La bodega número 144, ubicada en el cuarto nivel (el más alto), es una de las cerca de 200 cuevas que todavía no se han hundido en el antiguo barrio de bodegas de Quel. Allá por el siglo XVIII, el catastro del Marqués de la Ensenada cifró el total de bodegas en más de 300, pero de este patrimonio histórico-cultural, sin embargo, cada vez hay más recuerdos. Junto a la número 144 hay otra quincena de cuevas que se aferran a esa tradición de los antepasados del municipio riojabajeño, donde esas bodegas eran lugar de culto al vino y también sede social. La vinificación ha desaparecido progresivamente de este barrio de bodegas en las últimas décadas, especialmente tras la fundación de la cooperativa de Quel (actualmente fusionada a la de Autol) a finales de los años 50, pero José Antonio Moreno es uno de los que no quiere que ese pasado se quede únicamente plasmado en documentos y fotografías. Su objetivo es devolverle la vida al barrio.
Desde esa pequeña bodega, la 144 y bautizada como La bodega del Zurra, en honor a su abuelo paterno Julián que llegó a elaborar ahí hasta 1.500 cántaras en los años bueno y que luego vendía a las bodegas, experimenta desde hace nueve años con diferentes elaboraciones. Aunque el viñedo nunca dejó de ser parte de su herencia familiar, fue hace 15 años cuando la vida de José Antonio tomó un cambio de rumbo y regresó a lo que había sido su entretenimiento los fines de semana para convertirse ya en un agricultor a tiempo completo. Por suerte, su padre no había vendido todas las viñas antes de jubilarse, aunque para sus experimentos apenas elabora unos 1.000 o 1.500 litros al año, unos 300 kilos de uva para cada microvinificación, por lo que selecciona las mejores uvas de cada parcela. «El primer año que empecé a hacer vino me enseñó mi padre, pero luego ya he ido aprendiendo sobre la marcha, haciendo diferentes formaciones y ahora estoy cursando un grado superior de Formación Profesional de Vitivinicultura. El mundo del vino es muy apasionante y está claro que quien lo conoce sabe que cada vez engancha más».

José Antonio elabora en esta pequeña cueva del barrio de bodegas de Quel. | Foto: Leire Díez
Algún año se ha atrevido a hacer hasta 14 elaboraciones diferentes, pero para esta campaña se apañará con cinco. Un rosado de garnacha, un tinto de garnacha, un tinto de tempranillo, una mezcla de tempranillo con garnacha y graciano y también el tradicional ‘sofocao’ de Quel, un vino que se solía hacer para Navidad. «Cuando el mosto está fermentando y tiene ya la mitad de azúcar y la mitad de alcohol se para la fermentación, obteniendo así un vino con unos 7 grados de alcohol y 150 gramos de azúcar. Se llama ‘sofocao’ porque se sofoca la fermentación», explica. Cinco microvinificaciones pero de las que luego saldrán diferentes variantes de cada una, porque esta pequeña bodega es todo un lugar para la creatividad para donde hasta los espumosos tienen cabida. De pronto, descubre tras unas barricas una caja con una treintena de pequeñas botellas de vidrio de refresco, pero llenas de esas muestras diferentes que ha ido creando en los últimos años. Clarete de tempranillo, vinosto («que ni es vino ni es mosto»), un maceración carbónica, una garnacha, sidra, un vermú (de la veintena de vermús diferentes que ha llegado a hacer con vino blanco, rosado y tinto y aportando arrope o mosto concentrado). Y también le da a las hierbas aromáticas para completar sus elaboraciones. Todo bien guardado en su libro de ‘recetas’. «Ahora mismo en esta bodega igual hay más de 60 tipos diferentes de vino y siempre guardo una caja de cada vino, menos el que ha salido muy bueno que ese se ha acabado bien pronto», ríe.
Para cada una de estas elaboraciones suele utilizar unos 15 cunachos de uva y esta vez le toca vendimiar las 50 cepas de garnacha, el tempranillo y las otras 50 cepas de graciano que tiene en una viña plantada hace cinco años a unos 600 metros de altitud, expresamente dispuesta con estas variedades para realizar sus ensayos, aunque el tempranillo es la uva mayoritaria. «La garnacha tiene 13 grados; el graciano, 13,5 grados y el tempranillo está con 14 grados. Suelo hacer vinos más alcohólicos porque en casa nos gusta que el vino sea potente. Además, en esta viña la uva siempre está sanísima y eso es la clave para elaborar. Teniendo sanidad y un buen grado no se necesitan aditivos de ningún tipo. Sobre todo hay que fijarse en la acidez y el pH, si la acidez es alta y el pH es bajo, prácticamente el vino se hace solo, pero si es al revés entonces ya hay que intervenir en bodega».

