El Rioja

Rioja antes de ser Rioja

El Arca nombra uno de los viñedos más viejos de la Denominación y el vino que de él elabora Queirón

Raquel Pérez, enóloga en la bodega familiar de Queirón. | Fotos: Queirón

Raquel Pérez Cuevas se sumerge en El Arca, el viñedo más longevo de Queirón ubicado en Quel y que es una reliquia de garnachas ancestrales con el que elaboran su vino de Viñedo Singular. Este vino es como una composición musical en la que ha de primar el equilibrio entre las distintas partes para lograr un todo redondo, sutil, complejo y a la vez afinado… «En Queirón nos gusta decir que la armonía es el alma de un vino», explica Raquel Pérez Cuevas, ingeniero agrónomo, enóloga y bodeguera, mientras pasea por uno de sus espacios favoritos de Quel, la viña de El Arca, la finca más longeva de la familia Ontañón y con la que elaboran su joya más preciada: El Arca Viñedo Singular.

«Es tan vieja esta viña que cada día descubro cosas nuevas, como si nos desafiara a cada instante. La he paseado millones de veces y en cada ocasión nos sorprende más. Y no sólo hablo de los vinos que nos da, sino de los pliegues de cada cepa, de cómo se retuercen sus brazos y la infinita diversidad de las formas de sus racimos de garnacha. Es asombroso cómo es capaz de no brotar ni uno igual. Personalmente, me encantan que los granos están más que sueltos, son como pequeños pendientes, esferas frágiles que parecen recordarnos las historias de tantas personas que han pasado por las vidas de El Arca desde que la plantaron en un momento indeterminado del siglo XIX. Esa sensación de tiempo detenido que desprende me asombra».

Raquel imagina, incluso, a Nicolás García de los Salmones, aquel ingeniero agrícola que en 1912 afrontó la colosal tarea de crear un repertorio varietal de todas las provincias de España y que en Rioja destacó a Quel como cuna de la garnacha. Tuvo que contemplar viñas como ésta, quizás hasta paseó por este mismo lugar para comprobar la variedad y lo que había en nuestro pueblo, en el que también encontró y destacó la presencia original de la mazuela y la monastel en tintas, así como blancas ya desaparecidas como el anavés y la chasselas.

Ese documento es muy importante porque pone negro sobre blanco la historia de Quel, su Barrio de Bodegas, con más de doscientos lagares y un número aún mayor de familias cosecheras que elaboraban sus vinos desde el siglo XVII. «Nuestro pasado es impresionante», subraya Raquel, «y eso también lo queremos poner de relieve con todo lo que estamos haciendo en Queirón, que es una bodega radicada en el propio barrio. Es la número 9 y para nosotros representa el regreso a los orígenes de la viticultura remota de esta zona de Rioja: elaboración por gravedad, viñedos en altura, respeto al territorio y a nuestras variedades y conjugarlo, además, con la investigación histórica y la innovación».

Y vuelve a detenerse en El Arca, protegida en el horizonte por los volúmenes cercanos del castillo que reina sobre la impresionante roca que parece desplomarse sobre el río Cidacos con las casas queleñas adosadas a las paredes de la mole. «Quel es un pueblo muy especial. Tenemos viñas como ésta a 500 metros de altitud y es una de las más cercanas al fondo del valle. En menos de ocho kilómetros ascendemos a los 800 metros en un paraíso de biodiversidad en el que literalmente se abrazan las vides con los olivos, los almendros y frutales como el cerezo o el ciruelo. Y monte bajo, la huella aromática cambia con cada tablita porque una está rodeada de aulagas, otra de tomillares o jarales… El suelo evoluciona y se transforma a medida que vas subiendo hasta los pies del Gatún y su bosque de robles melojos, quejigares y encinas, donde se enclavan las viñas más altas, que las plantó mi padre en la década de los noventa porque le contaba mi abuelo que allí estaban las mejores uvas de Quel. El problema es que había que subir mucho y no había ni caminos. Pero mi padre subió», sonríe Raquel mientras se lleva a la boca una uva de El Arca. «Es dulce, no empalaga, me encanta la tensión de la piel, tan suave y frágil a la vez».

El Arca no llega a una hectárea, el suelo configura también el asombro de un pequeño universo, una amalgama de arenas con limos y diversos planos arcillosos, minúsculos pero perceptibles, que confieren la personalidad de un suelo pobre en extremo pero esencial para producir vinos tan peculiares. «La primera añada fue la de 2017 y acabamos de sacar al mercado la de 2020, que es de una belleza indescriptible, con infinidad de frutas oscuras, té negro y violetas. Me parece que es un vino que está a la altura de un paraje tan especial como éste, tan peculiar. Siempre digo que es Rioja antes de que Rioja existiera», define la bodeguera.

El Arca, un viñedo entre tres siglos

La viña llamada El Arca está situada al norte del castillo roquero de Quel del siglo XV y recibe su nombre de una curiosa edificación aledaña del siglo XIX, cuya función era la de dividir las aguas en tres acequias similares: una para Arnedo, otra para Autol y un tercer ramal con destino a los cultivos Quel. Sin embargo, este viñedo vive en una curiosa paradoja hídrica, ya que a pesar de sentir el fluir constante del líquido elemento, su alma es de puro secano, de ínfimas pero maravillosas producciones.

El Arca cuenta con una superficie de 0,89 hectáreas y es una verdadera reliquia de garnachas centenarias de las que ya se tienen datos de 1892. Una fecha que sin duda convierte este viñedo en uno de los más longevos de toda la DOCa Rioja. Su extrema longevidad demuestra la asombrosa adaptación de la casta garnacha a esta zona concreta de Rioja y la constatación más nítida de la identificación de una variedad con un terruño. Sus apenas 2.000 cepas conviven en una superficie de 7.000 metros cuadrados en la que además de garnachas aparecen individuos de otras variedades blancas inéditas como demostración exacta de la viticultura tradicional que se realizaba en esta zona de Rioja desde tiempo inmemorial.

La orientación de El Arca también juega un papel decisivo tanto para su supervivencia a lo largo del tiempo como para lograr el fragilísimo equilibrio entre la producción y la excelencia, ya que se enfrenta al cierzo y se protege del bochorno de la canícula del verano. La elección de este espacio por los viticultores que la plantaron a finales del siglo XIX vuelve a poner de relieve el valor del conocimiento del territorio de aquellos padres, en muchas ocasiones ignorados, de la viticultura riojana.

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