ornamentos sagrados, dulces, confección de zapatillas y la elaboración de formas para la Eucaristía (1992-2012). Una labor reconocida y apreciada por generaciones de logroñeses. Sin embargo, a finales del siglo XX, la falta de vocaciones comenzó a marcar el destino del convento. La presencia de las Agustinas en Logroño se mantuvo gracias a la llegada de monjas provenientes de otros países, que fueron cubriendo las bajas que se producían.

Casi setenta años después, las Agustinas deben abandonar la ciudad, quizás ya para siempre. Ahora es la falta de vocaciones el motivo. A pesar de su marcha, las Agustinas dejan un legado imborrable en la memoria de la ciudad. Su dedicación a la oración, la ayuda comunitaria y el ejemplo de vida contemplativa son un reflejo de siglos de fe y entrega. Con su partida, Logroño pierde un símbolo de espiritualidad y tradición que quedará grabado en su historia.

Las hermanas se despiden de Logroño, confiando en la Providencia y en los designios de Amor de Dios, mientras la comunidad local se queda con el recuerdo de su ejemplo y dedicación.

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