Se sientan a la mesa dos mujeres y comienzan a agitar una copa de vino que desprende aires de la Sonsierra. Dos mujeres «todoterreno», como les gusta definirse, pero también muy reivindicativas. Pilar Fernández y Amaya Urbina llevan el nombre de Ábalos allá donde van para ensalzar un territorio y la autenticidad de una zona. Pero también para exaltar la figura femenina de la viña a la bodega, y de ahí, a los mercados. Este pasado sábado lo demostraron desde las instalaciones de sus bodegas, que se abrieron a cientos de personas en la vigesimoquinta edición de la jornada de Puertas Abiertas que organiza este municipio con un largo bagaje en el mundo del vino.
Para la primera es, ni más ni menos, que su pueblo natal donde aprendió de sus antecesores a mimar la tierra para después ella poner su granito de arena con Bodegas Fernández Eguíluz. La segunda llegó desde Madrid hace casi 25 años con un fuerte afán de adentrarse en el ecosistema de Rioja. Para ella, es la zona donde ha desarrollado su papel como enóloga en manos de Bodegas de la Real Divisa, una firma que goza de ser una de las bodegas más antigua de La Rioja (data de 1367) y Europa. Y sí, está en Ábalos, un pueblo de menos de trescientos habitantes y con quince bodegas más registradas.

No son muchas las mujeres que dirigen bodegas en este enclave riojalteño a los pies de la Sierra Cantabria. «Pero sí son muchas las que estamos tocando todos los palos porque al final no son bodegas de gran tamaño y la mayoría se caracterizan por ese carácter familiar. Es decir, lo mismo te calzas los tacones y te vas de feria, como te pones las zapatillas y te pones a barrer o coges las botas y vas a vendimiar. Y a algunos todavía les cuesta ver eso, por lo que parece que tengamos que estar demostrando algo todavía a estas alturas», opina Pilar.
Amaya pasó 15 años como ayudante de laboratorio después de abandonar Madrid para recorrerse varias regiones dejando currículos. «Anda que no he podido demostrar en todo ese tiempo mis aptitudes… Aún recuerdo que cuando llegué a esta bodega me llamaban ‘la chica del marqués’. No tenía ni nombre, fíjate», ríe. En ese sentido, aseguran ambas enólogas, «se ha mejorado mucho, aunque todavía siga viéndose cierto ego masculino en muchos perfiles».
Nada tienen que ver ellas tampoco a la generación de sus madres. Pilar recuerda que en su casa solo bebían vino su padre y su hermano. “No porque a mi madre no le dejaran o no le gustara, pero había como una especie de tradición o norma no escrita que sí normalizada, algo a lo que las mujeres estaban ya acostumbradas. Es más, creo que mi madre no llegó a probar el vino hasta que no hicimos blanco. Eso sí, ella ha currado en el campo lo mismo que mi padre y por supuesto siempre con la cazuela o el almuerzo por delante y sin despegar el ojo de los hijos. Creo que esa generación necesita el homenaje que nunca se les hizo”.

“Además, las mujeres solo iban a la bodega los fines de semana, que yo lo veía en casa de mis suegros, mientras que los hombres iban a diario”, añade Amaya. “¡Cuánto hemos evolucionado desde entonces, afortunadamente! Un antes y un después”, coinciden. ¿Y ese cambio continúa en las generaciones venideras? Y aquí entra una reflexión en boca de Pilar: “Yo soy muy crítica con esto y ya lo he dicho más veces, pero no me importa. Creo que estamos creando una juventud más comodona, con menos afán de trabajo y esfuerzo y menos capacidad de superación. Han mejorado muchas cosas, pero en otras creo que hemos retrocedido. Mi madre, por ejemplo, siempre nos llevaba al campo a mi hermano y a mí de pequeños. Como si era para tirarnos piedras, pero ahí íbamos sin rechistar».
Dejan ambas las copas vacías, después de rellenarlas varias veces, y salen a pie de campo para recorrer una viña de viura y tempranillo tinto propiedad de Real Divisa en las afueras del pueblo, en la zona de San Juan y con la Iglesia de San Esteban Protomártir de fondo. Las bayas avanzan desiguales en su maduración, dejando racimos tintos con algún que otro grano blanco y otros enverados. “Es que alarmaron a la gente con eso de que venía súper adelantada la cosecha. Esta zona, de siempre, ha sido más tardía por la altura y el viento que sopla”, apunta Pilar mientras estruja un grano. “Mira las pepitas qué poco color tienen aún”.
Son muchas las vendimias que llevan a sus espaldas y sienten cierta morriña al ver cómo se están olvidando también las costumbres de los pueblos en esta época épica de Rioja. «Eso de ver al señor del pueblo llegar con su Vespino a descargar dos cestos de uva cogida en una pequeña parcela de su familia, por ejemplo. El aprender de esa culturilla general que se difunde en la barra del bar, de boca en boca entre los más veteranos del pueblo, y que te sirve como aprendizaje para saber cómo se comporta esta u otra zona y entender el desarrollo de sus uvas. Esas voces de la experiencia que son auténticas lecciones», valora Amaya.

Porque no todo el mundo tiene que tener varios tractores, ni hectáreas ni hectáreas de viñedo para poder vivir de esto. «Pero con las exigencias de una mayor burocracia se está perdiendo toda esta esencia de lo que ha sido el medio rural sin pensar que la clave es dar facilidades para que todos los modelos sean posibles. Es una pena porque las bodegas grandes cada vez se están haciendo con más superficie y, poco a poco, consiguiendo depender menos del pequeño agricultor», apunta Amaya.
«El problema -continúa- es también la rentabilidad. En países como Italia una bodega con cinco hectáreas vive genial y aquí eso es inviable a menos que vendas el vino barato». «Eso sí que ha sido un fallo nuestro, pero creo que es porque no valoramos nuestro trabajo lo suficiente», añade su compañera. «La inmensa mayoría de bodegas somos productoras que venden a otra bodega grande. Cuando nosotros nos lanzamos por nuestra cuenta, empezamos con esa filosofía de vender como si estuvieras vendiendo a otra bodega y no al consumidor final. Por eso nunca hemos puesto un precio en condiciones y nunca hemos valorado que tenemos una empresa de verdad».
Y Pilar deja sobre la mesa otra reflexión que da que pensar: “En contra de lo que ocurre en otro tipo de empresas, yo, cuanto más mayor me hago, más trabajo y menos gano”. Ambas reconocen que la gestión no ha variado apenas. «Seguimos siendo bodegas familiares, pero con toda la carga de la burocracia, que cada vez es mayor, y con la sensación de que los pequeños sobramos».


