Billy Wilder nos explicó en ‘Primera plana’ que nadie suele pasar del primer párrafo en un artículo, así que haremos las principales advertencias de esta columna al principio para no dar lugar a malentendidos. Esta humilde reflexión no es, ni mucho menos, un ataque contra la hostelería. La Rioja es la tierra con nombre de vino y también es tierra de bares, restaurantes y tascas que dan vida, empleo y un lugar de encuentro a nuestra comunidad. Tampoco es un ataque personal contra esos hosteleros que cada día abren las puertas de sus negocios gracias al sudor de su frente (sangre y lágrimas seguro que tampoco faltan) luchando contra la burocracia, la conciliación y los márgenes de beneficio cada vez más ajustados.
Sin embargo, lo que creo que no podemos seguir aceptando es el discurso radical, victimista y autocomplaciente que se ha vuelto recurrente en la patronal hostelera. Los representantes del sector, elegidos por sus propios colegas, parecen más enfocados en defender ciertos intereses particulares que en buscar soluciones globales que beneficien tanto al gremio como al conjunto de la sociedad. Mientras Logroño enfrenta problemas derivados de la saturación del Casco Antiguo y la falta de regulación, el discurso que lidera esta organización parece más interesado en evitar la autocrítica y exonerar a la hostelería de cualquier responsabilidad, ignorando las verdaderas raíces del conflicto.
Para empezar, su defensa acérrima de que «la hostelería no es el problema» y que son los ciudadanos quienes deben comportarse mejor es un intento evidente de lavarse las manos (mención especial en este punto para los bares que decidieron servir cubatas a despedidas en La Laurel). Los locales hosteleros están íntimamente ligados al exceso en las calles y a los comportamientos que generan molestias. Es innegable que la hostelería es un pilar económico y social en Logroño, pero eso no le otorga inmunidad frente a sus responsabilidades. ¿Mayor presencia policial? ¿Porteros en todos los bares? ¿Personal de seguridad privado para evitar desmadres?
La ‘patronal’ también se queja de la «competencia desleal» de las degustaciones organizadas por peñas y otros colectivos, un reclamo que refleja su egoísmo y su falta de visión colaborativa. Logroño es conocida por sus tradiciones gastronómicas, y las degustaciones forman parte de nuestra cultura. En lugar de buscar fórmulas para integrar estos eventos para sumar entre todos, optan por la confrontación exigiendo que estas actividades se ajusten a los estándares que cumplen los hosteleros.
Lo que falla en su razonamiento es que los bares y las peñas no juegan en el mismo terreno: las peñas no son negocios, y su propósito no es el lucro sino el disfrute comunitario. Pretender que ambas actividades deben someterse a las mismas reglas muestra una desconexión de la realidad y falta de empatía con sus vecinos. ¿Por qué crees que en Logroño no se ha celebrado un evento que ha recorrido toda España como ‘The Champions Burguer’ o la ciudad no acoge eventos gastronómicos similares? El poder que la Administración ha dado a la “hostelería” es prácticamente infinito, como ya demostró estableciendo las fechas de las fiestas de San Mateo para fallecimiento de las mismas.
La patronal hostelera tiene una oportunidad en ese campo para cambiar el rumbo y asumir un papel más constructivo: promover la formación de profesionales cualificados que atiendan tras las barras sería un primer paso para abordar un problema que afecta a todos los empresarios del sector. Además, elevar los estándares de calidad que una ciudad como Logroño debe ofrecer (ya lo hicieron hace años con las copas de vino, por ejemplo). ¿Por qué no empezar por desterrar, por ejemplo, el uso de platos de papel que ya se ven en algunos locales del centro antes de que esta mala costumbre eche raíces?
Por otro lado, su recurso administrativo ante la delimitación de las zonas de protección acústica es preocupante. En lugar de ver estas medidas como un ataque deberían entenderse como una necesidad para equilibrar el descanso de los vecinos con la actividad económica. Después de años de quejas por el ruido, ignorar las demandas de los residentes es desentenderse de una realidad palpable. La hostelería no puede seguir expandiéndose a costa de la convivencia urbana (mención especial aquí a esas mesas y sillas almacenadas en la calle), y la solución pasa por entender que el bienestar de los vecinos es también el bienestar de la ciudad.
No se trata de demonizar a la hostelería ni de buscar culpables o conspiraciones sino de entender que los problemas que enfrenta Logroño no son producto de una persecución injusta. El sector tiene que evolucionar y colaborar en soluciones reales que favorezcan tanto a los negocios como a la sociedad. Es necesario un cambio de tono y una mayor responsabilidad. Si no se actúa a tiempo, la crispación entre hosteleros y ciudadanos seguirá creciendo, y el mayor perjudicado será, irónicamente, el propio sector que dice defender los intereses de la ciudad. Una ciudad como Logroño no puede sobrevivir sin hostelería, pero tampoco sin logroñeses que puedan disfrutarla. Y esa convivencia solo se conseguirá cuando todos los actores, incluidas las instituciones, los vecinos y, por supuesto, los hosteleros, asuman su parte de responsabilidad. Nos vemos en los bares.


