Javier García aterrizó en la Secretaría General del PSOE de La Rioja como quien llega a su nueva casa con ilusión, las llaves brillantes y la promesa de poner orden. Lo que quizá no esperaba es que la casa viniera con goteras, una cocina en llamas e incluso algunos okupas. Pero, eso sí, cambiando las flamantes vistas al castillo de Arnedo por la Plaza Martínez Zaporta y la calle Marqués de San Nicolás. Uno más en el corazón de la capital riojana, pero que no termina de cogerle el aire al pequeño Logroño del poder.
La puesta a punto no está siendo sencilla. En apenas unas semanas, el nuevo liderazgo ha acumulado más fuegos que soluciones: las Juventudes Socialistas, que debían ser el semillero de futuro, han terminado en manos de una gestora. Eva Loza, concejala en el Ayuntamiento de Logroño (mantiene su acta en el Grupo Mixto), ha salido del partido denunciando presiones y dejando el grupo municipal como un club de lectura sin acuerdo sobre qué novela están leyendo. Y en Nájera, pese a tener los votos para una moción de censura que desalojara al PP del Ayuntamiento, resulta que no hay manera de que los socialistas se pongan de acuerdo ni entre ellos. Las sumas no cuadran cuando los tuyos restan.
Mientras todo eso ocurre, la secretaria de Organización, Emilia Fernández, se mantiene en un segundo plano. Tan segundo que uno empieza a preguntarse si está realmente o es una leyenda urbana del socialismo riojano. En tiempos convulsos, uno esperaría que la organización organizara. Pero no. ¿Cómo es posible que estallen los fuegos en Nájera y Logroño sin que la fontanería del partido lo anticipe? García, por su parte, ha optado por la vía institucional: tender la mano a Gonzalo Capellán, ofrecer pactos, acuerdos, diálogo. Un camino noble… si no fuera porque Capellán gobierna con mayoría absoluta y no necesita manos tendidas, sino una buena agenda y algo de silencio en la bancada contraria. El intento de ocupar la centralidad política llega tarde, mal y, sobre todo, a un sitio ya ocupado.
Porque recordemos: el centro en La Rioja no es el mismo centro que en otros lugares. Aquí el ‘centro’ se sitúa cómodamente a la derecha de la raya. Es un centro con procesión, chiquiteo y foto con tractor. El espacio que en otras regiones sería de centro izquierda aquí ya es una cesión. Por eso, cuando el PSOE se desdibuja buscando ese «centro moderado», corre el riesgo de no parecer ni una cosa ni la otra. Ni referente progresista ni alternativa real. Ni oposición ni solución.
Concha Andreu dejó huecos en la estructura, en el discurso, en la calle y en los pueblos. Ahora Javier García quiere taparlos desde un equilibrio imposible: sin ir al choque contra Gonzalo Capellán y sin incomodar a los suyos. Resultado: el presidente avanza sin oposición y el partido se deshilacha por las costuras. Quizá lo primero sería recuperar lo propio antes de aspirar a lo ajeno. Reunir a los tuyos antes de hablar de pactos. Organizar la casa antes de invitar a nadie. Porque, de momento, el socialismo riojano parece ese bar de confianza que abre a deshora, cambia la carta cada semana y tiene la cocina cerrada justo cuando tienes hambre.
Y así, entre gestoras, dimisiones y mociones que no se presentan, el PSOE busca su sitio. Pero no en el tablero político. En el plano de evacuación, que ahora cuenta con varias figuritas diferentes: Vicente Urquía, eterno superviviente socialista, deja el Parlamento y vuelve al Ayuntamiento de Logroño como asesor… otra vez. Diego García, hombre de confianza en comunicación, también cesa en el Parlamento para recolocarle salarialmente en el partido y dejar sitio en el antiguo Convento de La Merced a Francisco Javier Rodríguez Peña, uno de los ideólogos de la estrategia de Javier García, sombra del secretario general y pareja de la secretaria de Organización (él ya ocupó ese cargo hace más de una década). Además, Sandra Rodríguez Sebastián, concejala de Arnedo y persona de máxima confianza de García, vuelve al Parlamento como asesora (hace un tiempo cubrió una baja).
El PSOE y Javier García buscan su sitio, decíamos, entre desórdenes internos, estrategias que no calan y una oposición que no despega. Mientras intenta ocupar un centro que ya está ocupado, pierde pie en su propio terreno. Ordenar la casa empieza a complicarse más de lo esperado.


