La Rioja

Aroma, sabor y bullicio: así se siente Mercaforum

En Mercaforum sucede así: todo llega sin avisar. Primero llega el olor, siempre el olor. Una mezcla densa y cálida que lo envuelve todo: el humo del chorizillo sobre la brasa, ese punto húmedo y terroso de las setas al hacerse, el dulzor de los puestos de miel y pastas… y, entre todo, el vino, que aparece sin avisar, como un fondo constante. Es un aroma que no pertenece a un solo lugar, sino a todo el conjunto.

Luego vienen los sonidos. No forman un ruido uniforme, sino una especie de paisaje vivo que cambia a cada paso. El chisporroteo de la plancha, el golpeteo rítmico de un artesano trabajando el cuero, las voces que se cruzan —unas llamando, otras comentando, otras simplemente disfrutando—. Hay música, hay pequeñas actuaciones, hay momentos en los que alguien levanta la voz para atraer miradas. Y, sin embargo, nada resulta estridente. Todo encaja, como si cada sonido supiera cuándo aparecer.

A partir de ahí, el paseo se vuelve casi inevitable. Y es curioso, porque no se camina igual. Se va más despacio. Se mira más. Los puestos no están pensados para pasar rápido, sino para quedarse un rato. En uno, las manos recorren piezas de cuero todavía con olor a taller; en otro, la madera muestra vetas imperfectas que cuentan su propia historia; más allá, los metales, las ceras, los tejidos… cada material tiene su carácter, su temperatura, su forma de invitarte a tocar.

Y en medio de todo eso, el cuerpo pide parar. Suele pasar frente a una plancha o una parrilla. No tanto por hambre sino por ese magnetismo sencillo de la comida hecha al momento. El chorizo, las setas, algún embutido… cosas reconocibles, cercanas, pero que en ese contexto saben distinto. Quizá porque se comen de pie, entre conversación y conversación, con una copa en la mano y sin ninguna prisa. Y es ahí donde el mercado deja de ser solo un lugar y se convierte en experiencia.

De repente, el aire se vuelve más ligero. Aparecen los perfumes, los aceites, los pequeños frascos alineados con cuidado. Aromas más delicados, más íntimos. A un lado, cajas llenas de hierbas con nombres que despiertan curiosidad: para la memoria, para el descanso, para aliviar. Hay algo casi hipnótico en esa forma de ordenar lo natural, de convertirlo en algo cercano y comprensible. No es solo comprar, es descubrir.

Y mientras tanto, la gente. Siempre la gente. Porque el mercado es, sobre todo, una mezcla constante. Soldados que pasan entre los puestos con naturalidad, centuriones que se detienen a observar un detalle, familias que avanzan sin rumbo fijo, niños que se detienen en cualquier rincón donde haya algo que tocar o probar. Todo se mezcla, y eso le da una sensación muy difícil de replicar.

Los más pequeños, de hecho, lo viven a su manera. Sin filtros. Juegos de madera, retos sencillos, espacios donde todo se toca y todo se prueba. Una diadema de flores. No necesitan mucho más. Y esa forma de disfrutar, tan directa, termina contagiándose a los demás.

A medida que avanza la tarde, el ritmo cambia. No desaparece el bullicio, pero se transforma. Las tabernas se llenan, las conversaciones se alargan, la gente se sienta, comparte. Es un momento más pausado, quizas con algo me menos gente, casi íntimo dentro de todo ese barullo. Y es ahí cuando empiezan a aparecer los detalles que antes pasaban desapercibidos: la forma en la que alguien coloca sus productos, una mirada cómplice, el gesto repetido de un artesano que lleva horas trabajando.

Porque en cualquier momento vuelve el movimiento. Un grupo que pasa, una actuación improvisada, un sonido que rompe la calma y vuelve a activar el paseo. Y otra vez se camina, otra vez se mira, otra vez se prueba. Al final, lo que queda no es solo lo que se ha visto. Es una suma de sensaciones que se quedan un poco más de lo esperado. El olor que parece seguir pegado a la ropa, el sonido que aún resuena, ese sabor sencillo que, sin saber muy bien por qué, se vuelve memorable.

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