Hace año y medio que, en este mismo medio, dedicamos un artículo referido a la carencia de agua por escasa precipitación en nuestro país y que afectó notablemente a nuestra Comunidad Autónoma. Todos recordamos la sequía en el valle del Iregua del verano del 2023, con los consiguientes problemas económicos y sociales.
El agua vuelve a ser noticia de nuevo y lo hace de la manera más aterradora posible tras lo acontecido en Valencia a finales del pasado mes de octubre. Una gota fría, alimentada por la cruda realidad del cambio climático, descargó con lluvias récord en un barranco de dimensiones contenidas, desconocido hasta hace unos días para la inmensa mayoría: el Barranco del Poyo.
El barranco se presentó, permítame el símil “con sus escrituras de propiedad del cauce”, para despertar de una bofetada a toda la sociedad española masacrando varios municipios en las inmediaciones de su cauce.
Las consecuencias de todo ello son bien conocidas: centenares de muertos, decenas de miles de afectados y la destrucción generalizada de muchos municipios; conformando todo ello el desastre natural de mayor magnitud de las últimas décadas en nuestro país.

EFE/ Antonio García
Tras ello llegó la consabida tormenta política, dejando al ciudadano de a pie con muchas preguntas que podemos sintetizar en la cuestión de saber si se podía haber evitado tal desastre. Para dar respuesta existe una primera certeza evidente y no es que se puedan evitar dichas tormentas, pero, atendiendo a la información de la que se dispone, sí se podrían haber minimizado los daños producidos.
¿Y cómo? Aquí planteamos dos vías, dentro de las cuales el colectivo de los Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos tenemos presencia técnica, como son la Ordenación del Territorio y la Planificación de Infraestructuras.
Al respecto de la Ordenación del Territorio, señalar para los profanos, que la misma desarrolla dónde y limita cómo debemos construir para que las avenidas de nuestros ríos y barrancos no afecten significativamente a viviendas, industrias o cualquier otro tipo de infraestructuras, minimizando en cualquier caso, los daños personales y materiales.
Al respecto del Barranco del Poyo, ya nos aparece el primer problema detectado. Cerca del cincuenta por ciento de todo lo afectado significativamente tiene fecha de construcción en el presente siglo XXI. Para que lo entienda todo lector, se ha construido en zonas inundables con mayor o menor periodo de recurrencia.
Es cierto que los datos de la avenida del Barranco del Poyo son históricos, como también lo fueron en 1982 la precipitación de Tous (600 litros/m2 similares a la del Barranco del Poyo) o la gran inundación de Valencia de 1957.
La historia nos muestra que, con cierta frecuencia, dichas tormentas han producido daños muy relevantes en el Levante español. En la época árabe el río Júcar fue conocido como “el devastador”.

EFE/ Antonio García
Lo grave de lo expuesto es que las simulaciones hidráulicas sobre efectos de tormentas en todo el país, y obviamente también en esta zona valenciana, son redactados por las administraciones con público acceso vía web. Todos somos conocedores de que existe un porcentaje no menor de construcciones “bajo las escrituras propiedad del Barranco del Poyo”.
La segunda vía citada previamente como herramienta útil para minimizar los efectos de las inundaciones nos llega de la mano de la Planificación y Construcción (si procede) de infraestructuras.
En lo referido al mencionado barranco, debemos señalar que el mismo no posee ninguna presa de regulación en su cabecera que pueda recoger, laminar y minimizar los efectos de una eventual avenida. Se planificó hace varios años, pero no se llegó a ejecutar.
De igual forma es necesario apuntar que existe un proyecto para la derivación de una parte relevante del caudal del río Poyo en avenida al Río Turia, previamente a llegar al tramo final del cauce del barranco, donde se encuentran los municipios más afectados por esta DANA, también sin ejecutar.
En resumen, en un entorno con posibilidad de lluvias diarias o con precipitaciones superiores a 450 litros por metros cuadrado en veinticuatro horas, similar a la precipitación por lluvia en Logroño en todo un año, tenemos una cuenca del Barranco del Poyo con 479 kilómetros cuadrados en la que no se ha construido una presa que almacene y minimice el aporte torrencial de agua.
Donde tampoco se ha efectuado una derivación en su tramo medio hacia la parte sur del río Turia y no se ha sido estricto a la hora de limitar las construcciones en las inmediaciones del barranco.

No ejecutar dichas infraestructuras tiene las consecuencias que hemos observado. Unas actuaciones de pocos cientos de millones de euros tienen como consecuencia un coste, del que ya se habla, de cerca de cien mil millones de euros para nuestro país.
A nivel económico, la ausencia de inversión pública en dicho Barranco del Poyo va a tener unas consecuencias económicas desastrosas para las administraciones. Cada euro no invertido en infraestructuras conlleva un gasto para las mismas arcas públicas (sufragadas por los ciudadanos) de 500 euros en reposiciones, construcción de nuevas infraestructuras e indemnizaciones. Por no hablar de las pérdidas de vidas humanas, familias y proyectos de vida truncados y paisajes lejanos a lo que debe ser un país desarrollado en la actualidad.
Quisiera finalizar este artículo con un recuerdo para los fallecidos, víctimas y afectados de toda índole. Como sociedad no hemos estado al nivel de los tiempos actuales.
Si queremos avanzar y paliar desastres naturales como el vivido, esta misma sociedad debe aprender de ello y exigir la PLANIFICACIÓN e INVERSIÓN necesaria a todos los niveles de las administraciones competentes en la materia, así como la PROGRAMACIÓN TEMPORAL de las mismas y su futura CONSTRUCCIÓN.
Esperemos que el Barranco del Poyo sea el último desastre por inundación en nuestro país. Que quede como un tristísimo recuerdo de nuestra historia, pero también como un punto de inflexión en nuestra forma de planificar y actuar en nuestro territorio.


