Hay algo hipnótico en una procesión cuando la ves desde fuera. No desde la fe, sino desde la escena. El paso avanzando lento, el tambor marcando un ritmo que parece antiguo incluso para quienes lo escuchan por primera vez, el incienso dibujando una niebla que lo iguala todo. Y, de repente, entre el silencio solemne, alguien levanta el móvil. Otro lo sigue. Y otro más. La devoción cabe ahora en formato vertical. Y ahí, en ese gesto mínimo —el pulgar que desliza, la historia que se sube, el comentario que se deja— empieza a entenderse todo. Porque esta Semana Santa no ha sido solo religiosa. Ha sido política. Cultural. Social. Y, sobre todo, ha sido sintomática.
De pronto, rezar vuelve a estar de moda. Salir en procesión también. Las mantillas asoman con la misma naturalidad con la que hace unos años asomaban las camisetas reivindicativas. Y los toros, que durante una década parecían caminar hacia un discreto segundo plano, vuelven a llenar plazas con el entusiasmo de quien cree estar ganando una batalla cultural. Esto no es casualidad sino un clima donde todo se convierte en signo y cada gesto, por pequeño que sea, acaba encajado en un relato mayor. Si vas a los toros, eres. Si no vas, también. Si sales en procesión, representas. Si no, más aún. Ya no hay actos inocentes y sí hay símbolos en disputa.
Y como todo clima político, tiene sus meteorólogos. Basta asomarse al timeline callejero de Isabel Díaz Ayuso para entender hacia dónde sopla el viento. Donde ella pisa, hay foco. Donde hay foco, hay ruido. Y donde hay ruido, hay polarización. No falla. Es casi una ley física. Mientras tanto, Alberto Núñez Feijóo sigue buscando el punto exacto desde el que hablar sin que se le caiga el equilibrio. Una tarea complicada cuando el tablero ya no es horizontal, sino inclinado. Y en ese mismo tablero, los líderes autonómicos juegan sus propias partidas: Extremadura, Aragón, Castilla y León… pequeñas hogueras que alimentan un incendio más grande auspiciado por los bravos muchachos a las órdenes de Santiago Abascal.
Aquí, en La Rioja, seguimos mirando el fuego desde cierta distancia (las mayorías absolutas del PP ayudan). Como quien ve llover desde el balcón y comenta el tiempo. Nuestro presidente —siempre un verso más o menos suelto— consigue ese extraño equilibrio entre incomodar a Génova lo suficiente como para generar incomodidad, pero no tanto como para provocar una ruptura. Un arte sutil. Casi riojano. Porque si algo define a esta tierra es esa capacidad para que todo pase sin que parezca que pasa nada. Ahí sigue el bueno de Javier García (PSOE), proponiendo en el Parlamento con disciplina, aunque sin terminar de encontrar el lugar desde el que hacerse oír en una conversación que se le escapa (Pedro Sánchez no ayuda).
Sin embargo, sería un error pensar que estamos al margen (basta darse una vuelta por las últimas encuestas). La Maestranza llena. Ovaciones a destiempo. Orejas repartidas como caramelos. Y un público que aplaude más la experiencia que el contenido. Lo contaba Antonio Lorca en El País con precisión quirúrgica: la fiesta puede morir de éxito convertida en espectáculo, símbolo y trinchera. Y en esa misma lógica entra todo lo demás. Aplaudir al rey emérito es una declaración e ir a una procesión ya no es solo tradición sino posicionamiento ideológico. Hasta el silencio empieza a interpretarse.
Vivimos tiempos en los que lo importante no es lo que haces, sino lo que significa que lo hagas. Y ahí es donde conviene parar un momento. Porque la polarización no siempre llega gritando. A veces lo hace susurrando. Se cuela en las conversaciones de bar, en las sobremesas, en los grupos de WhatsApp donde antes se discutía de fútbol y ahora se discute de todo: impuestos, inmigración, vivienda… Y poco a poco va estrechando el espacio intermedio, ese lugar incómodo donde no se grita, pero donde se piensa y caben los matices.
Quizá por eso tiene sentido mirar atrás. Once años, por ejemplo, que este sábado fue nuestro cumpleaños. Once años lleva NueveCuatroUno contando la tierra con nombre de vino donde nunca pasa nada. Nunca pasa nada. Y sin embargo pasa todo. Pasan las pequeñas historias, las decisiones que no salen en los titulares nacionales y las contradicciones de una sociedad que no necesita extremos para sentirse viva. Aquí, la conversación todavía cabe en una mesa compartida de un chamizo. Todavía se puede disentir sin romper. Todavía. Pero ojo porque esto no es ni automático ni eterno. Porque la polarización, como el vino, también fermenta. Empieza suave, casi imperceptible, y cuando quieres darte cuenta, ya tiene cuerpo, estructura y un punto de acidez que lo invade todo.
Por eso quizá conviene mirar con cierta ironía —y también con algo de preocupación— esta nueva fiebre de símbolos, tradiciones recuperadas y fervores repentinos. No porque sean malos en sí mismos sino porque, cuando todo se convierte en bandera, lo importante deja de ser lo que es para convertirse en lo que representa. Y entonces ya no vemos pasos ni toros ni personas. Solo vemos bandos. Y en ese momento, la procesión ya no va por dentro. Va por fuera. Y arrastra a todos.