Prensado en esta pequeña cueva del barrio de bodegas de Quel donde José Antonio elabora. | Foto: Leire Díez
Con los cestos ya llenos de uva es el momento de prensar. Esta vez es el turno de la garnacha y José Antonio tiene al mejor ayudante que puede haber para vaciar los cunachos y darle a la palanca de la prensa hidráulica: su padre. Y entre descarga y prensado, este veterano del campo se remonta a los orígenes de estas cuevas excavadas en el monte: «En los inviernos de antaño nevaba tanto que durante esos meses no se podía trabajar en el campo, así que se dedicaban a picar y a sacar la tierra. Igual les costaba una generación entera hacer estas cuevas, pero así mataban los inviernos. Después ya estas bodegas dejaron de ser lugares donde hacer vino para convertirse en merenderos, pero esa también ha sido una alternativa para evitar que se hundan porque aquí en el barrio ya hay alguna cueva que ha desaparecido. Mi abuelo siempre decía que la bodega es para estar todos los días porque siempre requiere de un mantenimiento y si no acaba hundiéndose».
Mientras tanto, José Antonio avanza con la faena colocando una reja de plástico sobre un depósito de polietileno y pasa suavemente los racimos vendimiados unas horas antes para hacer un despalillado manual, como un grano a grano. Las bayas van cayendo fácilmente al interior del depósito donde fermentarán enteras. «Aquí hago una semimaceración carbónica. Es un buen sistema porque así no se rompen los granos y se despalillan fácilmente, aunque no tan rápido como lo hace una máquina, pero aquí los recursos son limitados. Cuando está lleno el depósito es una maravilla verlo, parecen perlas negras. Luego tocará hacer el bacuqueo una o dos veces al día para romper el sombrero».

José Antonio despalilla manualmente en esta pequeña cueva del barrio de bodegas de Quel. | Foto: Leire Díez
Su propósito ahora es hacer de este pequeño laboratorio de experimentos una bodega al uso donde vinificar sus vinos y etiquetarlos bajo la marca Rioja para sacarlos al mercado. Las etiquetas ya están prácticamente diseñadas, gracias a la creatividad de sus hijas, pero los trámites burocráticos, sin embargo, se lo están poniendo difícil. «El problema es que piden los mismos requisitos que luego exigen a las grandes bodegas, partiendo por obtener el registro sanitario y cumplir con las inspecciones. La bodega está en el nivel cuatro, el más alto, así que me gustaría elaborar en ella y luego comprar las dos siguientes de las calles de abajo para guardar las barricas y depósitos y en la última colocar una embotelladora para dar salida desde ahí al vino. Si consigo devolver al barrio de bodegas su tradición de elaborar vino es muy probable que otros vecinos Quel se animarán también porque aquí ya hay varias personas que continúan haciendo vino en los calados, aunque sea para casa». Mientras tanto, José Antonio pone en valor el barrio participando en las diferentes actividades y eventos organizados, así como diseñando juegos y talleres para los más pequeños. «Hay que hacer cosas que luego repercutan en el barrio y ayuden a promocionarlo».


