Firmas

Cogiendo el paso: ‘Cofrades, las calles son vuestras’

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FOTO: EFE/ Raquel Manzanares.

La Cuaresma, ahora sí, se nos escapa entre los dedos como un suspiro largo que ha sabido a espera. Se apaga, oficialmente, en la penumbra solemne del Jueves Santo, pero el cofrade -ese que mide el tiempo en latidos de tambor- sabe que su vigilia concluye en la mañana del Domingo de Ramos. Ahí, justo ahí, cuando la primera palma se alza al cielo, se rompe el silencio acumulado y se abre, de par en par, la puerta de lo esperado. Se disuelve la cuenta atrás y comienza el milagro cotidiano de ver la fe y la tradición hechas calle.

Ya no es tiempo de cálculos ni de agendas marcadas con prisas. Atrás queda la planificación minuciosa, el repaso de horarios, el «¿dónde nos ponemos este año?». Ahora es tiempo de sentir. De abrir balcones y ventanas para que la primavera se cuele sin pedir permiso y nos despierte el alma. Es momento de detenerse en cada esquina y dejar que el paso avance como una marea lenta que todo lo llena. De empaparse de los colores que visten la devoción, de permitir que cada marcha nos atraviese el pecho, de respirar hondo ese incienso que convierte la noche en templo, de saborear la tradición como quien reconoce en ella el eco de los suyos.

Porque detrás de cada instante hay manos, desvelos y silencios. Nuestras cofradías se han fajado, han dado lo mejor de sí mismas para que la ciudad luzca su verdad más honda. Y eso merece ser celebrado por todos, crean o no, participen desde las filas nazarenas o miren desde la acera. Cuando la Semana Santa de Logroño brilla, lo hace también la ciudad entera. No en vano, el reconocimiento como Fiesta de Interés Turístico Nacional -logro que no se concede a la ligera- comienza a dar sus frutos visibles once años después. En estos días, miles de visitantes llegarán con la curiosidad en los ojos, dispuestos a descubrir quiénes somos en esencia, a comprender cómo late una tradición que se arraiga en lo más profundo de nuestra tierra.

Más de 3.500 cofrades llevan meses entregándose sin medida para que ese encuentro sea inolvidable. No hay artificio en ello, solo la verdad desnuda de quien cree, de quien siente, de quien transforma lo cotidiano en algo que roza lo divino. Y en esa entrega se sostiene todo: el silencio que emociona, el paso que avanza, la mirada que se humedece sin saber muy bien por qué.

Por eso, lector, no te quedes al margen. Acompaña al penitente en cada tramo, aunque sea a pasito corto y con el respeto por bandera. Arrima el hombro, aunque sea simbólicamente, en ese esfuerzo compartido que hace posible el milagro. Llena las calles, deja que tu presencia abrace a quienes se entregan sin condiciones durante esos siete días que separan el Domingo de Ramos del de Resurrección. Que los cofrades sientan el calor, el aliento cercano de un pueblo que no olvida, que reconoce, que agradece. Porque en cada aplauso arrebatado o en cada silencio compartido, en cada mirada cómplice, también tú formas parte de esta historia que, año tras año, vuelve a nacer.

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