La Rioja

Indignación por la ayuda a domicilio en Logroño: “Nuestros familiares no son muebles”

La escena se repite en muchas casas de Logroño, aunque pocas veces trasciende más allá de la puerta de entrada. Un timbre que suena y, al abrir, una cara nueva. Otra. Y otra más al día siguiente. Para quienes dependen del Servicio de Ayuda a Domicilio (SAD), ese gesto cotidiano no es un simple cambio organizativo: es una ruptura en su rutina, en su confianza y, en muchos casos, en su bienestar.

Hace apenas unos meses, el Ayuntamiento presentaba este servicio como un modelo renovado, más cercano y «centrado en la persona». Se hablaba de equipos estables, de reducir la rotación de auxiliares para así mejorar la atención a las más de 2.000 personas usuarias. Sin embargo, esa promesa empieza a chocar con una realidad muy distinta que ahora los propios usuarios han decidido sacar a la luz.

Todo empezó con un mensaje en redes sociales. Lo escribió Charo Aragonés, impulsora de una plataforma de afectados que ha comenzado a agrupar testimonios similares. «Sabía que había gente que se estaba quejando, pero no tenía manera de comunicarme con ella», explica. Así que decidió probar suerte: «Dije, pongo algo en Facebook a ver la respuesta. Tiene que haber más gente». Y vaya si la hubo.

Las respuestas no tardaron en llegar. Primero comentarios públicos, después mensajes privados. Historias que coincidían en un mismo punto: la reorganización del servicio estaba provocando cambios constantes de cuidadoras y, con ello, un malestar creciente. «La queja más genérica es que te cambian cada dos por tres, que cada día viene una chica diferente», resume Charo.

Ese cambio, que desde la empresa se enmarca en una reestructuración del servicio, tiene consecuencias mucho más profundas de lo que puede parecer desde fuera. Porque no se trata solo de tareas domésticas o asistenciales, se trata de personas en situación de dependencia, muchas de ellas mayores, que necesitan estabilidad y confianza para poder desenvolverse en su día a día.

«Ellos ya han hecho lazos de confianza con esas personas. Les han contado cosas, se abren porque piensan que esa persona es la que va a venir siempre». Cuando ese vínculo se rompe, el impacto es inmediato. Y, en algunos casos, visible.

Un ejemplo de ello es el de la suegra de Charo: «Desde que ha sabido que le van a quitar a la mujer que venía diariamente se agarra a la cama y no hay manera de convencerla para vestirse». Es más, durante varios días incluso ha dejado de comer. «Parece que desde la empresa no entienden que estas personas mayores o niños con diferentes discapacidades no gestionan nada bien los cambios y eso puede desembocar en problemas muy gordos», advierte.

La situación no afecta solo a los usuarios, sino también a sus familias, que se ven obligadas a adaptarse a nuevas personas entrando cada día en sus casas «y explicándoles las necesidades que tiene cada usuario». Pero hay algo más profundo y casi invisible que vertebra este problema: la dignidad. «Si me pongo en su lugar, a mí no me gustaría que cada día me estuviera limpiando el culo una persona diferente», dice Charo con crudeza. «Son personas mayores, pero no son tontas».

Esta sentencia conecta directamente con el mensaje que Charo lanzó en redes y que ha terminado convirtiéndose en el lema de esta protesta: «Nuestros familiares no son muebles».

Pero si vamos más allá, el malestar no se limita únicamente a los usuarios. Según explica Charo, también las trabajadoras se ven afectadas por estos cambios. «Van a tener que entrar en casas desconocidas, con gente que no conocen y sin saber cómo tratar cada caso. Cada usuario es un mundo y no el lo mismo atender a una persona con alzheimer que a alguien con movilidad reducida o con problemas de comunicación».

A esto se suman otras quejas como la falta de estabilidad en los horarios de fin de semana. «Eso es un cachondeo. Hay veces que te dicen que no tienen gente y te quedas sin servicio». Una situación que complica aún más la organización de las familias y refuerza la sensación de «auténtico descontrol».

El conflicto ha llegado ya al ámbito político. Izquierda Unida ha anunciado que llevará una moción al pleno municipal para analizar las «irregularidades y problemas» detectados en el servicio tras la nueva adjudicación a la empresa DomusVi. Entre ellas, posibles incumplimientos en el reparto de lotes y una gestión basada en criterios económicos que, según denuncian, estaría afectando a la calidad de la atención.

Pero más allá de los procedimientos administrativos, el foco vuelve una y otra vez a lo mismo: el impacto humano de estas decisiones. «No hablamos de reparto de comida, hablamos de personas que requieren empatía», señalaba la portavoz de IU, Henar Moreno.

Precisamente esta es la idea que guía a la plataforma impulsada por Charo. El objetivo inicial es claro, intentar frenar el cambio de cuidadoras. «Sabemos que revertirlo es complicado, pero al menos queremos que la empresa sea consciente del malestar que hay». Es más, Charo advierte de una consecuencia que empieza a rondar en varias familias, la de abandonar el servicio. «Sé de gente que, aunque tenga que hacer malabares por conciliar o tenga que pagar más, se está planteando dejar de utilizarlo».

Por ahora, la plataforma espera la respuesta institucional. Confían en que la moción anunciada sirva para abrir un debate y, al menos, introducir cambios. Mientras tanto, siguen sumando voces. «Quejarse de uno en uno no sirve», decía aquel primer mensaje en redes. Por eso ahora el objetivo es otro: hacer visible lo que hasta ahora ocurría en silencio dentro de las casas.

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