Logroño se presenta al mundo como un destino histórico de gran atractivo para el viajero que busca espacios con encanto, marcados por la historia y la tradición. A orillas del Ebro, el Casco Antiguo logroñés guarda vestigios que narran siglos de historia, desde la Edad Media hasta el Renacimiento, pasando por el esplendor del Camino de Santiago y la esencia de la cultura del vino, que se respira en cada rincón de esta ciudad ante la cual el Ebro se detiene a contemplarla.
En el corazón de la ciudad, el eco de los pasos de los peregrinos del Camino de Santiago se mezcla con el susurro del vino que históricamente ha reposado en los antiguos calados subterráneos. Logroño es un cruce de caminos, en donde la tradición vitivinícola y la espiritualidad del Camino se entrelazan de forma natural, creando un relato continuo que se despliega tanto en la superficie como en las entrañas de la ciudad, horadada a orillas del Ebro de viejos calados recuperados para explicar la cultura del vino ancestral que ha hecho de Logroño capital del Rioja.

Una cata de vinos en el Calado by Criteria. FOTO: Fernando Díaz (Riojapress)
Aquel primer peregrino medieval que, tras cruzar el Puente de Piedra, se adentraba en primer Logroño por la Ruavieja, buscando refugio y alimento. Bajo sus pies, en las entrañas de la tierra, los calados históricos de piedra de sillería guardaban esos vinos rudos, que casi se masticaban, y que han ido evolucionando con el paso del tiempo, igual que las historias que sus muros han presenciado. Estos espacios subterráneos, con bóvedas de medio cañón, piedra de sillería, y la tecnología avanzada de cada momento, no solo hablan de caldos preciados, sino también del eco de generaciones que vivieron, trabajaron y compartieron momentos al calor del vino, a orilla del Ebro, que nutría de peces de sus aguas, y de hortalizas y frutas de sus riegos.
Hoy, esos mismos calados se han transformado en escenarios para catas, exposiciones y eventos culturales. Al recorrerlos surge la conexión con el pasado para comprender que el vino ha sido mucho más que una bebida: ha sido un vínculo entre personas, una excusa para el encuentro y un motor económico y cultural que ha modelado la identidad de Logroño. Espacios emblemáticos como el Calado by Criteria, el Espacio Lagares, el Calado de San Gregorio, la Casa de la Danza o el Colegio de Ingenieros Industriales permiten sumergirse en esa atmósfera única, donde cada piedra parece contar su propia historia.

El Centro de la Cultura del Rioja.
Subiendo de nuevo a la superficie, aparece el Centro de la Cultura del Rioja (CCR), un espacio que celebra el vino como patrimonio vivo. Allí, las exposiciones y catas dialogan con la historia, mostrando cómo el vino ha influido en el arte, la religión y la sociedad riojana. Es un puente entre la tradición y la modernidad, un lugar donde el pasado se refleja en cada copa y donde el vino se convierte en narrador de historias. Las actividades del CCR, que incluyen desde conciertos hasta talleres educativos, permiten al visitante experimentar el vino no solo con el paladar, sino también con la mente y el corazón.
El Camino de Santiago atraviesa Logroño como una línea de tiempo viva, conectando el presente con siglos de peregrinaciones. La ruta jacobea serpentea por la ciudad, guiando a los viajeros por hitos como la Iglesia de Santiago el Real y la Plaza de San Bartolomé. En cada paso, el visitante siente la vibración de una historia compartida, donde la fe, la cultura, la gastronomía y el vino se entretejen de manera inseparable con el disfrute del tiempo, el que permite dar un paso y el siguiente hasta llegar a Santiago. Los peregrinos de hoy, al igual que los de antaño, encuentran en Logroño un refugio donde el descanso físico se combina con una rica oferta gastronómica y cultural.

Dos peregrinos en sus primeros pasos por Logroño.
Más allá de su valor espiritual, el Camino también ha dejado una huella imborrable en la configuración urbana y social de Logroño. Las antiguas rutas de los caminantes han definido la estructura de sus calles, y la hospitalidad que se ofrece a los peregrinos ha enriquecido la identidad de la ciudad. Esta simbiosis entre el Camino y Logroño se refleja en la vitalidad de sus plazas, en la calidez de sus habitantes y en la diversidad de actividades que invitan a descubrir el legado de la ciudad desde múltiples perspectivas, porque como dice el himno de la ciudad, «en Logroño nadie se siente extranjero».

Un peregrino contempla el ‘sky line’ de Logroño, ante el Puente de Piedra.
Logroño es un escenario donde el vino y el Camino de Santiago se funden en un relato circular. No hay fronteras claras entre la historia y la modernidad, entre lo sagrado y lo cotidiano. Cada calado, cada iglesia o cada copa de vino cuenta una parte de un relato más grande: el de una ciudad que ha sabido conservar su esencia mientras se reinventa y actualiza. Aquí, las historias no se leen en línea recta, sino que se descubren en un recorrido lleno de matices, donde cada rincón invita a volver sobre los propios pasos.



